
“Si caminamos todas las escaleras de Valparaíso, habremos dado la vuelta al mundo”.
Pablo Neruda[i]
Valparaíso está a un poco menos de dos horas de autobús de Santiago. Suficientemente cerca como para que, en mi primera visita, que realicé junto con mi amiga y compañera de beca de estudios Cristina de Benito, el 15 y 16 de agosto 2007, aprovechando que nuestra semana académica era solo de tres días, y ni siquiera era necesario ir a clase, tanto Cris y yo nos planteáramos seriamente irnos a vivir allí y acudir a Santiago solo cuando fuera imprescindible. Porque Valparaíso, como nos gustaba decir, siempre es más bonito de lo que creías. Si alguna vez me he enamorado a primera vista de una ciudad, ha sido de Valparaíso. Si alguna vez me he sentido retenido irracionalmente en una ciudad, ha sido en Valparaíso. En la primera visita, muy cerca del reloj Turri en la calle Prat, durante una ráfaga creí ver pasar a mi abuelo, fallecido 7 años antes, haciendo aquello que más le gustaba en sus mañanas coruñesas: pasear hacia el puerto. Una alucinación que sedimentó la sensación de que aquel lugar era una trampa dulce, donde se imponía una amorosa lentitud bien entallada en la cintura más íntima de nuestros deseos.

Valparaíso es lo contrario a un tutor que dirige el crecimiento de una planta: funciona como una enredadera fuera de control que se pega al sistema nervioso. En sus giros hace apuntar toda tu energía hacia formas extrañas de una artesanía que usa el tiempo como materia prima. Allí los pasos no se miden en centímetros, sino en instantes que ninguna aplicación móvil puede ni podrá jamás contar.
Psicogeográficamente, toda la ciudad gravita como una danza sensual alrededor del Pacífico, que invade el continente a través de una bahía rodeada de cerros y montañas. En los giros de este baile la vida cotidiana hace equilibrios precarios. La coreografía urbana forma un anfiteatro que baja hacia el mar. Y las gradas rebosan arrecifes de casitas bajas, cada una completamente distinta a las demás, cada una como si fuera una prueba de un catálogo de todos los colores posibles y alguno más. En unos de sus muchos miradores, que como escaleras conforman esta ciudad litera de 100 pisos, se puede ver el mundo como si fuera un barco inmenso y estuviéramos en su proa con rumbo a un puerto en el estrecho de Adén, misterioso y feliz.
Las callejuelas de Valparaíso son estrechas, desgastadas, imprevistas y les gusta jugar a ser raíces al aire libre, siempre dando vueltas de campana a fin de alcanzar los nutrientes más fértiles de la luz. Por aquí y por allá se cruzan los antiguos rieles de los tranvías entre los adoquines. Algunos caminos llevan a ascensores de principios de siglo, hechos de madera y hierro chirriante, que suben por las faldas de los cerros como caricias descaradas. Las cunetas de las curvas, donde puedes sentarte para que el atardecer te estire un poco, se abren a una rara comunicación horizontal con todas las concreciones de la materia. Allí algo que habla muy bajo te conmueve, y sobreviene entonces la suspensión. La realidad transita un silencio de blanca infinito antes de recuperar el ritmo y tantas cosas se ponen mimosas de símbolo. Como voluntarias para ganar un concurso de señales cuyo premio fuera servir de excusa en una decisión que lo trastoque todo.

Y el ocaso de Valparaíso te hace sentir un refugiado que acampa en los extramuros gigantes del universo, donde uno podría vivir a todo lujo solo de las sobras que caen desde lo alto de una fortaleza ontológica impenetrable. Esta muralla invisible se agrieta un poco en la madrugada, como si la noche estuviera hecha de café y las farolas fueran molinillos que molieran y tostaran la negra oscuridad con la ternura amarillenta de sus focos.

Y las paredes hacen de toda la ciudad una pizarra repleta de testimonios de amor, dibujos de críos, cuadros hermosos de un museo que ya no te vampiriza porque sus obras son anónimas y están al aire libre. Las parejas, los niños, las ancianas, bajo la luz de la tarde, parecen los herederos del mundo, ungidos cotidianamente en todos los privilegios. Como si la ciudad te diera licencia geográfica para amar y ser amado en cualquier lapsus.


Finalmente no nos mudamos, pero nos hicimos asiduos. Yo volví a Valparaíso otras cinco veces más durante mi estancia en Chile. Volví a sus tardes bien afinadas y sus noches deambuladas persiguiendo un éxtasis de tambores inalcanzables. Volví a celebrar el año nuevo en la pista de baile que siempre inauguran los alrededores de un primer beso. Volví por última vez con mi amiga Analía un año más tarde, entre los días 14 y 16 de enero de 2009. En ese último viaje, Analía y yo quisimos hacer de Valpo el terreno para un experimento surrealista: una etnografía reencantada continua de tres días de duración.
La etnografía reencantada es un procedimiento lúdico que inventamos nosotros mismos en base a mezclar algunas propuestas surrealistas con nuestras propias inclinaciones de antropólogos principiantes. Las reglas del juego eran sencillas: pasearíamos Valparaíso sin parar. Y partir del encuentro con algún elemento desconcertante pero real, que descargara una sorpresa intensa y rompiera con la planicie de la rutina, dispararíamos la imaginación para elaborar un documento etnográfico reencantado. Que como la etnografía antropológica convencional testimoniaría usos y costumbres. Pero no del Valparaíso del presente, sino de la ciudad bajo una hipotética sociedad emancipada. Para ello nos valdría cualquier cosa: un mensaje en una pintada o un cartel, un objeto, un paraje, una persona…Pronto nos dimos cuenta que este procedimiento también podía funcionar en negativo, registrando fenómenos etnográficos desencantadores, que exageraran hasta lo grotesco los lados más alienantes de la sociedad moderna. Así lo he hecho posteriormente en muchas ocasiones. Pero en aquel momento solo debíamos obediencia la dictadura de lo exaltante. Y es que si Santiago era toda ella resistencia, insurrección, lucha y guerra de clases, Valparaíso parecía estar más allá de la victoria. En Valparaíso era posible imaginar la vida cotidiana que podría darse si la anarquía o el comunismo fueran lo que nunca se puede olvidar que deben ser: estrategias para, algún día, llegar a poner en práctica ciertas intuiciones visionarias nacidas de una inteligencia como la de Fourier.
Por supuesto, nada impide que estos documentos etnográficos contengan delirios imaginativos de gran envergadura. Pero como precaución antiliteraria, es importante que su origen sea un desencadenante externo e independiente. Lo que diferencia a la etnografía reencantada de cualquier otra forma de cuento es que esta siempre rinde homenaje al propio carácter reencantador de la realidad. Algunos testimonios de aquel experimento fueron recogidos en el número 19-20 de la revista Salamandra, y otros pocos van en estas páginas[ii]. En una tipografía especial se describen los hechos objetivos que nutrieron nuestros sueños diurnos, y en tipografía normal los testimonios etnográficos de la Valparaíso que nos es debida.
Aunque realmente la etnografía reencantada de Valparaíso fue una excusa. Y en aquel viaje fuimos a rescatar un tesoro que nos debían los días, un tesoro que entrevimos un año antes por los cerros de la ciudad, en la cuenta atrás del final del verano, caídos en cualquier calle como una fruta madura de luz y de vida, cuando las caricias y los besos habían aprendido a encontrar el centro del tiempo, que es un ritmo que sabe que solo se ama aquello que termina.
Un último apunte. La primera noche que pasé con mi amiga Cris en Valparaíso, sin saberlo, y como consecuencia del terremoto de gran magnitud que había tenido lugar en Perú unas horas antes, dormimos bajo alerta de tsunami. La mañana siguiente otro tsunami mucho más devastador había llegado hasta aquella orilla: mientras desayunábamos nos enteramos leyendo la prensa de que el pánico había hundido las bolsas mundiales, ante la exposición de todo el sistema financiero a la quiebra en cadena de las hipotecas subprime en Estados Unidos. Era la Historia, en mayúscula, que ya estaba aquí. El disparo de salida del colapso de la modernidad capitalista, dos años después del pico del petróleo convencional, rompiéndose por su eslabón más débil. Algo que esperábamos para aquellos años, y que estaba llamado a marcar el resto de nuestras vidas. Fue especial recibir la noticia en ese estado de enamoramiento absoluto de la ciudad que aún no ha terminado. Creo nos vacunó en optimismo. Más de una década después, Valparaíso y el recuerdo de lo que allí conocí funciona en mi ecosistema mental como un amuleto: vendrán días muy duros. Pero lo maravilloso y sus prodigios garantizan dos cosas. La menos importante, una reserva inagotable de energía para luchar. La fundamental la certeza de que, sea cual sea el resultado del combate, ante el regalo del cosmos y nuestra presencia en él, solo cabrá dar las gracias. Aunque nadie pueda contestarnos.
[i] Pablo Neruda (1974) Confieso que he vivido. Memorias. Barclona: Seix Barral, pág.89.
[ii] Emilio Santiago y Analia Silbeman (2011) Etnografía reencantada de Valparaíso, en Salamandra 19-20, págs.87-93.