Apuntes cartográficos de las costas del mar de Madrid

Hace años comencé mi libro Sentir Madrid como si existiera un todo testimoniando una de las impresiones psicogeográficas más fuertes que me produce esta ciudad: el mar de Madrid está detrás de la estación de Atocha. Con el tiempo fui acumulando diversas pruebas que daban soporte a esta constatación alucinatoria: desde la batalla naval de Vallekas hasta algunas pintadas dispersas celebrando la proximidad del mar, pasando por la sensación, que cuadra en rima asonante con su historia social, de que la zona degradada entre Atocha y Méndez Álvaro, hoy en proceso de renovación urbanística, era una suerte de Atlántida obrera.

Desde entonces, siempre me he preguntado si el sureste de Madrid es una bahía o por el contrario las costas imaginarias de la ciudad trazan otro contorno más complejo. Con el tiempo he recopilado pistas que parecen indicar que el mar baña Madrid también en otras direcciones.

Inevitablemente, por su constitución simbólica, los espacios amplios y homogéneos que rodean Madrid tienen algo marino si uno mira la ciudad con ojos de navegante. Cuando observo un mapa de la ciudad, la cuña verde que forman en occidente la Casa de Campo y el Monte del Pardo presenta analogías cartográficas con un océano de olas arbóreas. Del mismo modo, cada vez que tomo un tren de cercanías hacia el norte con destino Cantoblanco Universidad, y después de Fuencarral el tren se adentra en un páramo vacío que permite ver la silueta de Madrid a lo lejos como si estuviera abandonando un puerto, y a la vuelta de la Universidad Autónoma como si alguien gritara en tu corazón ¡tierra a la vista!, el tren se torna durante cinco minutos uno de esos ferris que algunos trabajadores del mundo están obligados a tomar todos los días, como el que une Staten Island y Nueva York, o el barrio de Regla y La Habana. Pero siempre he querido ser precavido con estas asociaciones psicogeográficas, que me parecían un poco forzadas, objetivamente pobres, muy condicionadas por mi predisposición por encontrar las orillas de ese mar de Madrid que en Atocha se intuye de modo muy claro.

Dos encuentros inesperados han dado verosimilitud a esas asociaciones. Uno fue en un paseo para escuchar la berrea en el Monte del Pardo, donde fuimos convocados por su guía para comenzar la ruta en un parquecito a los pies del palacio de El Pardo llamado “Parque de la Mar Océana”. La toponimia del lugar no albergaba lugar a dudas: aquel paseo no nos adentraría solo en el sotobosque de un monte, también en un mar.

El segundo fue en un cartel publicitario de la Universidad Autónoma de Madrid, en el que se animaba iconográficamente a los estudiantes a disfrutar “de los veranos de la UAM” en alguna playa caribeña y tropical a la que se debe acceder por alguno de los muchos pasillos perdidos del laberinto franquista de la Autónoma, diseñados para desorientar a las luchas estudiantiles a final de la dictadura, que todavía no hemos explorado.

Parece que Madrid tiene costas psicogeográficas nítidas tanto en el sureste como en el noroeste. Queda aún resolver lo esencial de cara a la conferencia que un día podríamos impartir ante la Academia de las Ciencias Psicogegráficas si fuéramos invitados: ¿Es Madrid un istmo, una península, o una isla artificial que está convirtiendo la Meseta central de la Península Ibérica en un mar interior desolado y vacío del mismo modo que convierten su alrededor en oscuridad total los agujeros negros?


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