Impresiones de una Habana muy paseada

La Habana son años morenos pero aun así quemados al sol de la historia. Muchas tribus dispersas en un cautiverio interior, que tiene mil profetas desparramados por las calles rotas, tocando el trombón, cautivando turistas, jugando a dominó, discutiendo de pelota o del último giro de guion de la telenovela brasileña. En definitiva, sacando brillo a los restos del accidente: se estrelló el pegaso rojo. Sus alas se paralizaron en pleno vuelo, bajo el peso de la planificación centralizada y su fracaso, el bloqueo norteamericano y la falta repentina de petróleo del Período especial. Entre las brasas del incendio hormiguean mil formas de dignidad desteñida.


Hay una Habana minúscula, adecentada para los turistas en bonitos decorados, en un trabajo encomiable de la oficina del historiador. Pero fuera de ese pequeño circuito teatral, casi toda La Habana ofrece un tipo belleza demasiado vertiginosa y demasiado fuerte para poder ser vendida en un paquete turístico convencional. Debe ser la misma sensación de belleza violenta y cruda que quizá pueda conocerse en cualquier lugar donde la vida siga después de una guerra. Donde tras los llantos, y los duelos y las noches agazapados en los refugios, todo lo pequeño pero importante continúe: la risa con el vecino, los enamoramientos inoportunos, la preocupación por la salud de un padre, las infidelidades sabrosas, las recetas, las canciones, la visita al amigo, el abrazo del amado, que acoge y asienta. La ruina, que sube en La Habana por todas partes como una mala hierba tropical invisible, el deterioro de las antiguas joyas arquitectónicas y las aceras desconchadas comparten con los rostros curtidos y la moda desaliñada un mismo mensaje: las mujeres y los hombres, con nuestras obras, pasamos como nubes. Pero en el soplo lento de cualquier presente caben todas las felicidades y todos los sueños del mundo. La Habana transmite este menaje en un estribillo de vibraciones que toda la ciudad toca en las cuerdas del bajo del tiempo.

Por ello quizá también parece La Habana una glamurosa actriz que fue famosa tiempo atrás, bella pero desgastada, densa pero sabia, y que no encuentra su casa tras una intensa noche de fiesta. O un barrio que se soltó de una Lisboa insomne y negra, recorrió el Mar de los Sargazos a la deriva, y deambula hoy, renqueante en la mañana temprano tras unas cuantas décadas sin dormir. La Habana: solo sé pensarte como un amanecer difícil, que a pesar de todo tus habitantes enfrentan con decisión.


El calor caribeño es empalagoso, pesado, de madera mojada. Los paseos por La Habana más que caminar, zumban. Hay una espesura de melaza en los pasos, en los gestos, en la ensalada de razas muy bien aliñada que asoma en los rostros. Siguiendo con la analogía gastronómica, el Comandante en Jefe de la antropología cubana, Fernando Ortiz, hablaba de Cuba como un ajiaco, una sopa que admite las mezclas de los ingredientes más inimaginables. El ajiaco cubano se trata sin duda de un tópico en el que lo manido no quita lo acertado. La Habana es un revoltijo, muy bien batido por la historia, en el que arquitecturas, costumbres, fenotipos, ideologías y religiones han dado lugar a todo tipo de sincretismos y mulaterías. La revolución socialista ha añadido su propio meneo a este caldo involuntario con reminiscencias combinadas de Cádiz, Nueva York y Miami, mujeres negras con pecas y ojos claros, mestizos rudos con nombres rusos, científicos prestigiosos que cumplen con ritos santeros, delincuentes empáticos. Y siempre cerca el mar, como la tapa grande de ese caldero que obliga a lo diferente a acomodarse entre sí hasta saber bien.


En La Habana todo el mundo está en la calle todo el día, a ras de acera, en soportales, en los balcones, en un bordillo. Es como si la casas hicieran la ciudad del mismo modo que el mar hace la playa al bajar la marea, recogiéndose. Están ahí, hablando unos con otros, relamiendo las horas, chapoteando el instante como si fuera un charco de café, amargo pero reconfortante. Desviviéndose y reviviéndose en planes y tiradas de dados, como si conspirar fuera la forma de rezar un rosario enorme a alguna santa caprichosa, y jugar al azar con los días la manera rebanar algo de gracia a la Virgen del Cobre. Y todos parecen fingir que están atareados solucionando algo que saben, en el fondo, que no se puede solucionar. Como si cada día se jugara un partido que de antemano ya se supiera que va a terminar en empate.
Yo solo conocí los últimos coletazos de la época de las maquetas del hip hop en España. Según me contaron todo era más informal, más difícil, más caótico, y por eso cada cinta grabada o cada fotocopia de un fanzine de grafiti era como un tesoro. La Habana es como vivir en la época de las maquetas, pero no con el rap, sino con la vida entera. Influye mucho la extraña precariedad socialista, donde puedes estar seguro de que te tratarán un cáncer con un equipo médico de alta tecnología, pero conseguir unas simples vendas implica horas insufribles en una carrera de obstáculos en el mercado negro. Y también el subdesarrollo digital. La Habana que yo conocí no tenía apenas acceso a internet fijo, y nada de internet distribuido. Las personas valiosas, con su conocimiento y su sensibilidad singular, los libros y su información relevante, los lugares y su magia… Todo lo importante estaba en solo un sitio, único, limitado, no en todas partes al mismo tiempo. La Habana conservaba un rasgo de la antigua realidad humana que se está diluyendo rápidamente en todo el planeta sin que nos demos cuenta de lo que con eso se pierde: el que la vida solo puedan avanzar al ritmo y al alcance del cuerpo. Esto es, en un itinerario de encuentros personales concretos y exclusivos, cara a cara, voz a voz. Frágiles porque perfectamente podían no haber pasado y por eso, al mismo tiempo, siempre un poco milagrosos.

Fotografía de Jordi Rafael.

Fotografía de Jordi Rafael


Sobre un mapa, La Habana que yo caminé y amé es un Manatí con el hocico (La Habana Vieja) mirando al noreste, tumbado en paralelo a la costa del estrecho de Florida durante unos 11 km, desde el Parque Ecológico Monte Barreto al oeste, en Miramar, hasta la terminal de ferris donde se coge la lanchita de Regla, ya en la Bahía. Hacia el interior, la zona trasera de la Plaza de la Revolución marcaba una frontera natural sur en el lado oriental del Almendares, como lo hacía en lado occidental del río la Avenida 41, siendo la cuña que desemboca en el Tropicana y en el Instituto Técnico José Martí el comienzo de una lejanía que traspasé pocas veces.


Recorrí a pie el manatí habanero de cola a hocico y viceversa decenas de veces. Y al menos la mitad de su cuerpo casi todos los días. Aunque también viví en Playa, y pasé algunos días como invitado en un ático de La Habana Vieja, la mayor parte de mi tiempo en Cuba mi casa estuvo en 4 con 25, en el Vedado, casi en la mitad exacta de esta extensión. Jamás en mi vida he tenido más accesible el transporte motorizado: costaba 10 pesos cubanos en moneda nacional, unos 40 céntimos de euro, montar en los almendrones, o 20 pesos si cruzabas el río Almendares. Los almendrones son enormes coches americanos de los años cincuenta, que siguen funcionando por la gracia de un bricolaje vudú, y que recorren las principales avenidas de la ciudad como taxis colectivos de ruta fija. Pero a la vez jamás en mi vida he caminado tanto. Pocas veces se tiene una ciudad como La Habana a los pies de uno, sin otro compromiso que una investigación doctoral que en parte consistía en eso que caminar permite. Observar, coleccionar detalles, conocer gente, perderse en las conversaciones que surgen. Pasé sin duda muchas horas en la Biblioteca Nacional, la del Centro de Estudios de la Economía Cubana o la Fundación Antonio Núñez Jiménez del Hombre y la Naturaleza. Otras tantas sentado en mecedoras de hierro, empuñando una grabadora y haciendo entrevistas increíbles que te cambiaban la vida. Pero pasé muchas más horas yendo de aquí para allá. Solo una vez he podido confundir mi tiempo de trabajo y el placer por pasear un modo parecido: cuando repartí publicidad de talleres literarios por librerías que tenía que encontrar por todos los barrios de Madrid. Ahora además trabajaba de antropólogo, en un país nuevo, y podía dedicar meses enteros a eso que Fourier soñó como la más alta cumbre de una mujer o un hombre: armonizar su profesión con su pasión más obsesiva.


Como si tuviera miedo a alejarme demasiado del mar, ir más allá de este territorio al que tomé el pulso, en cualquiera de las tres direcciones posibles, fue ocasional. Casi una excursión o un viaje. Algún partido de pelota en el Estadio Latinoamericano para ver a Industriales. Tomar vino de zanahoria en una destilería casera y clandestina en una azotea de Cerro. Clases de apoyo en filosofía a unas amigas estudiantes de medicina que tenían que aprobar un examen de materialismo dialéctico estudiándolo con un viejo manual soviético. Visitas a los amigos de más allá de la bahía, en Regla o Alamar. Entrevistas con informantes en Santa Fe o en proyectos de permacultura urbana en Los Naranjos. Días de investigación en las fincas agroecológicas de Fernando Funes y Humberto Ríos, ya fuera de la ciudad.
En el papel, La Habana parece una ciudad fácil y previsible. Como Santiago de Chile y otras ciudades coloniales fundadas de cero, su molde ideal es una cuadrícula cartesiana. Pero tiene trampa. Es como si estuviera diseñada bajo el principio soviético de imprimir mal los mapas de carretera para confundir a un invasor con un trazado falso, que fue tan útil durante la invasión nazi. Un minuto de atención al plano y salta a la vista eso que paseando uno descubre al perderse sin demasiada explicación: la fidelidad geométrica es un espejismo. La Habana es una manualidad infantil con trozos de planos de damero diferentes que han sido recortados, superpuestos sin mucha finura. Tras algunos cruces con esquinas que no son exactamente ángulos rectos, las avenidas comienzan a inclinarse sutilmente y al final te expulsan muy lejos de tu objetivo. La deliciosa desorientación de no tener Googlemaps permite en La Habana recuperar la vieja y cada vez más rara virtud de perderse.


Los diferentes municipios que conforman La Habana sirven para bosquejar una primera aproximación a sus grandes placas tectónicas psicogeográficas, de las que yo pude distinguir algo menos de una docena. Repasándolas de este a oeste, la más evidente y sobreexplotada por el turismo es la Habana Vieja, que es un acuerdo de paz saturado en el que diferentes propuestas de modernidad, la del viejo imperio español, la de la sacarocracia criolla o las vanguardias compradas por mecenas del capital estadounidense, coexisten tras librar sus combates. Aquí la guerra no ha dejado a su paso ruinas, devastación y entropía acelerada, como suceden en los conflictos bélicos convencionales, sino una proliferación muy densa de materiales arquitectónicamente ordenados empeñados en contrastar sus diferentes concepciones de la belleza y el sentido de la vida.

Centro Habana es un enorme rastro con joyas de art decó y art noveau de quinta mano, que tiene algo de termitero vibrante. Una ciudad mucho más populosa, remendada y vividora de lo que un occidental, en su profiláctico estado mental colectivamente inducido, suele estar acostumbrado a tratar. La Habana se vuelve aquí hipercondriaca, si se me permite inventarme una palabra para definir lo contrario de la hipocondría como hábito de masas que define nuestra rutina psíquica: en Centro Habana impera una cierta falta de respeto a la muerte, al roce que contagia, al riesgo y al peligro. Dentro de ella está el Barrio Chino, ya casi sin chinos, intentando representar una obra de teatro oriental que resulta tierna pero grotesca, como los juegos de un niño imitando a un adulto.

Siguiendo hacia el oeste, Centro Habana da paso a El Vedado. El Vedado fue una versión criolla del mito del ensanche que todas las burguesías del siglo XIX soñaron. La portentosamente rica sacarocracia cubana lo hizo a su manera: una ciudad jardín de antes de la ciudad jardín, rítmica y acompasa, con calles que se suceden cada 100 metros, y manzanas que albergan mansiones sublimes sustituidas aquí y allá por edificios de la Gran Aceleración que parecen lanzaderas de cohetes espaciales. Pero a diferencia de otros ensanches, Vedado está muy cerca del centro. Aquí los árboles sustituyen a las columnatas de los largos soportales de La Habana Vieja y Centro Habana. De una forma y otra, con copas frondosas o con techos, a la orilla de las calles de La Habana corren calles paralelas como refugios, que permiten escapar del sol en invierno y de la lluvia en verano, y que da al pasear por La Habana una sensación molusca, de esconderse en las cámaras y compartimentos de una gran concha.


En 1959 este antiguo barrio burgués exclusivo conoció un ejercicio de mezcla e igualación social bastante brutal. Hoy el Vedado es un barrio licántropo. En los días prima una paz de balanza sin manipulación, que enseña a caer en tu propio peso, una unidad de medida que no calcula la masa sino los años. En las noches, la vida nocturna de La Habana ondea aquí algunas de sus más banderas más eufóricas, y agita las botellas de champan de los sueños húmedos que portan sus tropas nocturnas. Como La Habana es una ciudad tan poco iluminada, la vida nocturna del Vedado tiene algo de orgia de sombras reptantes que abrazan, excitan, lubrican penetran y lamen algunas zonas erógenas de la mente que suelen ser ilocalizables en otras circunstancias. Entonces en un parquecito de G con 23 la noche te toma a su servicio por cuenta propia. Y se puede ser más temerario de lo normal, porque algún cónsul de ese gobierno clandestino de sombras ha emitido para ti una licencia para besar, para morder sonrisas que parecen la nueva letra de un alfabeto no diseñado. Y todo funciona como si fuéramos un territorio poblado por deseos aborígenes. Y solo pudiéramos buscar la ruina transitando resplandores oscuros hasta que explote alguna contradicción insoportable.


La parte oriental de El Vedado, desde la calle L hasta Infanta, y el triángulo saliente de Centro Habana comprendido ente el Parque de los Mártires Universitarios, el parque Antonio Maceo y el comienzo de la colina del Hotel Nacional, suenan en un tono afectivo distinto. Los dos barrios se fusionan en un territorio psicogeográfico mestizo, que ni es Vedado ni es Centro Habana, y donde además los papeles se intercambian: Vedado pierde su atmósfera de monasterios latifundistas, y Centro Habana su aproximación al punto de ebullición absoluto. La heladería Copelia y el cine Yara, al comienzo de Vedado, son puntos magnéticos muy concurridos, llenos de minutos en celo buscando aparearse, que atraen por igual a turistas y cubanos. En el otro lado del espejo, las calles Vapor o Príncipe, oficialmente centrohabaneras, en contraste, tienen algo de pueblo pesquero onírico, tranquilo y vacío, donde hasta de noche es mediodía, y el mar que se ve al fondo no parece de este mundo, sino un océano poco profundo e ilimitado, donde siempre haces pie, que no tiene otra costa que esta y no acaba nunca. Influye también que esta es la única zona de la ciudad donde un mismo punto se puede llegar al mar en dos direcciones distintas, lo que genera ilusión de isla. Y que la proximidad de los rascacielos del Habana Libre y el Foxa, dos de los más altos y legendarios de la ciudad, funcionan como una conjunción planetaria que parece que va a marcar al destino del barrio a corto plazo (el par de horas siguientes). Aunque esto es fácil de sentir, afecta de un modo difuso que ninguna astrología humana sabría explicar.

Incrustado en el suroeste de Vedado está el Cementerio Colón, una de las necrópolis más grandes e impresionantes de América, y como casi todos los cementerios, también una especie de zoo suntuoso y fallido. Allí, incluso ante esa imponente exhibición de riqueza antropocéntrica en forma de estatuas, la muerte y su varita mágica siguen demostrando que son un tipo de especie invasora que no se deja capturar, encerrar en jaulas ni amaestrar para que los niños puedan darle de comer trocitos de pan un domingo por la tarde a una distancia prudente. Y eso aunque los barrotes sean de una gloria escultórica sublime, como en el caso del panteón en honor de los bomberos de La Habana. Definitivamente, la muerte es una bestia tan extraña, huidiza y unilateral que no comparece ante ninguno de nuestros intentos de establecer una relación con ella. Lo que sí pude entrever es el dolor del mundo y su irrelevancia, que me habló en un idioma especialmente comprensible en los panteones dedicados a los gallegos que murieron tan lejos de casa y que habían nacido tan cerca de Ferrol: tumbas colectivas a los naturales de Ortigueira, tumbas colectivas a los naturales de Puentes. Mis bisabuelos, en los que casi nunca reparo, pero sin cuyas hazañas la situación socioeconómica de mi familia hubiera sido otra peor, también pasaron por aquí. Uno regresó, otro terminó en Nueva York. Y yo soy uno de tantos que disfruta de una herencia sociológica hecha de nostalgias y desarraigo desagradecidos.

Conteniendo La Habana Vieja, Centro Habana y el Vedado está el Malecón que es un universo en sí mismo. Una larga trinchera de melancolía agradable frente al campo de batalla de las olas, que va torneando como un alfarero las caderas de arcilla de la ciudad. La triple frontera entre cielo, mar y edificios emblemáticos dibuja una silueta que funciona bien en la memoria, por eso abusan de ella los fotógrafos y los pintores de suvenires para turistas. Desde la zona de la Punta, su trazo insigne comienza con el Faro del Morro para continuar, tras el sobresalto del llamado popularmente edificio de los ataúdes, en pinceladas que suben y bajan en los edificios del Malecón histórico y sus diferentes alturas. Es un vaivén en el que suceden también las casas restauradas y las ruinas. Este dulce garabato se rompe y se disparada en el desproporcionado rascacielos hospitalario de 26 plantas Hermanos Ameijeiras, que recicla, en un gesto de propaganda arquitectónica significativa, el que iba a ser la sede del Banco Nacional de Cuba. Más allá el Malecón histórico se hace lejano. Y se alzan al fondo, como una península costera de montañas mágicas que se insinúan entre brumas marinas, el Habana Libre, el Foxa y el palaciego Hotel Nacional. Con sus dos torres campanarios para convocar, día tras día, una misa al revés. Una ofrenda a la renovación sagrada de la carne. Que el sol se ponga justo tras la silueta de este apilamiento de edificios altos y reputados, como si fuera un foco, ayuda a remarcar su protagonismo hechicero sobre el conjunto de la ciudad.

Escondido lejos de la panorámica visualmente más explotada, cuando uno deja atrás esa especie de cordillera visual de montañas mágicas, La Habana guarda uno de sus lugares más chocantes, el monte de banderas de la Tribuna Antiimperialista: 138 astas amenazantes frente a la Oficina de Intereses Americanos que cuando ondean con banderas cubanas parecen un espectáculo de fuegos artificiales patriotero detenido en el tiempo. Y cuando están vacías un Gólgota siniestro en el que empalar agentes de la CIA si un día la la geopolítica se pone bruta. Después comienza un Malecón diferente, con edificios individualistas, altos y sin lustre, de un colorido feo pero llamativo, que mi memoria asoció, sin explicación racional, con la estética de los helados de mi primera infancia.

Yendo más allá de Vedado está el río Almendares y el parque metropolitano Bosque de La Habana, donde la ciudad cae de golpe en una especie de vía láctea que cruzaría la Habana si su suelo fuera una bóveda celeste. Se trata de un frondoso barranco tropical, que tiene algo de cofre donde todos los y las habaneras han escondido algo. Cruzando el río se extiende el municipio de Miramar, donde cohabitan dos zonas con contrastes muy marcados: al sur de la séptima avenida las marismas residenciales de Playa, varios kilómetros de planicie con casas bajas, que recuerdan a hierbas altas y muy tupidas sobre suelos inundados de cotidianeidad. Al norte las impresionantes mansiones que se levantan alrededor de la 5º Avenida, la mayor parte de ella ocupadas hoy por embajadas de diferentes países.

Si La Habana histórica mira al mar pero lo toca poco, la Habana Occidental directamente le da la espalda. El balcón del Malecón muere en el Torreón de la Chorrera como en un panteón cuadrado, rodeado de buitres. Pasado el Almendares, en el flanco de la 1º Avenida que da hacia el mar se suceden los edificios, como el teatro Karl Marx y varios hoteles. Entre ellos, algunas calles desembocan en aparcamientos que caen directamente al estrecho de Florida. Y los espacios abiertos que quieren ser playas parecen también aparcamientos de cemento destrozado, lo que hace del barrio Playa uno de los topónimos más decepcionante del mundo.

Y si el Malecón cierra las placas tectónicas de la Habana que yo conocí hacia el norte, la zona de subducción entre la Plaza de la Revolución y la Universidad de La Habana completa el puzle hacia el sur. Este es uno de los espacios más extraños y confusos de la ciudad. El trazado más o menos previsible del callejero habanero se desquicia aquí en un ramo de avenidas que se pliegan unas sobre otras, todas muy anchas, pero casi vacías de coches, y sobre las que flota una nieblilla de irrealidad sofocante. Además de estas entradas famosas, se puede llegar hasta aquí a través de calles que funcionan como pasadizos secretos, conectando en pocos metros lugares que parecen muy lejanos, como Ronda y el tramo de Zapata que se une con Zanja. Y por ese fascinante túnel vegetal que es el tramo final de la Avenida de los Presidentes. Unas y otras se enredan en una confusión que a vista humana nunca se comprende bien. Y a vista de pájaro recuerda al nudo de arterias y venas con el que se representan los dibujos anatómicos de un corazón en un libro de texto escolar.

A esta zona también se puede entrar subiendo la larga escalinata monumental de la Universidad, para luego dejarse caer por la plaza de Cárdenas y las diversas facultades que tienen algo de inmensos fruteros. Como en otros campus universitarios, si uno pudiera frecuentarlo también en el de La Habana sentiría que el bombo de lotería del pecho no pararía de rodar. Con el añadido de que la luz tropical viste a las jóvenes universitarias de modas soleadas, hechas de gajos de luz dulce y siempre al dente.

Una vez dentro de esta zona de subducción, los edificios que se levantan alrededor del sistema de aurículas y ventrículos que la alimentan parecen un bodegón urbanístico compuesto por sorteo, o un programa de citas entre desconocidos en el que intentan encontrar gustos compartidos de un modo algo forzado. En un mismo intervalo breve interfieren entre sí la terminal de ómnibus y ese parque siempre guardado bajo llave que es la Quinta de los Molinos. La antigua cárcel del Castillo del Príncipe y el teatro Nacional. El estadio Universitario Juan Abrantes y un parque poco promocionado con esculturas modernas. En las faldas de la loma de Aróstegui, que eleva el castillo del Príncipe, crece un bosque abandonado que se esparce por las amplias anchuras que de repente separan los ministerios, en los alrededores de la Plaza de la Revolución, que es un desierto anímico solo salpicado por los autobuses de turistas. Alrededor de la plaza de la revolución hay una onda expansiva de silencio administrativo convertido en espacio que nunca termina. En este hábitat hostil solo pueden sobrevivir los edificios gubernamentales. Por ello la Plaza del Revolución es la rosa de los vientos de una especie de ciudad prohibida repleta de templos burocráticos. Si bien esta ciudad prohibida está abierta al público, los cubanos no frecuentan su perímetro. Quizá para no descubrir que ellos son también agentes dormidos del Ministerio del Interior.


Más al sur de la Plaza de la Revolución ocurre lo que ocurre cuando avanzas por la Avenida Máximo Gómez hasta que esta se transforma en la Calzada de Cerro: la ciudad se pierde para mí y se adentra en las espesas nieblas urbanas de casitas apelmazadas y atmósfera quilombona de La Habana popular, donde sus habitantes conservan algo de cimarrones huidos de la ley y el orden socialista.


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