
Hechos objetivos: durante los tres días de nuestra etnografía reencantada de Valparaíso, hallamos repartidos por toda la ciudad decenas de grafías que mostraban personas volando agarradas a globos y cometas. A su vez, encontramos, en el patio de una diminuta casa, un tendal repleto con la equipación de todo un equipo de baloncesto. Con la idea de las políticas demográficas de escape en la cabeza, descubrimos desde un cerro un tejado en el que estaba escrito, en unas enormes letras y sin pretensión grafitera (pues su trazo era muy sencillo y no correspondía a los nombres típicos que se usan en el mundo del grafiti), el nombre de Amaya.
Etnografía reencantada: como decía Debord del Barrio Latino de París de la época de los letristas, quien para dos días en Valparaíso no vuelve a salir nunca. Es tan enorme su potencia de seducción, tan desmedido el enamoramiento que genera, que la ciudad toda ejerce como un remolino infinito que succiona pasiones y no las sueltas. Así, al crecimiento natural de la población de Valparaíso hay que sumarle todos los visitantes que terminan para siempre perdiéndose por sus calles, borrachos y borrachas de destino revelado. Incluso las operaciones de rescate lanzadas por diversos estados para recuperar a sus ciudadanos y obligarles a continuar pagando impuestos han fracasado. La más famosa, en la que unos Marines estadounidenses irrumpieron en la ciudad camuflados como un equipo de baloncesto, terminó en deserción general. Hoy viven todos en una casita diminuta al borde de unas escaleras y pasan los días jugando a un nuevo deporte, que mezcla el baloncesto con las gincanas, en el que las canastas están escondidas por toda la ciudad. Después de la colada puede verse su ropa tendida en el pequeño patio de la entrada. No obstante, para evitar un colapso demográfico, la jam sesión que administra, mal que bien, la ciudad, ha ideado diversos métodos. Son las conocidas como políticas demográficas de escape. Considerando como un impulso universal, saludable y humano la llamada del mar, esto es, el aguijón de libertad que a veces pincha y reta a las personas huir y abandonarlo todo, las políticas demográficas de escape están concebidas para darle un soporte. A este efecto, miles de globos y cometas flotan libremente por toda la ciudad, en vuelo bajo, al alcance de una mano o un salto. Cualquiera que, tras cocerlo a fuego lento o hirviendo de golpe, sienta un fuerte vértigo de evasión, una incisiva apetencia de exilio, puede agarrar uno de estos globos o una de estas cometas y dejarse llevar. El destino, en cada viaje, resulta distinto, porque los globos y las cometas se rigen por un azar absoluto. Sin embargo, más de un 95% de los huidos regresan, tarde o temprano, de sus incursiones por sus otras vidas posibles, cargados de canciones, regalos y aventuras sedimentadas, convencidos de haber renacido al ritmo de la magia.

Las políticas demográficas de escape han producido un curioso fenómeno colateral: los nombres en los tejados. Cuando en el entorno de una persona se intuye que esta puede escapar, y se siente de modo preventivo el dolor de su ausencia, sus allegados se apresuran a escribir su nombre en el tejado de casa. Esto responde a distintos motivos: el primero, que en la mirada que todo fugado echa hacia su hogar desde el cielo, al ver su nombre, se sienta llamado y abandone su propósito; el segundo, de un carácter más simbólico, que el nombre mirando al cielo impregne la casa con el deseo de su vuelta. Porque volver es en Valparaíso un favor bien correspondido.

Emilio Santiago Muíño y Analía Sílberman. Enero de 2009.