
Recuérdalo cuando te embriagues de felicidad. Y te sientas subiendo una escalera que conduce a convertirte en constelación legendaria, una tan nítida que quizá podría guiar el rumbo de los mitos futuros. Todos somos alpinistas en un campo base destinados al fracaso. Incluso la cima más alta que podamos escalar, después no es más que otro fragmento, otra reliquia, otra miga minúscula que se ha caído del pan de un universo a medio cocer. Incluso después del orgasmo más salvaje, culminando tu ansia de amor más nativa, te das cuenta que esa meta, como cualquier otra, solo era un espejismo. Que el clímax es solo una ola intensa en un mar donde se agitan sin fin los preliminares. No hay escapatoria. Y todo lo que siempre podremos hacer será escribir notas a pie de página en un libro ilegible. Convencionalmente, a un trozo del libro ilegible, de unos 600 kilómetros cuadrados y ubicado casi en el centro de la Península Ibérica, lo llamamos Madrid.
Madrid es un planeta inmenso rodeado de 24 lunas que no tienen órbita y que flotan fijas en los páramos, ancladas mediante autovías radiales y trenes de cercanías a un agujero negro económico alimentado con esteroides neoliberales. Móstoles, el municipio más poblado de los anillos madrileños, es mi luna-Ítaca a la que regresar después de las odiseas más triviales que épicas de todos los días. Mi humilde campamento cotidiano, en el que repasar la lección de dos palabras que nunca se aprende: “todo continua”. Mi hoguera acogedora, que toca encender cuando la tarde se marcha, abrazando a mi mujer o en las cosquillas de mi hijo, porque bajo el paso del tiempo siempre se duerme al raso.
Mi amor por Madrid lo forjé desde Móstoles. Lo que dio a mi vivencia de la ciudad disposición de nómada, mirada satelital y complejo de intruso: “Madrid tiene siempre un aire de abordaje, sus horas son horas de incursión”, escribí hace muchos años, cuando empezaba a escrutarla con cierta asiduidad, y no paraba de sentir que la noche volvía y volvía y me expulsaba. Con sabor en la boca a la contraseña exacta que pocas veces encontró el portal de su clandestinidad. Habiendo pasado de largo, por falta de intuición o de suerte, el estrecho de Magallanes que llevaba a las islas de las especias. Dos décadas después, constato que el destierro crónico es lo común: realmente, nadie habita Madrid. Mi condición de chico de extrarradio era un spoiler, que me preparaba para un desenlace inevitable. Al final, madrileño es solo otra metonimia, otro truco, otro atajo para poder agarrar el universo por los cuernos y saltar por encima. Ya se sabe…somos lenguaje. Y el lenguaje no es más que la obligación sin descanso de ejecutar acrobacias minoicas.
Madrid no se habita. En Madrid como mucho te zambulles en las charcas que se forman en este lado de tus decisiones, de tus rutinas, de tu azar: jornadas laborales en el CCHS; charlas en Ecooo o en el Círculo de Bellas Artes; cenas en el Vega Álamo con Héctor, Xan, Cesar, Jaime, Javi, Rosa, Carlos o Guille, buscando el Grial de la victoria climática; takeos de Zyme, como un guiño de respaldo inesperado en medio del anonimato; rondar con Xisela la plaza de las Comendadoras, la mañana que sigue a la celebración de mi cumpleaños, como si estuviéramos pisando el arenal cristalino de una calita con la marea baja y la materia en su punto; pasar la tarde con Lautaro, saltando y corriendo a borbotones entre los columpios de Madrid Río, para que entrene el arroyo que guarda en su pecho y así algún día pueda encontrar su propio camino hacia el mar; las derivas con Marcos, buscando pegatinas y carteles divertidos, cuando éramos jóvenes y nos podíamos permitir ser fieles a nuestras escasas ganas de encontrar un empleo; discutir con Jose (sin acento, como siempre recuerda) en la taberna Juan Raro sobre surrealismo, revolución y otras maldiciones benditas del centro del mundo; conversaciones paseadas con Cristina, que tienden a peregrinar hacia el templo de Debod sin que ninguno de los dos lo busquemos; la casa de Marta en la calle Pizarro, donde de tiempo en tiempo nos consentimos ser omnívoros morales para así, cuando por fin se derogue el trabajo, poder optar a una plaza de corresponsales de lo maravilloso; visitas fugaces a Enclave para llevarme algún libro e intercambiar con Pino y María el santo y seña de una conjura compartida que nunca hizo falta fundar; los alrededores de Atocha los días de las manifestaciones grandiosas, cuando la cuesta de Moyano parece el campamento militar provisional de un ejército de pueblo honesto y de pueblo digno, un ejército que aunque pierda la batalla inmediata solo por juntarse ya hubiese ganado la guerra; si no lo encontraba antes en el café Doré, llamar a gritos a Eugenio a los pies de la Torre Magnética, sin duda la casa más imantada y contagiosa de Madrid, que antes de que él muriera se escondía dentro de un portal en la calle Torrecilla del Leal. Y mi colección chiquita de malvas, hinojos, helechos y otras hierbas mágicas que recolecto algunos paseos al mes para preparar un ritual que nunca llega, en esta víspera infinita de San Juan que no termina de encender su fuego. Del resto de Madrid, poco más sabré…





No te atormentes, Ibn Battuta de periplos humildes. Ni el superhombre nietzscheano ni la mujer nueva del comunismo solar podrían habitar en un sitio como Madrid. Mucho menos lo vas a hacer tú. No asimilarías Madrid ni aunque a partir de mañana durmieras en un ático encallado en la playa de los tejados de La Latina y te dedicaras a explorarlo con disciplina norvietnamita sin hacer otra cosa. Tampoco, aunque después de otra noche de sexo sin misericordia, el sol del domingo perfilase los hombros de una chica con desnudo de almíbar, a la que le gustara desayunar leyendo el periódico, como si en sus páginas estuviera encriptado el plano para entrar en la cámara acorazada de Madrid y expropiar sus tesoros. No rumies más ese arquetipo venenoso. Sencillamente, nadie vive en ciudades como Madrid. Son demasiado. Y la escala de la totalidad nunca fue otra cosa que el más bello y trágico de todos los señuelos.
Aun así, recaigo en Madrid como un yonki. De nuevo, como si existiera un todo. Con los pies convertidos en dados que anhelan rodar hasta dar con el número exacto que me lleve a la casilla de la extrañeza inflamable, de los cantos de la sirena, de la amante resbaladiza, de la ira popular, del Gabinete de Investigaciones Geoludópatas, de la llave que abre la oficina secreta de los cavadores. El pez de mi pecho no puedo rehuir el cebo de sus calles. No puedo dejar de tirar de alguno de los 10.000 hilos sueltos con los que cualquiera se tropieza a mínimo que logre oxigenar sus sentidos. Y sigo empeñado en transcribir, no sé bien porque, su dictado imposible.
El jeroglífico sin descifrar de la Plaza Canalejas y el desafío sin aceptar de las Torres Blancas. Acantilarme en las Vistillas, donde las bandadas de la primavera anidan para cuidar a las crías de besos que aún no saben volar. Aventurarme en sus riscos desde el sendero en la ladera de la calle de las Descargas, que es un pasadizo por el que puedes penetrar de incógnito en el baluarte imaginario de la ciudad. Y el viejo Madrid, una loca geografía de estrechos secos entre casas que siempre guardan un eco lejano de barro. Con sus balcones minúsculos, que son pestañas con rímel, puestas ahí para que el corazón parpadee. Para crucificarse en placeres y vicios pequeños. En bocanadas de sol. En dispersión melancólica. En jugar a la yesca y al pedernal tomando café a granel con la joven de las sinestesias, como neones secretos colgados en los umbrales de las raras tardes de lluvia. Más arriba están las catacumbas de la luz, en azoteas y terrazas, que siguen esperando una concepción menos miserable de la propiedad para tender entre ellas un sistema de puentes colgantes. En un futuro mejor rivalizarán con el Metro. Mientras tanto, en ellas se refugia una nueva humanidad, aun inconsciente de sí misma, cuya fe gobernará el mundo en el siglo XXIII.






Y las corrientes que te arrastran Madrid adentro, en la calle San Nicolás, en la del Almendro, en la calle Zurita o en la calle de Amaniel. Y el Manzanares, por fin bien despeinado de naturaleza, que despliega el cielo como un mantel para que podamos degustarnos. Y ese aire cargado de juventud universitaria que flota en el Parque Oeste, y en el intercambiador de Moncloa, que se evapora tan rápido como un eclipse lunar, y por eso tiene tanta prisa en apurar el sabor tan delicioso y tan irreal de su propia condensación.

¡Y cuantos rincones bonitos, de esos que te asaltan invitándote a cortar alguna cabeza a la hidra de tu amor, reducirla como si fueras un guerrero de la tribu Shuar y convertirla en una postal! En los jardines de los Príncipes de Anglona, en el paseo de la orilla oeste del Lago de la Casa de Campo, en los miradores de la Cuña Verde de La Latina, en las ruinas de San Pelayo y San Isidoro, trasplantadas tras las desamortizaciones a una esquina de El Retiro ¡Y cuantos afectos espaciales agradables y serenos, de los que nadie hablará nunca, como los peldaños urbanos que dan al insulso barrio de Arganzuela un ligero regusto a suspense!


Y como no enumerar en vano todos esos lugares que son cachalotes de densidad poética, que cantan varados en medio de la prisa estéril, emitiendo señales que deberían cambiarte la vida, pero que nunca tenemos tiempo de escuchar con la atención que merecen. Como el Palacio de Cristal, que por fin estoy empezando a comprender: se trata de una máquina del tiempo-paralelo. Sus efectos secundarios son paradójicos. En los alrededores de su influjo puedes viajar a tus vidas no vividas. Contra todo pronóstico, casi siempre regresas mucho más reconciliado con tus límites que herido por tus saudades. Creo que su antípoda poética es el verdugo arquitectónico del Viaducto. Buitre gris de altura dramática, porte de Gólgota, extraño monumento a la pulsión de muerte. Si algo sugiere el Viaducto es el desasosiego de saber que, hagamos lo que hagamos, siempre faltará algo. Y aunque intentásemos ignorarlo en ese escondite que forma la plaza del Alamillo, leyendo un tarot erótico en un libro del Marqués de Sade que acabásemos de comprar con la espontaneidad de quien compra un helado, la metafísica sombría del Viaducto bloquearía las videncias de nuestra magia roja. Muy cerca de ahí, la plaza de Gabriel Miro te ofrece cobijo. Pero solo a costa de firmar una tregua trampa. En su orilla hay un muelle que mira al mar del crepúsculo y que tiene forma de bar, el María Pandora, con un par de mesas en ventanales abiertos a la calle que son más bien embarcaderos. Creo que ahí tengo atracado un bote pequeño que no está hecho para navegar por este Madrid, sino por otro Madrid que quizá exista en algún planeta parecido a la Tierra en la galaxia de Andrómeda. En esas mesitas un par de vinos saben a consuelo. Y uno se reconcilia, de alguna manera y casi sin llorar, con su puta incapacidad para estar al menos en dos o tres sitios al mismo tiempo…




Madrid, la apremiantemente escurridiza. La intermitente voluptuosa. Incitadora y confusa. La de los paseos de desviaciones atípicas a golpe de corazonada. La de las deudas vitales que nunca te podrás cobrar y la que a veces improvisa fiestas de fin de curso en las conversaciones pasajeras de los encuentros inesperados. Espesa de deseos en celo, de flechazos inquietantes, de revelaciones sutiles, de solsticios bomba que nunca estallaron. La de las externalidades poéticas que provocan esos miles de artistas convocados a la gloria que jamás encontrarán su mecenas. Y que se sienten desgraciados solo porque siguen dándole a la idea de arte un valor que hace mucho tiempo que dejó de tener sentido. La de tantos conocidos en barbecho, como buenas tierras en las que un día podrían florecer tulipanes. Pero envejeces, y ay de los vencidos, ya no quedan estaciones para tanta siembra. Madrid, tu belleza se parece a la que Debord admiraba en el mapa del metro de París: una suma de posibilidades. Que la falta de un todo vuelve tan inmanejable como conmovedora.
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Por supuesto, mi amor por Madrid es sincero, pero no es ingenuo. Madrid es una ciudad secuestrada y sometida a trata para el disfrute de los flujos internacionales de capital y sus amos. Campeona europea de la segregación, de la gentrificación, de la turistificación, de las plazas duras, de la privatización sanitaria, del derecho a la vivienda convertido en una subasta, de la tala de árboles en los tiempos de la emergencia climática. Drenada para escenificar episodios de vino y rosas al gusto mediocre de cayetanos, hipsters y turistas, mientras por debajo funcionan a pleno rendimiento los instrumentos de tortura del darwinismo social. Madrid, descorazonadamente adaptada a su desgracia bajo un triste síndrome de Estocolmo colectivo, que explica que sea una de las pocas capitales de Occidente cuyo voto está mucho más a la derecha del promedio nacional. Si nos fijamos en la dictadura del coche privado, uno de los motores de la destrucción de la ciudad durante el siglo XX que en el siglo XXI urge frenar, vivir en Madrid debe ser parecido a ser mujer en Arabia Saudí: aquí se sufre una inmovilidad integrista mientras el resto del mundo cambia a mejor.
Madrid, la Pionyang del neoliberalismo europeo, que fea y difícil te está volviendo nuestra incapacidad política. Su intención de miamizarte progresa y nos avasalla. Por eso pasear por Madrid también te obliga a pasar lista a su millar de detalles distópicos como un etnográfico de la deshumanización contemporánea. De los centros de vacunación en grandes almacenes a la arquitectura antimendigos. De los macroconciertos como minas a cielo abierto, donde practican extractivismo con nuestra sed de alegría, hasta el urbanismo despiadado de la última reforma de la Puerta del Sol.




Y sin embargo Eugenio Castro estaba en lo cierto: Madrid, como un gato con muchas más vidas que siete, tantas veces te asesinan tantas veces redivives. Todo mi empeño vital se basa en asumir que la apuesta surrealista no ha sido desmentida: las condiciones de alienación modernas, que Madrid encarna con intensidad totalitaria, nunca podrán agotar las fuentes de lo maravilloso en la vida cotidiana. Y estas siempre están dispuestas para restaurar nuestras capacidades sensibles, amatorias, analógicas. Para redescubrir nuestro talento innato en el arte de la fascinación y la sorpresa. Para sentirnos principiantes ante la inmensidad de lo real.
También para encontrar, por mucho que se empeñen en impedirlo, eso que puede cambiar las tornas: la riada popular que se vuelca de golpe cuando una gota desborda el vaso de lo intolerable. Es obvio que la nueva Puerta del Sol cumple, a los ojos del poder neoliberal, la misma función que el sarcófago de acero y cemento construido sobre el reactor de Chernóbil. Quieren taponar simbólicamente una fuga amenazante. Enterrar para siempre el recuerdo de mayo de 2011. Para los integristas del mercado, la revuelta popular es la más peligrosa de las radioactividades.

Pero más temprano que tarde, la sísmica social de Madrid abrirá de nuevo fisuras, por las que emergerán, se encontrarán y se multiplicarán todos los rasgos hermosos de la condición humana que hoy nos obligan a reprimir o a prostituir porque se llevan tan mal con la rentabilidad: el amor y el humor, la bondad y la ternura, la pereza y el erotismo como un sexto sentido, el ensueño y la imaginación, el juego de suma positiva y el lenguaje visionario, los planes para 300 años y los regalos sinceros, la solidaridad sin cálculo y el esfuerzo común. Y por supuesto, también emergerá y madurará esa agitación interior que gente como yo, en sus muy escasos ratos libres, hoy indaga en sus calles: nuestra pulsión poética de apostarnos al todo, aun a sabiendas que en esa expedición las mujeres y los hombres, al final tan efímeros como el vuelo de un avión de papel, solo sabremos perdernos.
