La primavera de la piel

Los hechos objetivos: en el año 2007, asistí en Valparaíso al Carnaval de los Mil tambores, fiesta que tiene lugar a principios de octubre. En los Mil tambores, alguna gente tiene la costumbre de tatuarse el cuerpo con dibujos y colores variados. En 2009, Analía Sílberman y yo lo conectamos con el cromismo selvático que acabábamos de descubrir.

Etnografía reencantada: no es difícil imaginar que el cromismo selvático del Valparaíso reencantado ha sido determinante a la hora de establecer tradiciones, ritos y comportamientos colectivos. A principios de octubre, cuando comienza a asentarse la primavera austral,  la Primavera de la Piel toma el relevo del espíritu lúdico que caracteriza a las celebraciones en esta ciudad. La fiesta tiene alguna semejanza con el carnaval, pero se sustituyen los disfraces por pinturas que recubren todo el cuerpo, y lo hacen florecer, anunciando la instauración de la dictadura de la sensualidad. Lejos de entenderse como un camuflaje, estas pinturas tienen un efecto convocatorio, fusionante, análogo a la función llamativa de los pétalos en las flores. De esta forma, los colores se atraen unos a otros, motivados por las ganas de mezclarse para provocar un nuevo color mediante el contacto de piel con piel a través de caricias, abrazos o frotaciones. El roce continuo de los tactos va deviniendo en orgía generalizada y masiva a través de las calles de la ciudad, al ritmo de las comparsas y los tambores, en un rito que celebra, con el renacer del ciclo biológico, la pulsión sexual como algo sagrado.

De un tiempo a esta parte, una nueva modalidad de la fiesta viene imponiéndose: si al principio predominaban las pinturas abstractas, en las cuales lo importante era el color en sí, que se combinaba con otros en un intento de hacer música con los colores, como diría Kandinsky, a través de un dinamismo corporal-sexual, hoy no son pocas las personas que optan por una modalidad figurativa. Consiste en tatuarse motivos específicos, concretos. Y a través de su simbolismo arbitrar y regular los encuentros sexuales a lo largo de la noche, introduciendo así un elemento discriminatorio pero también azaroso en la fiesta. Por ejemplo, una zona de piel que tenga tatuada una flor tenderá a frotarse con una zona de piel que tenga tatuada una abeja. Pero para que esto suceda tienen que encontrarse. Por el contrario, los tatuajes de la luna y el sol se repelerán. Existen también modalidades asimétricas: una persona que tenga pintado un gato en el pecho correrá tras una espalda en la que esté dibujado un ratón, pero esta persona estará obligada a huir en la medida de sus posibilidades, dando al encuentro sexual un carácter incierto muy excitante. La ventaja de la modalidad figurativa es que, por su aparato simbólico, permite entretejer narrativas que posteriormente construyen mitos personales alrededor de la dinámica sexual de la fiesta. En este sentido, afinar en lo figurativo, elegir un motivo extraño, único, que permita unas combinaciones muy singulares y fértiles para posteriormente cargarlas de sentido, es un atributo altamente valorado entre los participantes que se adscriben a este modo de celebrar la Primavera de la Piel.

Emilio Santiago Muíño y Analía Sílberman. Enero de 2009.


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