Adelanto del capítulo El puerto náufrago de Ferrol, del libro de próxima publicación Realidad vibrante. Geografía poética contra la bulimia turística.

La ciudad de Ferrol es un naufragio, de 10 barrios urbanos y 13 parroquias dispersas, varado entre la ría del Xubia, la más estrecha y norteña del Golfo Ártabro, una decena de montes cuyos nombres importan poco y el océano Atlántico. A diferencia de Euskal Herría en Ferrol los montes no son sagrados. Y salvo los dos o tres más importantes (la Bailadora, Ancos) su toponimia es desconocida para la mayoría de sus habitantes. Nadie organiza excursiones a su cima para leer en el paisaje los mensajes subliminales del espíritu de la patria. Por el contrario, si un ferrolano quiere escuchar algún secreto misterioso, lo hará en las olas. Y hasta el más pequeño arenal provisional que deja la bajamar entre dos rocas cualesquiera, y que pueda servir de playa efímera si se conoce el horario de las mareas, tiene su nombre y sus ferrolanos fieles. La climatología pasional de Ferrol está, por defecto, inclinada hacia el mismo mar donde la ciudad se ahoga.
El puerto de Ferrol se hundió en la tempestad neoliberal, desatada en todo el mundo a partir de los años ochenta, y que arrasó con especial virulencia el tejido industrial de la cornisa cantábrica. Los astilleros de Bazán y Astano tuvieron su momento de gloria laboral antes de que la crisis petrolera de 1973 expusiera ante el mundo que el emperador de la industrialización franquista estaba desnudo. Desde entonces, van perdiendo trabajadores directos e indirectos en cada paso dado tanto por la robotización como por el libre comercio. La profesionalización del ejército a mediados de los noventa, dio el golpe de gracia a una ciudad fundada y mantenida en el tiempo por la Armada. Antes de 1996, la ciudad celebraba una jura de bandera cada dos meses, que implicaba la visita de los familiares y amigos de más de 1000 soldados cada vez. Hoy todo eso se ha perdido. Como un soldado japonés resistiendo atrincherado en una isla del Pacífico años después del fin de la Segunda Guerra Mundial, Ferrol es un pequeño retraso en la sintonización de la señal de la historia. Una reliquia agonizante de un mundo que ya no existe.
Sin necesidad de remontarnos muy atrás, repasemos los datos fundamentales de esta ciudad icono de la “España vaciada industrial”: en 1981, justo antes de la entrada de España en la Unión Europea, Ferrol alcanzó su población histórica máxima, algo más de 91.000 habitantes. En 2019, esta había caído hasta los 66.000 habitantes, menos que antes de que naciera mi padre, en 1952. Y un cuarto de la población es mayor de 65 años. La sangría demográfica ha sido especialmente acusada a partir de mitad de los noventa, perdiendo casi mil habitantes por año sin ningún amago de recuperación. El declive económico ha sido parejo: mientras que hoy la renta está solo un poco por encima del promedio gallego, fundamentalmente gracias a las generosas pensiones de sus jubilados, a mediados de los setenta Ferrol la doblaba. Ferrol marca record nacional de baja actividad con León, menos del 50% Y el desempleo siempre está por encima del promedio español y gallego.
La periodista M.J Rico reta a escribir sobre Ferrol sin hacer comparaciones con Detroit. La analogía es resultona pero equívoca. Ciertamente, Detroit es el símbolo mundial de las shrinking cities, las ciudades en contracción o decrecientes, víctimas del paso de la industria fordista a la banalidad posfordista. El centro, mayoritariamente negro, se está despoblando hasta alcanzar densidades propias del mundo rural. Pero curiosamente las periferias blancas de la corona suburbana continúan demográficamente estables y económicamente boyantes. La riqueza en Detroit sufre un moldeamiento en forma de donut más propio de la fase inicial de un proceso de gentrificación especialmente salvaje. En Ferrol, salvo algunas parejas jóvenes retenidas en la vecina Narón alrededor de un nuevo centro comercial, la iniciativa, la riqueza y la fuerza vital se escapa lejos como se escapa de una deflagración. Como si la planta de gas de la ría, situada en el vecino puerto de Mugardos y que ha despertado una fuerte oposición vecinal por el riesgo que tiene de explotar llevándose por delante miles de vidas, ya hubiera estallado.
La historia de Ferrol es la historia de un coctel económicamente explosivo: un monocultivo industrial, hacer barcos, que depende de tecnologías de importación y que solo se puede regar con la lluvia de millones de los presupuestos generales del Estado. Los ritmos de la ciudad los marcan movimientos pendulares en los que se suceden la presencia y la ausencia de inversiones públicas. Y con ella periodos de euforia y largas y duras resecas. Estos ciclos tienen una peculiaridad. A los vaivenes maniacodepresivos del mercado se suman los vaivenes histriónicos de las coyunturas políticas. Cuando la ciudad hace memoria aflora un síndrome del eterno retorno, en el que las crisis de construcción naval, que imponen su condena recurrente de quiebra y decadencia, son viejas conocidas: esto ya pasó después de batalla de Trafalgar, y cuando Fernando VI decidió comprar buques al Zar en vez de construirlos aquí. Y por supuesto con la reconversión de los ochenta.
En 2021 Ferrol sigue mirando al BOE como un campesino mira el cielo en el horizonte al atardecer. Los ferrolanos buscan en los periódicos cualquier síntoma de que el clima será este año propicio. El rumor del encargo de una nueva fragata, o el avance de las negociaciones para un contrato con México, son ese tipo de noticias que circulan de vez en cuando y mantienen funcionando el respirador asistido de la paciencia. Mientras corrijo las pruebas de estas páginas, en 2022, se puede especular que quizá, si la guerra se enquista en el Este de Europa, Ferrol pueda vivir una nueva era dorada de inversiones militares. Pero las bodas y las fiestas que se celebren bajo el maná de esa riqueza lo harán saboreando un vino que estará un poco más cerca de convertirse en ceniza tras una hecatombe nuclear. Por desgracia o por suerte, ya no lo sé, el ser humano tiene un don para la alegría microscópica al margen de la historia. Para reír, gozar y amar como si tuviéramos inmunidad diplomática ante los grandes dramas que marcan nuestro tiempo.
La última bocanada con la que Ferrol está queriendo buscar algo de aire económico, y que circula por los cenáculos burgueses y la prensa local, es el turismo de cruceros. En 2014, este mercado adquirió cierta relevancia, aunque el paso de los cruceros por aquí es anecdótico: una pequeña parada en la ruta hacia ciudades gallegas con más porte como Coruña o Santiago de Compostela. Con todo, la prensa local especula todos los años sobre el alto poder adquisitivo de estos viajeros, que dan un pequeño paseo por la ciudad, generando la ilusión de que si Ferrol se esforzara, con las inversiones necesarias, podría retener mejor sus consumos puntuales. Que una ciudad como Ferrol viva lamentándose por no estar a la altura de un concurso de belleza, en el que premio son las limosnas de los turistas que viajan en buques de lujo, es humillante. Y también estúpido: Ferrol parece dispuesta a apostar por los cruceros justo cuando entramos en una década en la que el diésel que los mueve presentará problemas de suministro, que afectará especialmente a la expansión de este modelo de negocio.
En el barrio de El Muelle, hoy conocido administrativamente como Ferrol Vello, encontré una decoración decadente de estrellas y caballitos de mar pegados a una puerta de madera ruinosa. La analogía es clara. Estos fósiles de plástico nos hablan de las subidas y bajadas del nivel del mar que hacen encallar el puerto de Ferrol en su naufragio perpetuo: las mareas de la economía política, que nunca suben lo suficiente como para que Ferrol zarpe, y de momento tampoco han bajado tanto como para hacer del naufragio un puro sitio arqueológico.

Y es que El Muelle, el antiguo puerto de pescadores medievales, es el bajío en la que el naufragio de la ciudad parece haber encallado. Un lugar donde manzanas enteras llevan años deshojando la margarita del me quiere/ no me quiere en la sala de espera de la gentrificación. La ruina se ha hecho más fuerte aquí que en ningún otro sitio de Ferrol, hasta el punto que se ha ganado el apodo local de Pequeño Kosovo. Los techos de muchas casas han caído.Viejos logos comerciales están dados la vuelta sin que nadie se haya molestado en colocarlos. Los azulejos de la fábrica de lápices siguen mostrándose al raso, en una exhibición impúdica que anima a hacer una excavación arqueológica ilegal. La maleza roe los restos de edificios abandonados como si fueran un hueso desenterrado por un perro.





Sin embargo, es preciso apuntar que El Muelle está desgarrado por dos sensaciones antagónicas, y solo una es la decadencia. La otra es un amago recuperación y rejuvenecimiento, que late por ejemplo en una casa amarilla, bonita como un melocotón gordo y maduro en una rama accesible. O en otra cosa donde encontré carritos de bebés en la puerta, un buen augurio demográfico para un barrio envejecido. La modesta consolidación del Camino Inglés como ruta alternativa de peregrinación a Santiago ha traído turistas e inversiones, y bares cool que ofrecen en su carta kebab de pulpo y un filete cocinado al estilo japonés. Es sabido que desolación y resurrección urbana son dos siameses que caminan juntos de modo inseparable. La única salvedad de Ferrol es que sus pasos son exasperantemente lentos.


Cerrado por melancolía. Este cartelito, colgado de uno de los muchos comercios que la crisis crónica de la ciudad ha forzado a cerrar en el antiguamente opulento barrio comercial de la Magdalena, expresa bien que el hundimiento de Ferrol no es solo económico, sino que también participa de una especie de cuadro clínico depresivo que es mucho más social que puramente psicológico.

La decadencia de Ferrol es casi un subgénero periodístico. No es la intención de estas páginas hacer la crónica de un nuevo peldaño en su descenso a la ruina y las pasiones tristes que alimenta. Al contrario. Mi voluntad es compartir una mirada hacia el crepúsculo de Ferrol que sea capaz de enfocar en él las líneas de fuerza de una promesa reconstituyente para el futuro de la ciudad y de la región. Un reflote poético, vital y político que puede ser esperanzador. Y cuyo prerrequisito básico implica romper con los cantos de sirenas carnívoras que nos han arrastrado hasta aquí.
