
Conocí el Monte Ventoso a los 11 años, cuando lo visité con mi primo Duarte, mi tía y sus amigas, en alguno de las muchas excursiones de una tarde que llenaban los veranos de esa época. El Monte Ventoso es un guardián rocoso de 246 metros que protege la entrada septentrional del Golfo Ártabro, una suma de rías que los romanos llamaban mar. Al sur de sus pies comienza la ría de Ferrol. Al norte, el valle de Doniños, con su laguna de agua tuerta y legendaria, y las grandes playas que son espuma de roca del Cabo Prior. Corona la cima del monte las ruinas de un observatorio meteorológico de la Armada.
Desde la imponente perspectiva que ofrece a todo el mar de Artabria perdiéndose en el Atlántico, donde puedes distinguir la Torre de Hércules coruñesa y los acantilados de Herbeira, pensé por primera vez una idea que fue durante mucho tiempo recurrente en mí: en el pasado, cuando se desconocía la esfericidad de la Tierra, se debía mirar el horizonte marino con ojos totalmente distintos. Como si la vida fuera algo que estuviera al borde de caer a un abismo. Del atardecer de aquella tarde, de antes de las cámaras digitales, mi tía guardó durante muchos años una foto de mediano tamaño en un marco de su salón, en la que siempre me fijaba al visitarla. Tiempo después, en uno de mis primeros ejercicios de escritura automática, anoté “las cataratas del fin del mundo. Una fotografía de la primera tarde en que pensaste esto en Monte Ventoso, cuando nadie había muerto aún” (el énfasis lo coloco ahora). Al recuerdo infantil se le quedó adherido, como una estrella de mar o un mejillón, y sin motivo racional aparente, una elegía difusa. Efectivamente, en aquel entonces solo había muerto mi abuelo paterno. Pero yo era tan pequeño que apenas recordaba nada. Desde aquel año han ido muriendo poco a poco gente querida, en una pendiente amarga que la ley de la vida nos dicta que solo puede ir a más.
Muchos años después murió Mapi, madre de Xisela y la abuela de mi hijo, después de un cáncer. Entre sus últimos deseos, y sin que nadie supiera porqué, pues nunca nos había hablado antes de ese sitio, estuvo esparcir sus cenizas, junto con las de Pepín, su marido, muerto 15 años antes, precisamente en el viento del Monte Ventoso. Aquella tarde alguien dejó caer que al igual que un banco en los acantilados de Ortegal había sido nombrado el banco más bonito del mundo, Monte Ventoso se trataba del cementerio más bonito del mundo.
Repasando las fotos de aquel 2 de octubre advierto la presencia de un parapente, que había olvidado. El mirador de Monte Ventoso es uno de los puntos de despegue que utiliza el Club de Parapente de Ferrol. Recuerdo ahora subir a la cima y cruzarnos con algunos jóvenes que iban a planear sobre la playa de Doniños.
Muchos años antes de todo esto, Xisela y yo habíamos hecho una canción alrededor de un símbolo que, como los buenos símbolos, condensaba muchas cosas que no sabíamos agarrar de otra manera, y siempre ofrece mucho más que su significado inicial: los aviones de papel. La canción y el símbolo se alinean hoy con el Monte Ventoso en una constelación de sentido cada vez más evidente. La parte final de la canción dice así:
«Entiéndelo cuanto antes un hombre no es más que un poema escrito en un avión de papel destinado a estrellarse. Una mujer no es más que un poema escrito en un avión de papel destinado a estrellarse. Yo no puedo salvarte porque nadie puede salvarte tu soledad eres tú no hay más salvación que estar orgulloso de tu manera de intentar volar y caer no hay más salvación que amar la gravedad sin esperar correspondencia Y cruzamos el aire como aviones de papel. Y soñamos ser parte del cielo como aviones de papel».
La canción, malgrabada en una maqueta casera que se movió muy poco, es esta:
Sin duda, si no somos mucho más que aviones de papel, si aunque La Tierra sea redonda al final el ser es plano, y en su borde hay una catarata al olvido en la que solo cabe planear un poco antes de disolvernos, el cementerio más bonito del mundo tiene que ser de viento.