
Hechos objetivos: desde cualquier mirador de Valparaíso, y analizando la disposición topográfica del terreno, muy abrupto por sus abundantes cerros, en fácil imaginar toda una serie de medidas racionales e irracionales de embellecimiento de la ciudad, como hicieron los surrealistas y los letristas con París en sus respectivas épocas. Además, Valparaíso está atravesado por una serie de ascensores muy antiguos que facilitan el acceso a la parte alta de los cerros. Sugestionados por la idea de instalar toboganes por toda la ciudad, nos hallamos con el rail abandonado de un ascensor en desuso. El abandono había provocado que en el hueco ocupado por el rail creciera la hierba, generando una especie de tobogán natural. El cerro del que se enquista estos viejos railes asilvestrados posee además, un nombre curioso: Cerro Florida. Finalmente, en nuestra última tarde en Valparaíso, seducidos por la idea de grandes toboganes en distintas modalidades (toboganes de agua, toboganes jardín) encontramos un tobogán destruido por el vandalismo.
Etnografía reencantada: moverse por Valparaíso reencantado no tiene nada que ver con necesidades laborales o desplazamientos estresantes entre transeúntes fantasmales. Recorrer la ciudad forma parte de un juego, donde su misma conformación montañosa y capacidad caleidoscópica permiten constantes sorpresas, explosiones lúdicas y bellos asombros. Las escaleras que atajan largos caminos entre los cerros a veces agotan, pero se transforman en cualquier momento en gratos y silenciosos espacios de descanso bajo una sombra, lugares especiales para el amor o rincones donde las conversaciones alteran el paso del tiempo. Sin embargo los días juguetones o las ganas ansiosas de transmitir una buena noticia justifican otra forma de desplazamiento. Los toboganes son la alternativa a estos atajos para bajar a la zona llana junto al puerto. Su distribución forma, junto con tirolinas para desplazarse entre cerro y cerro, una red lúdica de conectividad urbana. En los días calurosos, el agua permite resbalar con mayor facilidad, llegando a un zambullido final en pequeñas piscinas que se instalan por todas partes. Definitivamente, jugar al pilla- pilla resulta más emocionante en Valparaíso.
La confusión como principio ontológico y social que rige la ciudad afecta también a las profesiones. El surgimiento de oficios híbridos, anfibios, que rompen con el confinamiento de la división del trabajo, es constante. Sus aportes al desarrollo urbano, cada vez más frecuente. En los últimos tiempos están logrando cierto renombre los arquitectos-jardineros gracias, entre otras construcciones, a los toboganes jardín. La idea es sencilla: crear toboganes en los que el deslizamiento suponga también un roce con diversas realidades vegetales que producen efectos concretos. Uno de los más famosos es el tobogán de césped que baja del Cerro Florida: 138 metros de caída rodada por un césped fresco, mullido y tierno, que genera un dulce asombro táctil. Se dice que el topónimo del cerro ayudó a decidir su ubicación. Para aprovechar todas las potencialidades de la experiencia, el arte de toda la piel, el descenso suele efectuarse sin ropa, en la desnudez más completa. Existen otros muchos toboganes jardín, cada uno explora diferentes posibilidades de la combinación entre vegetales y deslizamiento. Algunos están plantados con flores y plantas aromáticas, para que el descenso, al mismo tiempo que divierta, perfume el cuerpo. Otros, concebidos para las personas que aman el riesgo, ven salpicados sus recorridos con diversos obstáculos dolorosos, como ortigas, zarzas o cactus, que la pericia del toboganero debe esquivar. Los más peligrosos de estos últimos son frecuentados por los adolescentes de la ciudad, en una especie de visita a un parque temático de riesgo en el que se miden con su propia valentía.
Los viejos toboganes recuerdan que Valparaíso no siempre fue así. Su presencia insulta, rememora otras épocas en las que los grandes toboganes que hoy conectan la ciudad no eran ni siquiera concebibles. Por ello, los toboganes del viejo mundo que aún persisten en la ciudad son torturados por pandillas de niños, que en su crueldad se reafirman como integrantes de una civilización pasionalmente superior. Ellos son los hijos de los nuevos juegos.

Emilio Santiago Muíño y Analía Sílberman. Enero de 2009.