El Malecón, un muro de las lamentaciones casi ya derribado

La fama del Malecón no es del todo inmerecida, pero no se entendería sin la gente que se reúne en él. El encanto de este balcón marítimo lo hace la costumbre de poder encontrarse, unos con otros, justo en el borde de las últimas posibilidades para enmendar el día. Turistas y cubanos lo frecuentan por razones diferentes. Para los primeros es una estampita importante con la que terminar una colección. Para los segundos, por el día, el Malecón tiene algo de muro de las lamentaciones, en el que los habaneros purgan sus esperanzas, fundadas e infundadas, abandonándolas como suspiros o plegarias que se escapan entre las grietas de la pared del mar. También indultan el pasado, especialmente cuando se va apagando el día y la curvatura de la tarde nos contrasta contra todas las ausencias irremediables que se acumulan poco a poco como polvo que hace chirriar nuestros neurorreceptores. Por eso el Malecón sirve para volver a manosear, una y otra vez, al mismo secreto imposible de abrir que repasan una y otra vez en vano todas las letras de todas las canciones. Esto es, confirmar lo que siempre hemos sabido. Que más tarde o más temprano nuestros robinsones interiores se quedarán sin tinta, y la radiación de fondo cósmica no registrará ni tus dolores ni tus amores, que dejarán de vibrar muchísimo antes de la muerte térmica del universo En La Habana, esta herida ilocalizable por la que se desangra nuestro reloj de arena escuece un poco más debido a la pizca de sal que vierten sobre ellas las frustraciones específicas de un socialismo de catenaccio, acuartelado sobre la defensa perenne de algunos goles bonitos que sin embargo ya no bastan para ganar el partido.

Por las noches, sin embargo, el Malecón convoca a la gente para organizar comisiones de derribo de las torres que tienen instaladas en lo alto sus relojes biológicos. Para querer y dejarse querer. Para resistirse con lo erótico, con lo divertido, con lo rítmico, a dejar de ser instante. En la noche, el Malecón es una inmensa jam sesion de los sentidos, donde todo el mundo tañe sus instrumentos más antiguos y contribuye al acompasamiento general de los cuerpos y las ganas. Es sin duda una muestra de sabiduría humana colosal. Una vez que se ha tomado la medida a cómo funcionan realmente los días, es fácil concluir que poco más podemos hacer que tañernos.


Y qué guapa estabas mi amor, caminando sobre el muro del Malecón mientras la tarde se mojaba en el mar la comisura de la luz, y tú jugabas a ser una equilibrista en el filo de tu perfección. Era diciembre de 2012, y estábamos radiantes como escaladores que habían subido a lo más alto de la juventud y se daban besos en su misma cima, y había que resistirse a esa tentación tan fácil de ser nietzscheanos, porque si alguna vez nuestros cuerpos apuntaban con aristocrática soberbia hacia el superhombre, era ahí mismo.
Pero el muro de las lamentaciones del Malecón muestra ya signos inequívocos de su futuro derrumbe, tanto social como físico. Especialmente en las zonas con poco turistas y frecuentadas por jóvenes. No hay mejor señal de que la trayectoria de la revolución cubana camina hacia un desprendimiento de sus corsés burocráticos que el teatro social espontáneo de las noches del Malecón.


En cuanto a su realidad física, el Malecón presenta ya los indicios de ser una frontera violada, una frontera que no infunde ningún respeto, y que el cambio climático va a terminar borrando como quien se sacude de los hombros un poco de caspa. El Festival de Cine Latinoamericano atrae a cinéfilos de todo el mundo, que vienen hasta La Habana para ver películas. Sorprende, sin embargo, el desinterés de nuestra cultura por otros espectáculos mejores, como la furia de un vendaval, con sus enormes olas, torturando el Malecón habanero. Debería haber también miles de personas admirando el oleaje furioso y el viento colérico, como hicimos aquella noche de diciembre al final de Paseo. Sin embargo, esas ráfagas de artillería de mar hecha de salpicaduras que saltan y espuma que estalla ni siquiera son tráileres: son solo gifs, que congelan en el tiempo un par de segundos de la verdadera película climática que está desencadenándose en el Caribe.


Año tras año, la temporada de huracanes se atreve a penetrar cada vez más lejos. En el cruce de Paseo con 2, en el Vedado, a dos cuadras del Malecón, La Habana tenía esa acrópolis ateniense que todo mapa psicogeográfico de una ciudad que no quiera desmerecer su herencia occidental debe tener. Se trataba de un amplio y despejado parque, dominado por las ruinas del hotel Trotcha del que solo quedaba un hermoso y hospitalario frontón neoclásico. Escenario perfecto para dar rienda suelta a las imitaciones espontáneas de Empédocles, de Parménides y de Heráclito que poseen a cualquier persona en una conversación suficientemente larga. El famoso salón de té de este antiguo hotel de lujo donde se hospedaron actrices y toreros famosos de finales del siglo XIX, y su célebre jardín con un estanque de cocodrilos, había sido arrasado tiempo atrás por un incendio. Pero quedaba en pie esta fachada tan evocadora del Mediterráneo como estado de ánimo político, que por ello tenía un poder de atracción psicogeográfica muy acusado. Sin embargo, estoy obligado a escribir en pasado porque este acropólico rincón de la Habana, si se me permite inventar un adjetivo, despareció tras la arremetida del huracán Irma.


A lo largo de los ocho kilómetros del Malecón, y a pesar de la denostada lucha de las autoridades cubanas por preservar una de las joyas de su identidad urbana, cada año aumentan los indicios de que ante la caja de pandora que ha desatado su crecimiento sin control, la civilización solo mostrará impotencia. Y fuera de la franja de atención privilegiada del Malecón, toda la costa de La Habana, a un lado y otro de la ría, es un muestrario de arquitecturas de una nueva vanguardia futurista que hará de la erosión, y no de la velocidad, una nueva imposición de época sobre la que construir un sentido de la vida que solo podrá ser crepuscular.


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