Móstoles, un tigre sin dientes o unos dientes sueltos a los que les falta un tigre. Encuesta surrealista del imaginario de un barrio

Reivindicando una investigación surrealista

La emancipación social nos exige también conocer el mundo de un modo distinto al que nos acostumbran los mecanismos de conocimiento y significación habituales. Transformar la realidad requiere aprehenderla por otros medios e iluminar fenómenos que permanecen escondidos debajo de la alfombra del estatus quo imperante. Para este tipo de tarea, la tradición surrealista sigue siendo un aporte tan fundamental como mal entendido. Al fin y al cabo el surrealismo, con sus deslices y concesiones, no es otra cosa que uno de los mayores intentos colectivos modernos de colocar a la par las exigencias de la liberación revolucionara en materia política, económica y social con la necesidad de una liberación análoga en el plano de las costumbres, las subjetividades y la vida cotidiana en su conjunto. Que el transformar el mundo de Marx sólo descubre su verdadero sentido entremezclado alquímicamente con el cambiar la vida de Rimbaud,  y viceversa, es un principio fundamental de la emancipación social que, como todas las cosas importantes, hay que repetir muchas veces. Y si el surrealismo tiene algún papel histórico que jugar es recordar, con su discurso y sobre todo con su existencia en hechos, la verdad irrenunciable de este principio.

Esta noción de investigación surrealista puede recordar, a los más perspicaces, cierta oficina que abrió sus puertas en París en la década de los veinte del siglo XX. Sin duda, desde sus comienzos, el surrealismo se concibió a sí mismo como una tarea fundamentalmente experimental. Los surrealistas se arrojaron a navegar, en el vacío dejado por la autodestrucción del arte moderno, en búsqueda de islas afortunadas desde las que levantar una nueva apuesta general por el sentido de la vida. Que debía ir más allá de la religión y su relevo sociológico, el arte. En otras palabras, el surrealismo fue originalmente diseñado como una enorme empresa colectiva de investigación, una cartografía de los nuevos mundos que, desde el lenguaje hasta el juego pasando por las relaciones amorosas o la vivencia de la ciudad, se intuían como posibles en el umbral de una hipotética sociedad sin clases. Cuando el surrealismo vuelve a reclamar su talante investigador no hace sino recuperar una de sus disposiciones más válidas, disposición que además ha demostrado que no carecía de valor objetivo: hoy muchos de sus procedimientos (previamente desactivados y desconectados de su función como partes de una revuelta moral a gran escala)  son técnicas de uso común en diversos ámbitos, desde la etnografía antropológica a la psicología social pasando por la industria cultural o la publicidad. En mi caso, quiero dejar claro que sigo pensando que una investigación surrealista, como afirmaba Debord del estudio situacionista de la vida cotidiana, sería una empresa completamente ridícula, y estaría sobre todo condenada a no entender su objeto, si no se propusiera explícitamente transformarlo.

Una encuesta surrealista de Móstoles

En el año 2013, en el marco del interés del Grupo Surrealista de Madrid por explorar el inconsciente colectivo de un barrio, me decidí a hacer una encuesta surrealista del imaginario de Móstoles, ciudad en la que vivo[1]. La intención era explorar los resortes libidinales, y los esquemas de apreciación del mundo, que están codificados en las cosas más nimias, como el modo en que la gente siente su vecindario. Unos imaginarios que tienen una importancia fundamental a la hora de saber si nuestra sociedad, tras el previsible fin de la normalidad capitalista provocado por su quiebra ecológica, basculará hacia la regresión totalitaria o la aventura revolucionaria. Me interesaba también constatar el nivel de avance de ese proceso de colonización interior que Eugenio Castro y Jesús García Rodríguez denominan respectivamente imperialismo mental y capitalismo de espíritu. Pero también me apetecía volver a verificar que las reservas potenciales de poesía colectiva son inagotables al margen del grado de depauperación de la vida social y  personal que el capitalismo neoliberal imponga. Y por supuesto, tenía ganas de regodearme en el puro placer de explorar la frondosidad imaginaria que inspira la ciudad en las vidas de aquellos que la conforman.

La muestra trabajada fue de setenta personas. Algo menos de la mitad era gente conocida y el resto ciudadanos interpelados azarosamente por la calle. Es evidente que se trata de un ejercicio que carece del más mínimo rigor metodológico en términos de ciencias sociales convencionales, ni posibilita hacer ningún tipo de inferencia cuantitativa sólida. Pero, sin dejar de ser fundamentalmente un pasatiempo, sus resultados cualitativos, a pesar de que el procedimiento de interpretación de algo así se asemeje mucho a un tarot donde uno lee lo que quiere leer, creo que no carecen del todo de interés.

El cuestionario tenía diez preguntas. Eran las siguientes:

  1. ¿Cuál es el tesoro de Móstoles?
  2. ¿Qué lugar de Móstoles le da miedo?
  3. ¿Qué hay debajo de Móstoles?
  4. ¿Cuál es el principio y el fin de Móstoles?
  5. Si Móstoles fuera un animal, ¿cuál sería?
  6. ¿Sueña usted con Móstoles? ¿Con qué sueña?
  7. ¿Hay alguna parte de Móstoles vinculada a su vida erótica?
  8. ¿Cuál es el misterio o la leyenda de Móstoles?
  9. ¿Qué destruiría de Móstoles?
  10. Dibuje, en menos de un minuto, un plano de Móstoles y sus lugares significativos.

Reproducimos la transcripción literal de dos encuestas como testimonio del tipo de material obtenido. Estas dos encuestas son representativas de dos modelos generales de respuesta que, simplificando mucho, podríamos agrupar en personas vinculadas a los movimientos sociales y transformadores, que en Móstoles poseen un cierto arraigo histórico, y personas no militantes. De estas últimas, por contrastar, se ha elegido una respuesta con contenidos de tinte racista con la intención de mostrar un espectro ideológico-imaginario lo más amplio posible.

Respuesta de persona vinculada a movimientos sociales:

  1. La hamaca de los árboles de los huertos okupados.
  2. Los solares de más allá del PAU 4, que no se han llegado a construir.
  3. Una red de bodegas interconectadas y la orden de los Asesinos.
  4. Para la gente de Madrid es el “Más allá”; empieza en mi calle y termina en el Soto.
  5. Un gato casi montes.
  6. Con la habitación de una amante imaginaria.
  7. El parking de la parte de detrás de la Renfe del Soto.
  8. La leyenda de Andrés Torrejón, que es todo mentira. La que es verdad es la del yonki cojo de la flauta, que tenía barba y se metía en misa a atracar.
  9. El edificio de Repsol IPF
  10. Dibujo en menos de un minuto:

Respuesta de persona no militante:

  1. Parque Liana.
  2. La estación de Renfe de Móstoles central, por la gente sobre todo, hay muchos moros y muchos negros.
  3. Nada.
  4. Un mono.
  5. Empieza en la BP y termina en la marisquería Moreno.
  6. Sueño con la biblioteca, que estudio para un examen, pasan las horas y no hago nada.
  7. El Carrefour del Soto.
  8. Los chinos traficantes de órganos, que les rapaban las cabezas a los secuestrados.
  9. Las iglesias y el alcalde.
  10. Dibujo en menos de un minuto:

Estos dos arquetipos claramente diferenciados perfilan dos continentes imaginarios diferentes, cada uno con su propia coherencia interna. Sin embargo sería un error dejarnos llevar por estereotipos estancos, puesto que a pesar de que en muchos ámbitos un océano separa a estos dos continentes imaginarios, en otros parece que las diferencias se difuminan en lugares comunes compartidos, como si las geografías mentales de unos y otros desembocasen en arcos de islas que se entremezclaran formando un único archipiélago. Y esto sucede en varios terrenos, algunos más sorprendentes que otros.

El tesoro de la ciudad son los parques y la capacidad de encuentro

Uno de los terrenos donde ambos continentes imaginarios confluyen es la consideración de los lugares de encuentro en general, y de los distintos parques de la ciudad en particular, como el verdadero tesoro de la ciudad. El Soto, Finca Liana, Parque Huertas, Parque Andalucía, Parque Prado Ovejero…la gente ama y valora los sititos de la vida comunitaria compartida. Un encuestado hablaba del Paracas, nombre popular del Parque de Andalucía, en los siguientes términos: “el tesoro es el Paracas, porque lo das todo allí y sólo te oyes tú y tu gente”. Si nos fijamos en el conjunto total de los dibujos del mapa significativo de la ciudad, la única referencia que se repite más que El Soto es la casa particular de las personas. Y sumando el conjunto de los parques estos son, con mucho el elemento de mayor peso emocional en la ciudad.

De aquí podemos derivar que la tesis situacionista de la destrucción de la calle y la anulación de la capacidad de encuentro es falsa, o al menos exige ser matizada. El pueblo de Móstoles sigue formando comunidades densas a partir de su vivencia cotidiana de la calle, en este caso en los parques. Hay personas que incluso, al responder por el tesoro de la ciudad, han prescindido de su ubicación espacial y han respondido la propia sociabilidad desnuda: “la gente” o “mi gente”. Desde las peñas hasta la abundancia de colectivos políticos, Móstoles conserva todavía vínculos sociales relativamente extensos.

En este sentido, algunos bares también fueron señalados como tesoros de la ciudad precisamente por su papel para aglutinar las horas compartidas con la pandilla de amigos, aunque en algunos informantes también influían otros criterios: “el Bambalán, porque el dueño sabía un huevo de música”.

Entre las personas militantes, los espacios desde los que se organiza la lucha también eran una respuesta común: La Casika y los distintos locales que han servicio de sede al ateneo autogestionado Rompe el Círculo fueron respuestas frecuentes. De nuevo, muchos prescindieron de los espacios para mencionar directamente los vínculos: “el ambiente alternativo y la gente que se mueve”. La importancia subjetiva del tejido rebelde mostoleño, su factor de elemento que una vez que eres iniciado en él transforma la vida, queda remarcada en algunas respuestas. Una mujer escribió una nota a pie de página de su mapa en la que decía “nací como verdadera mostoleña hace tres años”, en referencia al comienzo de su participación en la comunidad militante de la ciudad con la irrupción del 15M.

No fueron extrañas respuestas mucho más singulares, sensibles a otras motivaciones: el sabor de un helado de mandarina de una heladería de barrio; la puerta de La Casika “por cómo está tallada”; la ermita; los antiguos grafitis que sobrevivieron al blanqueado obsesivo que desplegó el PP en la legislatura 2003-2007; los ojos de los gatos-seto del teatro de El Bosque; los atardeceres que se ven desde Los Rosales, “que son naranja y rosa fosforito”; o una baldosa diferente del suelo de La Casika que, tras levantarla, descubrió un tesoro “compuesto por una canica, una hoja de marihuana de plástico y el mango de un rodillo oxidado”.

Dos mundos de miedos enfrentados

El punto donde más se distancian los imaginarios entre la gente politizada y la no politizada es en las respuestas por los lugares que les generan miedo o inquietud. Los primeros tienden a responder los espacios represivos en cualquier ámbito de la vida, especialmente los represivos directos, como las comisarias o juzgados (“tengo mido a los juzgados»; «temo la nueva comisaría»; «me dan miedo los tornos de la Renfe por si hay seguratas, ya que voy con abono falso de tercera edad”), aunque también los lugares represivos en el plano del urbanismo, como el nuevo barrio del PAU 4, tanto por su disposición como por su escasa población, que los dota de un aspecto de ciudad fantasma (“tardé en coincidir cuatro meses con alguien en el ascensor”). La comisaria nueva es un edificio especialmente siniestro a ojos de la mayoría, en parte por un diseño arquitectónico muy violento. La gente no politizada coincide abrumadoramente en un mismo temor: la zona de la Renfe de Móstoles central. Muchos de ellos, bastantes más de lo que a los mostoleños antirracistas nos gustaría, explican este temor por la alta presencia de inmigrantes. También, aunque en menor medida, las personas no militantes temen las calles aledañas al local del Punto Omega, una asociación dedicada a combatir y prevenir la exclusión social, por la presencia habitual de personas con problemas de drogodependencia. Estos dos universos de respuestas (temor a la represión y temor a alguna forma de «otro» extraño y hostil) fueron abrumadoramente mayoritarias.

Existe también cierto temor ante “las zonas apartadas”, descampados y ámbitos de las afueras en general, donde uno se siente de repente expuesto a lo ilimitado. También, especialmente en mujeres, se temen algunos rincones, pasadizos, escondrijos, donde pareciera que uno pudiera ser víctima de violencias machistas (el rincón de la basura del centro comercial de Iviasa, el pasadizo de la Renfe). Por supuesto se dieron respuestas más encantadas (“el Coperlín, la fábrica, curré allí, y se dice que había fantasmas”), algunas poéticas (“la depuradora del El Soto, las noches de invierno, saliendo vapor de agua entre la iluminación de las farolas”) y otras muy racionales (“La rotonda del Carrefour del Soto, es muy grande y la cruzo en bici”).

Finalmente se ha constatado un temor difuso a barrios enteros que no se conocen. A pesar de que Móstoles es una ciudad relativamente aprehensible y compacta, pues salvo una urbanización satelital (Parque Coimbra) de punta a punta no hay más de 45 minutos de paseo en ninguna dirección, la gente no posee una cartografía mental completa de la localidad. La nueva pobreza, que Debord constataba en el esquemático trazado de todos los paseos anuales de una chica parisina, sigue carcomiendo de rutina las vidas cotidianas de todas y todos.

Debajo de Móstoles: entre la nada, el mar y la sed (de historia y de conmoción).

Fueron muchos los que no supieron responder a la pregunta por lo que hay debajo de Móstoles. Otros pensaron en trivialidades: tierra, alcantarillas, ratas, piedras y arena. Es decir, nada. Una mayoría importante coincidió en su respuesta: agua. En parte es una respuesta racional, pues todo Madrid descansa sobre acuíferos. Y también reminiscencias de los años setenta y ochenta, cuando no llegaba el Canal de Isabel II a la ciudad y se tenía que beber agua de pozo. Pero quizá se trate también de una respuesta con un sesgo más simbólico, pues la constatación específica nunca fue acuíferos más que en un solo caso, sino sencillamente agua. Unos cuantos encuestados además especificaron más y dijeron “mar”. ¿Será Móstoles entonces, en el inconsciente colectivo, una balsa? Quizá un bote salvavidas, que te recoge todas las noches tras el naufragio cotidiano del trabajo alienado en Madrid. Pero que como en una pesadilla, no lleva a ningún puerto, sino que renueva el ciclo del naufragio-rescate con la salida y la puesta de sol.

Hubo en estas respuestas algunos ajustes de cuentas sociopolíticos. Una persona respondió “aparcamientos, como los odio, talaron los parques y ya no son los de la infancia”. Hacia referencia a una importante tala de parques llevaba a cabo en el año 2005 para construir aparcamientos subterráneos, y que despertó una fuerte oposición vecinal. Y es que la tala de parques fue una doble profanación: la de los espacios de encuentro y la de la patria de la infancia. Otra chica respondió sencillamente “fascismo”, lo que fue especialmente significativo porque se trató de una mujer escogida al azar por la calle y desconocida en los ambientes militantes. Y es que debajo de Móstoles, al igual que debajo de todo el suelo de España, hay una tumba que guarda el secreto de fusilamientos genocidas y transiciones políticas amañadas.

Además de agua, la otra respuesta mayoritaria fue la de aquellos que creen que el subsuelo guarda restos arqueológicos, ruinas musulmanas, romanas, visigodas o incluso fósiles. Al respecto, se han encontrado algunos yacimientos en la zona de lo que hoy sería el barrio de Cerro Prieto, y una pequeña necrópolis en la calle Gerona, que hacen sospechar que Móstoles ya tenía un núcleo de población activo, al menos, desde época tardorromana. Esto ha llevado a algunos historiadores de la ciudad, como Jesús Rodríguez Morales, a teorizar que Móstoles puede tratarse de la Titulcia romana.

Sin embargo, esta percepción es en esencia equívoca, o cuanto menos confusa. A diferencia de otras ciudades con un pasado reconocible que forma parte de su identidad, para el discurso común Móstoles es una ciudad sin profundidad en el tiempo. Y por tanto sin sustrato histórico en forma de ruinas memorables. José Ardillo en su novela distópica El Salario del Gigante incluso pronostica que el viento del decrecimiento energético la desmontará tan rápido como la montó el desarrollismo franquista[ii]. Es posible que aquí lo que esté operando es un anhelo de raíces, que permita a los proletarios aferrarse a la brea histórica sobre las que está construido Móstoles, en la que se desenvuelven en una vida de precariedad, gobernada por la dictadura de las coyunturas.

En este punto, no fueron pocas las respuestas delirantes. Quizá se trató de la pregunta con la que gente se permitió el mayor componente de irracionalidad. Y muchas y muchos se dejaron llevar por la alucinación. He aquí algunas respuestas: “el balrog de Moria”; “placas tectónicas al borde del conflicto, cualquier día se abre y vemos el magma”; “ un agujero negro que según algunas teorías te lleva a Faluya, y en Fuenlabrada hay uno que lleva a Belén”; “un cementerio indio”; “un anti-Móstoles, con la gente con las gorras bien puestas, como el gemelo malvado”; “un mundo de mutantes”; “cadáveres de morlocks”; “Móstoles en espejo pero para abajo y un poco más gris, pero no vive nadie porque la gente no puede vivir boca abajo”. Distintas versiones de una suerte de laberinto (sistemas de túneles construidos por la KGB, por los insurrectos mostoleños contra los franceses, por la secta de los asesinos o los reptilianos) también abundaron.

Lo que comparten todas estas respuestas delirantes, que mezclan los antiguos arquetipos plutónicos (el infierno) con figuras de la cultura popular de masas es una necesidad de disrupción y de ruptura: de las leyes físicas (el anti-Móstoles, el Móstoles en espejo), de la paz (laberintos con una función necesariamente épica, un ecosistema de guerrilla, túneles a lugares con conflictos bélicos), de la seguridad (amenazas de la normalidad, como fantasmas del cementerio indio o balrogs) y de la cotidianidad (un volcán y un desastre natural). Si las respuestas que ensoñaban ruinas antiguas reflejaban sed de historia, de protagonizarla, la gran mayoría de las respuestas delirantes reflejan sed de conmoción. Quizá sea disparatado y maximalista afirmar con el anarquista italiano Alfredo María Bonanno que el mostoleño que “cada mañana se levanta para ir a trabajar, se pone en camino en la niebla y camina hacia la sofocante fábrica u oficina siente la necesidad de lucha y de choque físico, incluso mortal”[iii]. Si esto fuera realmente así, la insurrección y el conflicto social no sería una especie de milagro, que pasa cada treinta o cuarenta años. Pero dentro del contradictorio y ambiguo fenómeno que es el deseo, sin duda hay una parte profunda de la libido colectiva mostoleña que quiere romper la realidad imperante aún a riesgo de perderse en el intento. Sólo cinco personas con respuestas delirantes evocaron imágenes de armonía: un “súper-parque de atracciones”, “Disneylandia”, “un lugar de cuento hecho con chucherías y peluches”. Es decir, reinterpretaciones de cartón piedra de un mismo arquetipo, que el cuarto informante destacó de modo transparente: “el paraíso”. Que quizá era en lo que pensaba otra chica al afirmar que debajo de Móstoles “había un pueblo tropical de gente alegre, rechoncha y muda”. Si el subsuelo simboliza el inconsciente, no es del todo gratuito especular que el inconsciente de muchos mostoleños no desea la unidad del cielo, sino el desagarro de la historia conmocionada.

Una concepción pragmática del espacio

Si la pregunta por lo que esconde el subsuelo de Móstoles abrió la veda de la irracionalidad, la del principio y el final de la ciudad fue quizá la de respuestas más pragmática y utilitaristas. La inmensa mayoría de los encuestados respondió dando dos puntos de referencia que trazaban un eje noreste-suroeste o noreste-sur. Es decir, el eje de la Avenida de Portugal, antigua carretera nacional V, alrededor de la cual se construyó la ciudad. Los más jóvenes tendieron a presentar una alternativa norte-sur en el que la coordenada del norte era casi siempre la Plaza de Toros. Este se debe, probablemente, al cambio efectuado en la rutas de los autobuses, que desde hace menos de diez años entran por la plaza de toros como un efecto de la construcción de la carretera radial M50.

Hubo, sin embargo, algunas excepciones: una chica afirmó que Móstoles iba con ella y terminaba en Talavera de la Reina, en Castilla la Mancha, donde realizó sus estudios y conserva muchas amistades. Un hombre, figura de referencia en el ambiente militante, encuentra el principio de Móstoles «en el centro de Alcorcón», señal de una identidad compartida entre los movimientos sociales del sur de Madrid. Hay para quién Móstoles “empieza en los pirineos y no termina” y para quien el principio de Móstoles “son las oleadas de extremeños que estaban de paso, en general Móstoles está de paso y nada quedará”. Una de las respuestas más originales fue la de un encuestado que encontraba el principio en un punto central, que se expandía como una gota de agua hacia las afueras. Este punto central no era otra cosa que una vulgar alcantarilla frente al colegio Beato Simón de Rojas, sin ningún distintivo especial. Curiosamente su ubicación, comprobándola en un plano, coincide de modo bastante acertado con un hipotético centro de la ciudad. Otro encuestado señalaba dos puntos con una fuerte carga simbólica de principio y final: un pequeño túnel, que definió como “hospitalario”, que salva la M501 y separa los descampados de Alcorcón y Móstoles y el final en un viejo puente de hierro del antiguo ferrocarril que cruza el río Guadarrama, ya muy alejado del centro urbano, en la parte en que el término municipal de Móstoles se pierde entre los páramos, “qué da paso necesariamente a otro lugar”. Otro encuestado respondió, con una lucidez extrema, que Móstoles sólo tenía principio y final en la infancia, cuando no podías ir más lejos de ciertas zonas. En su caso, Móstoles iba del barrio de Princesa al barrio de Vosa.

Finalmente, destaco un encuestado que respondió que Móstoles terminaba “en el cementerio nuevo”, descubriéndonos una interesante analogía espacial y metafísica. Pues efectivamente el lugar donde termina literalmente la vida de muchos mostoleños está situado, campo a través, casi en el borde sur del término municipal, justo el último sitio de Móstoles que puedes encontrar en esa línea que traza el eje mayoritario del ordenamiento mental de la ciudad. Definitivamente, si la vida son ríos que van a dar al mar los ríos mostoleños, corren de noreste a suroeste. Y la desembocadura del mundo, en cualquiera de sus dimensiones, entonces no sería otra cosa que el estuario del Tajo en Lisboa.

Móstoles, un desierto de sueños

La gran mayoría de las mostoleñas y los mostoleños constataron que no sueñan o no se acuerdan de los sueños. Quizá hemos perdido las herramientas que nos permitían recordarlos y tratarlos como señales reveladoras. O quizá se trate de una consecuencia de la deforestación de la vida interior impuesta por la arrolladora unilateralidad de los imaginarios audiovisuales, que no dejan espacio alguno a la imaginación. Si Mumford hablaba de las primeras etapas de la hominización como de la era de los sueños, parece que en el yermo megatécnico soñar, y poder “vivir los sueños de forma integral a través de la poesía entendida como modo de comportamiento”[iv] se va convirtiendo, desgraciadamente, en un privilegio.

La mayoría de los pocos que recuerdan sus sueños nos hablan de sueños que reproducen simplemente fragmentos de la vida cotidiana. Algunos militantes tienen sueños recurrentes de revolución o situaciones análogas: “hacíamos la revolución al más puro estilo de siempre, con armas, nos metíamos en la casa de Andalucía, nos parapetábamos allí, todo dependía de nosotros”; “soñé que la gente de la antigua CNT íbamos por la calle matando zombis ”. Y otro activista nos contó que a menudo sueña con un nuevo local, “un ateneo, que ha abierto gente nueva, y que está dentro de un árbol, y que dentro hay muchos maniquís”. Hay una persona que una vez soñó con una muralla baja, que se podía pasear, y que recorría un tramo de la ciudad.

Destaco tres sueños recurrentes de tres encuestados, que me parecen hermosos en sí mismos: el de un chico que sueña con las vías del tren, “sueños que tienen que ver con las aventuras y las cosas prohibidas”, otro que sueña con la habitación de una amante imaginaria y por último el de un chico que sueña, recurrentemente, estar tumbado y tranquilo en el parque Liana.

La reinvención erótica de la ciudad.

Aunque no son pocos a los que les cuesta encontrar puntos de la ciudad vinculados a su vida erótica y afectiva (“Móstoles no es muy erógeno que digamos”) en general la mayoría de los habitantes de Móstoles, especialmente la gente de las generaciones más jóvenes, ha sabido desviar la ciudad para hacer un uso amatorio-sexual del espacio público. Aunque algunas personas respondieron que el punto de la ciudad vinculado a su vida erótica era un lugar privado (“la casa de mi chico”, “mi casa”, “la casa de un amigo”) son muchas más las que reconocen disfrutar del amor y del erotismo al aire libre, en plena calle. Sin duda, los recovecos y los escondrijos que tanto abundan en la ciudad facilitan mucho la labor de los amantes. La precariedad económica de la juventud mostoleña, obligada a vivir con sus padres hasta más allá de los treinta y condenada a un paro estructural intolerable, potencia esta búsqueda de rincones de amor y pasión bajo un cielo cargado de contaminación lumínica y a la sombra de los bloques de viviendas.

En este sentido los parques vuelven a jugar el papel de escenario biográficamente privilegiado: el Parque Andalucía, Finca Liana, el Soto, Parque Prado Ovejero, el parque de la Universidad y sus columpios, las pistas de patinaje. También los páramos y los descampados que rodean la ciudad. Curiosamente estos descampados, que como vimos a mucha gente le suscitaban terror, también son uno de los lugares más frecuentados para follar al aire libre, “porque ahí no te cortan el rollo”. El uso del coche como habitáculo amatorio también es muy común, bien en los aparcamientos vacíos de los grandes centros comerciales o bien en algunos caminos de tierra de las afueras, que suelen estar poco transitados, especialmente por las noches (“el camino de detrás de mi keli es un picadero donde han follado generaciones de mostoleños”). Varias personas respondieron “el colegio Federico García Lorca” porque en el momento de su despertar sexual tenía un par de huecos en las verjas que permitían saltar y ampararse en los porches de los pabellones. Y otras “la fábrica de pintura abandonada del Coperlín”. Aunque la mayoría de los encuestados respondieron pensando en los lugares de la consumación sexual, otros muchos hablaron de los ámbitos asociados a la seducción y flirteo: las zonas de marcha nocturna (la llamada “Zona de Arriba” y “Zona del Hospital”), la cafetería veraniega de La Casika, y la Biblioteca Municipal, donde las horas sacrificadas para aprobar exámenes eran compensadas con un sentido constante de la tentación y la oportunidad sexual.

Por suerte, a pesar de la castración existencial y socioeconómica, el deseo se impone. Una chica respondió con simpatía que las zonas de la ciudad vinculadas a su vida erótica o sexual eran “casi todas”. Y es que no sólo Eros vence a Tánatos, sino que los mostoleños y las mostoleñas son capaces de reinventar eróticamente la ciudad. Y hasta elementos urbanísticos carcelarios, como las rejas y las vallas, pueden servir en un momento dado para el disfrute del amor: otra chica identificaba su lugar amoroso de la ciudad con “las vallas detrás del Instituto Europa, porque eché allí un polvazo colgada”. Sin duda, el colchón que aparece en la siguiente fotografía, en medio de un descampado al que se accede por un pequeño rincón escondido, ha debido de funcionar como un piso franco para algunos arrebatos repentinos de pasión.

Entre las leyendas del espectáculo y las leyendas aborígenes

Interrogados por el misterio o la leyenda de la ciudad, algunas personas constataron que Móstoles carecía de leyendas o misterios. Un hombre afirmó, con sabiduría, la razón de este desangelamiento cultural: “Yo oí que aquí hubo un alcalde que dijo «me cago en Dios». Dio un puño en la mesa y echó a Napoleón a patadas. Pero como Móstoles es una ciudad que en 90% se construyó recientemente, no tiene leyendas”.

Por supuesto el espectáculo capitalista intenta aprovechar este vacío para ofrecer sus tristes sucedáneos. Y podemos contrastar que en cierto sentido lo ha logrado. Las leyendas precocinadas fomentadas por la televisión, como las empanadillas de Móstoles, Iker Casillas, o las Supremas, fueron respuestas comunes.

En otro nivel de influencia ideológica, escuchamos muchas referencias al alzamiento insurreccional contra los franceses del 2 de Mayo de 1808. Quizá el único fragmento de historia en el que, desde las instituciones oficiales, nos dejan reconocernos (siempre y cuando nunca tratemos de emular su espíritu). Estas referencias a veces se presentaban de forma desmedida: “aquí ganamos una guerra” dijo un hombre. También tuvieron su hueco las leyendas urbanas, sobre todo aquellas asociadas a los temores de la vida moderna. Especialmente una, narrada por cinco personas sin conexión entre sí, que afirmaba que en un restaurante chino se había secuestrado a una mujer para robarle los órganos y traficar con ellos. Sin duda el acertijo cultural chino, como el musulmán, y los desencuentros que genera, sirven como excusa para regar la xenofobia desde las que las fuerzas más reaccionarias, en medio de las turbulencias sociales por venir, quieran hacernos cerrar filas con aquellos que nos explotan frente a los extraños demonizados y sus tenebrosas costumbres.

Pero de nuevo tuvimos otra prueba más de que el espectáculo capitalista no es omnipotente. Las leyendas aborígenes existen. Quizá no puedan inspirar sagas épicas ni grandes relatos, pero reencantan la vida de aquellos que las habitan. Algunas se aproximaron más a las anécdotas pintorescas, como un hombre negro, famoso en la ciudad por declararse neo-nazi. Otras eran sin duda falaces, puro delirio imaginativo, pero sin duda una demostración interesante de cómo las ensoñaciones, al igual que la vida como decían en la película Parque Jurásico, siempre se abren camino. Y llenan de emoción incluso aquello que no lo tiene: “los favores de los andaluces para obtener sus beneficios, se rumorea que puede haber incluso muertos”, respondió un informante aludiendo a una hipotética conspiración de la comunidad andaluza para hacerse con el control de las subvenciones públicas. Hay también leyendas basadas en experiencias de infancia, que marcaron huella por su sentido de aventura: muchos declararon que la leyenda había sido el incendio de una nave a las afueras de la ciudad, que era un almacén de videojuegos, y cuyo destrozo generó un tumulto infantil. Pues permitió a la muchachada asaltar el lugar y ampliar su fondo de videojuegos con cientos de cartuchos rescatados del fuego, que a pesar de estar chamuscados todavía funcionaban. Otra persona habló de unos túneles hipotéticos que conectaban Alcorcón y Móstoles. Un informante contó una preciosa historia de reencantamiento que vivió cuando él era niño: situado su colegio en el borde de la vía del tren de cercanías, los alumnos de los cursos superiores habían convencido a los más pequeños de que desde el tren se hacían fotos con el objetivo de secuestrarlos. Así que en el recreo, y durante todo un curso, cuando pasaba el tren, todos los niños menores de diez años se tiraban cuerpo a tierra simultáneamente, como en un bombardeo, aterrados ante la posibilidad de ser identificados como candidatos para un rapto. Y otro informante habló de unas fábricas cerca de su casa, en la calle Rubens, que echaban humo pero en las que nunca vio a nadie entrar y salir en muchos años, resultando un profundo misterio para él.

Una importante veta de leyendas fueron todas aquellas relacionadas con el carisma y el estatus de barrio delincuente. «Bronxtoles», «la gentuza», historias de atracos y yonkis… la guerra de clases también se disputa en el terreno de las identidades, y la reafirmación orgullosa del pedigrí delincuente frente a la “gente bien “del norte de Madrid, pedigrí a estas alturas extremadamente exagerado, sigue jugando un papel fundamental en la conciencia de pertenencia de lugar. Las leyendas de perfil más tradicional tampoco fueron inexistentes. Una chica nos contó que si un foráneo bebe de las Fuente de los Peces, en la plaza del Pradillo, se queda en Móstoles para siempre. Y un chico quiso recordar algo de un antiguo mecanismo fabuloso para poder beber vino sin bajarse del carruaje, aunque no logró definirlo muy bien. Y por supuesto hubo quién señaló leyendas históricas con base real, como el rumor de que tras la Guerra Civil el Ayuntamiento promulgó unos edictos que en la práctica supusieron un enorme robo, y que permitió el acaparamiento de tierras en manos de los caciques locales.

Una de las respuestas más interesantes dadas a esta pregunta fue la de una serie de personas, sobre todo jóvenes menores de 30 años, que sin haber participado de modo directo en la acción ni haber tenido contacto con aquellos que la promovieron, destacan la aparición misteriosa y súbita de la frase “¿Qué coño te pasa con mis vacas?” por toda la ciudad como el acontecimiento más legendario o misterioso que ellos recuerdan: “una de las movidas más míticas es lo de las vacas”.Sin duda, la cosa esa de ¿Qué coño te pasa con mis vacas?”. En cierto sentido, que este acto de terrorismo poético inspirado en una lectura apresurada de Hakim Bey haya tenido una resonancia tal que diez años después personas ajenas lo recuerden nos demuestra que en el terreno de la magia, las leyendas o el reencantamiento también se puede intervenir. Por supuesto «la noche de las vacas» también fue recordado por algunos participantes en la acción, pero el impacto de la respuesta es mucho más importante entre aquellos que no lo vivieron de modo directo.

Y otra las respuestas más significativas fue la de una chica que se explayó explicando el particular atractivo de la ciudad: “El misterio de Móstoles es que a pesar de ser una ciudad gris, fea, llena de policía, con edificios que se inclinan construidos sobre unas supuestas lagunas subterráneas, desde la que tienes que pasar una hora de Renfe para llegar al trabajo despistando a seguratas neonazis y con sus fiestas desterradas a una especie de parque de concentración, es un lugar del que seguramente intentes escapar pero al que algún día querrás volver; y te parecerá una especie de paraíso terrenal, idílico en sus rutinas, entrañable, de juguete”.

All you need is dynamite

Como firmaba King Mobb por las calles del East London en los años sesenta desviando a los Beatles, parece que todo lo que necesita el mostoleño no es amor sino dinamita. Si hay una pregunta que resulta sociológicamente muy reveladora del espíritu de nuestro tiempo es aquella que exploraba por los deseos destructivos de los mostoleños y mostoleñas. Y es que una abrumadora mayoría de personas, incluidas casi todas las personas no vinculadas a movimientos sociales, incluso muchas que por sus respuestas xenófobas estarían sociológicamente cerca de la extrema derecha, han expresado sin ambages sus deseos de volar por los aires los símbolos del poder. Esto era algo previsible entre los militantes de izquierdas, que han respondido comisarías, juzgados, sedes de partidos políticos, plaza de toros, iglesias, “en plan 1936” precisó un encuestado. Pero lo que sorprende más es que entre las personas tomadas al azar por la calle el edificio que concentra todas las iras y los deseos de venganza es el Ayuntamiento, que en algunos casos se deseaba destruir con todos los políticos encerrados dentro.

Sin duda la sensación de cansancio, estafa y de desengaño con el sistema político implantado en 1978 es absolutamente generalizada al margen de las ideologías. Y la crisis económica ha echado mucho sufrimiento personal al fuego. Tanto como para que una pregunta que podía activar los frenos de emergencia de lo políticamente correcto en la mayoría (rechazando la violencia y la posibilidad de destruir algo) solo lo hiciera ¡en dos casos de setenta! El resto dieron rienda suelta a su cólera simbólica, en su gran mayoría poniendo al mundo político en su punto de mira.

Aunque la antipolítica fue el sentimiento de hostilidad predominante, la ira popular también se demostró motivada por otros criterios. El ajuste de cuentas contra la nueva arquitectura trituradora lo ejemplificaron respuestas como “Móstoles industrial, es feo de cojones, y además el reloj no va bien”, “el edificio de la mujer, que es la cosa más horrible que se ha ideado nunca”, o “el teatro del Bosque porque se le cae el agua todo el rato y no puede estar así, el campo está hecho para estar en el suelo y no con forma de perro con ojos que dan miedo”. Algo de este rechazo arquitectónico subyace a una curiosa y recurrente respuesta, que es un odio visceral por parte de unos cuantos al Centro de Arte Contemporáneo 2 de Mayo, “que parece una tele gigante”. Y es que aunque este museo tiene la ventaja de contar entre sus trabajadores con gente honesta, e incluso comprometida con un cambio social, que ponen sus esfuerzos en hacer algo distinto dentro de las limitaciones que el discurso artístico tiene, como se decía de la Bastilla, sus paredes hablan por sí solas. Y lo hacen en lenguaje de la ocupación militar. Para muchos el museo de arte contemporáneo es una especie de extraño y amenazante ovni que ha caído ahí y que despierta recelos por su carácter de chantaje constante a la inteligencia de las personas. Un informante añadió a su respuesta, que sirve para ilustrar una incompatibilidad profunda de cosmovisiones, que una vez vio que en la entrada había muchas televisiones encendidas apiñadas sin sintonizar (se refería a una instalación artística) y que él, enfadado, les preguntó en conserjería «si necesitaban un antenista».

También es un foco de odio común, especialmente entre los militantes de izquierdas, la nueva comisaría. Porque a su función social siniestra se le añade una arquitectura de diseño muy moderno que contrasta, hasta el desconcierto, con su papel de mazmorra. Una chica, que quería construir merenderos de madera sobre los nuevos espacios liberados, dejaría en el caso de la comisaria nueva “un enorme cráter como símbolo de su recuerdo”. Y resulta interesante destacar como al menos seis personas contestaron con respuestas que daban el salto de la arquitectura a la crítica del urbanismo. Para ellos lo más urgente era destruir todo el nuevo barrio del PAU4, “sacando previamente a los colegas”,porque estaba hecho para secar personas”. No deja de resultar conmovedora y reconfortante la respuesta ludita de una joven becaria, que quiere destruir la Universidad porque es su lugar de trabajo. Y de otro trabajador que desea ver arder los polígonos industriales. Por último es también significativo el odio de un informante por el punto limpio, síntoma quizá de eso que se ha dado en llamar ecofatiga[v].

Leyendo el presente en los trazos de un mapa

El dibujo de los planos significativos de la ciudad en menos de un minuto no hizo sino confirmar las grandes corrientes de respuestas que hemos señalado. Solo la casa particular de cada uno supera al Parque de El Soto en número de apariciones en estos planos. Y la suma conjunta de todos los parques convierte a estos en el epicentro de sentido de la vivencia de la ciudad. Resulta llamativo como algunos de los informantes dibujaron corazones en los sitios que más aman, como el Parque Liana. La presencia de espacios de lucha, como La Casika, Rompe el Círculo o los Huertos Okupados de El Refugio, fue una constante en los planos de los activistas, que también dibujaron algún corazón sobre estos lugares.

Por alguna razón, la gran mayoría de las personas dibujó un mapa abierto, sin ningún límite, como si Móstoles en el fondo no pudiera ser entendida como una unidad contenida sobre sí misma, sino siempre como parte de esa enorme mancha de aceite urbano que es Madrid. Los nombres de las calles parecen poco importantes, porque también escasearon, lo que indica una vivencia del espacio muy concreta, orientada por la propia aprehensión del paseo y no por referencias oficiales. Los dibujos aclarativos de corte esquemático fueron más frecuentes, pero sin ser mayoritarios: árboles, casas, la vía del tren, iglesias, canchas de fútbol. En algunos, el informante apuntó anotaciones biográficas: “porros”, “parque de las pellas”, “toda mi vida”, “zona de mis primeros pedos”. En otros se señalaron acontecimientos, como la caída del helicóptero de la BESCAM.

Algunos entrevistados solicitaron explícitamente saltarse la regla y dibujar un mapa algo más elaborado, porque tenían muchas ganas de hacer por sus propias manos un mapa de la ciudad, algo nuevo para ellos. Por supuesto, no me negué a nada que ellos quisieran hacer, porque no soy policía.

En este plano puede apreciarse la figura de un terrorista arrojando una bomba al Ayuntamiento. Lo interesante es que no fue dibujado por ningún militante revolucionario, sino por un chico desconocido en un parque:

Los dos mapas siguientes no fueron realizados en un minuto, porque los entrevistados decidieron tomar ellos las riendas del juego:

¿Un animal domesticado o una fiera en cautividad?

Pero si hubo una pregunta cuyas respuestas fueron abrumadoramente similares, sin existir en principio un motivo para ello, fue la pregunta por el animal que es Móstoles. Casi todas, salvo algunas excepciones (una araña, una pantera, dos leones, un oso, un toro, un mapache, un ornitorrinco, un zorro, un pelícano, un ciempiés, un mono y un delfín), e independientemente de la persona preguntada, bascularon entre dos polos que no eran antagónicos, sino que servían para dibujar una misma realidad anfibia, híbrida, contradictoria: el animal doméstico o la fiera en cautividad.

De ente los muchos que respondieron un animal doméstico (gato, perro, cerdo caballo, o vaca), unos cuantos afirmaron caballo (quizá el caballo Boxer de Rebelión en la granja, cuyo lema era “trabajaré más duro”), pero la mayoría de las respuestas optaron por gato. ¿Y no es el gato, símbolo libertario desde principios de siglo, tótem de las brujas, avatar del diablo y por tanto de la subversión desde tiempos medievales? ¿No es el gato el animal doméstico menos domesticado, el más independiente, el más traicionero con aquellos que lo domestican, siempre dispuesto al zarpazo y al hurto? ¿No es por ello mismo el gato también el icono de La Casika, ese espacio de libertad hurtado a la especulación capitalista desde hace más de dos décadas? En otras palabras, ¿no es el gato una especie de tierra de nadie entre el salvajismo y la domesticación? Un encuestado, poniendo énfasis en esta tendencia silvestre, habló de Móstoles como un gato “casi montés”.

A esta coincidencia de respuestas se suma otra todavía más sorprendente: el relativamente elevado número de personas que hablaron de Móstoles como un animal salvaje en cautividad, o al menos degradado en alguna de sus funciones: “un león gordo”, “un lince ibérico enjaulado en autopistas, deprimido, en peligro de extinción”, “un animal bonito metido en una ciudad”, “un vencejo mutante”. Una chica, que pensó en Móstoles como un perro, habló específicamente de un galgo (un perro de caza) “marrón, macho y despistado”. Tres personas compartieron también la respuesta “hipopótamo”, lo que puede parecer una asociación absurda y un azar sin relevancia. Sin embargo, el simbolismo del hipopótamo puede ser análogo al de otras respuestas: un animal anfibio, que vive entre dos mundos, y que bajo su apariencia rechoncha y ridícula esconde uno de los animales más peligrosos y agresivos del planeta. Quizá la más iluminadora de las respuestas fue la de un activista que afirmó que Móstoles era “un tigre sin dientes, con mucho potencial, o unos cuantos dientes sueltos a los que les falta un tigre”.

La compenetración de las repuestas sobre el animal que es Móstoles en un punto de confluencia que nos habla de la ciudad como un animal ambivalente, a medio camino entre la vida salvaje y la vida doméstica, quizá en derrota pero nunca en doma, como diría Claudio Rodríguez, concuerda con la propia historia de la ciudad y su futuro confuso.

Diez años después del rugido del 15M, con el que a tantos nos pareció que el tigre popular mostoleño había despertado y había encontrado por fin a sus dientes sueltos,  es fácil concluir que todavía pesan demasiado las inercias de la cautividad. Pero también se podría haber dicho lo mismo un año antes de la revuelta de mayo de 2011. Si Móstoles y el Sur de Madrid va a responder a la quiebra de la civilización capitalista desde la revuelta o desde la impotencia, está por dilucidar. Pero esta investigación surrealista arroja algunas pistas.


[1] Este texto fue publicado originalmente en la revista Salamandra 21-22 (2015) 

[ii] En la novela habla de Alcorcón, concretamente del barrio San José de Valderas de Alcorcón, pero la idea es extensible a Móstoles.

[iii] Alfredo Mº Bonanno El placer armado (1977). Disponible en:

https://www.theyliewedie.org/ressources/biblio/es/Bonanno_A.M._-_El_Placer_Armado.html

[iv] Julio Monteverde (2011). De la materia del sueño. Logroño: Pepitas de Calabaza, pág. 31.

[v] La ecofatiga, reflejada en cada vez más encuestas y que refiere al cansancio ante los cuidados medioambientales crecientes es, además del otro lado del eco-analfabetismo, una consecuencia normal de la diglosia cultural, casi esquizofrénica, de un mundo que te bombardea con cuidados verdes cosméticos a través de los medios de comunicación mientras que su funcionamiento diario es profundamente insostenible


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