Un monstruo acogedor, en dos mitades [impresiones generales de Santiago de Chile, 15 años después]

Zapatillas, sandalias, poca vergüenza y mucha labia

Y todo Santiago dividido por Plaza Italia

Guerrillerokulto[i].

Lo primero que sorprende de un país nuevo, aun en el avión parado en la pista de aterrizaje, es la continuidad de la realidad, pero esto casi ni se piensa. Después pequeños matices. Sinestesias térmicas difusas, que dan calor o frio en algunas sensaciones visuales o auditivas. Señales que no te detienes a interpretar, pero sedimentan algo. En Santiago fueron las hierbas abandonadas, en el borde de la autopista que llevaba del aeropuerto a la ciudad, y su color familiar al atardecer. Su presencia funcionó como una voz amable que dijo: pasa. E inmediatamente otra presencia, pero ya no familiar sino imponente, sobrecogedora, que te captura y ya no se ve nunca, aunque no la mires ni pienses en ella: los Andes. Se abalanzan desde el este y magnifican la ciudad, la hacen monumento casi desde cualquier ángulo. Al oeste la Cordillera de la Costa bamboleante, amable y tímida, que no se ve pero se sospecha. En medio, Santiago de Chile es un monstruo de 6 millones de habitantes partido en dos mitades por la guerra de clases. Plaza de Italia funciona en el imaginario popular como un muro de Berlín social. Al noreste los barrios cuicos, término chileno despectivo que podría traducirse por pijo en el castellano de España. Casi acorralándolos, un hervidero de comunas populares, las poblas. El cielo está casi siempre coronado por una densa capa de smog fotoquímico. La atmosfera mental colectiva de las poblas, especialmente entre los jóvenes de algunos sectores, está cubierta por otros bancos de niebla tóxica de peor pronóstico: los de la pasta base (pasta de cocaína, lo que las películas y series ambientadas en Nueva York non enseñaron a llamar crack). La droga, que como en otras latitudes apareció oportunamente durante el proceso de transición a la democracia, y devastó por igual vidas y movimientos juveniles combativos, es uno de los grandes surcos que la violencia política indirecta ha escavado en la morfología social de esta ciudad. Es el que conocí mejor, pero no es el único. Hay otros surcos de violencia que afectan a la vida entera. Los hay inmensos y evidentes, como el aire de soberbia y sadismo que los carabineros de Chile. O el diseño de un sistema educativo cuyas tarifas prohibitivas, incluso en la universidad pública, obligan al estudiante pobre a endeudarse durante años. Para un universitario europeo, sorprende el modo en que los estudiantes chilenos toman en serio sus carreras. En el campus de Gómez Millas, donde estudié, incluso las horas de compañía eran más horas de estudio compartido que de camaradería perezosa[ii].

El Chile de hoy es el Chile de la victoria consolidada de una oligarquía sin complejos, que se ha permitido levantar un modelo social de una obscenidad clasista que tiene poco parangón con las naciones de la franja geopolítica en la que Chile se enmarca[iii]. Como una sombra inseparable, también el Chile de hoy es un país donde se cumplen condiciones muy propicias para fuertes explosiones de descontento social, que mucho tiempo antes del año 2019 llevaban años tomando formas y expresiones múltiples y heterogéneas. Por ejemplo, el conflicto Mapuche en la Araucanía, que va tomando visos de transformarse en un escenario de intifada indígena. En las duras movilizaciones laborales que se multiplican por todo el país, en las que la represión policial alcanza la cota del asesinato político (como con muerte de Rodrigo Cisternas). En la contestación recursiva de los estudiantes (2006, 2011), que desemboca en ocupaciones generalizadas de los centros de enseñanza y la paralización del país. En la guerrilla urbana difusa que tiene en “el cinturón de fuego” de Santiago su caldo de cultivo y en las fechas señaladas del 11 de Septiembre y del 29 de Marzo sus “gioas armatas” (juergas armadas). En Santiago de Chile la lucha de clases no es un categoría teórica, sino una realidad que se retroalimenta en la vida cotidiana. Hasta el punto que una de las preguntas más comunes poco después de conocer a alguien es indagar por el lugar donde vive, para así poder situarlo, al menos provisionalmente, en uno de los dos bandos que divide la ciudad.

Hay también surcos de violencia neoliberal microscópicos, desde la gastronomía hasta el gesto de compra más banal pasando por los desplazamientos cotidianos. En Santiago es habitual comer un sándwich en una barra sin posibilidad de sentarse en una mesa con calma porque no hay tiempo para ello. El mercado laboral realmente existente está lleno de un importante sector informal, gente que sobrevive deambulando por la ciudad, por los autobuses o por el metro, revendiendo un poco más cara cualquier cosa que hayan podido comprar antes: dulces, helados, refrescos, CDs con música o películas. El sistema de transporte, al menos en 2007 y 2008, especialmente los autobuses del por entonces recién estrenado Transantiago, eran una pesadilla cotidiana de hacinamiento. Y por toda la ciudad, las empresas anuncian su participación en el Teletón como dato simbólicamente importante de su oferta de productos y su política de marca. El teletón es un show televisivo amarillista y vergonzoso, donde las multinacionales ofrecen caridad una vez al año, y el sistema político-mediático chileno ha intentado venderlo como el sustituto de un sistema tributario justo.

Sobre estas marcas estructurales en el suelo sociológico, el capital retorna en cada ciclo acumulativo arando recurrentemente como un tractor. Lo que deja tras de sí una cosecha de desigualdad propia de un sistema de castas. Aquí nada se explica sin entender que Santiago de Chile es la capital del laboratorio global del neoliberalismo. Lo que ha afilado todas sus aristas vivenciales de una tenue hostilidad, que hieren más, y más profundo, de lo que en el día a día se puede notar.

Pero, paradójicamente, los Andes provocan una magnificencia humilde y un cierto efecto psicogeográfico de tipo analgésico. Cierran Santiago, lo contienen, lo arropan, lo posan en el fondo del valle y le dan un aire extrañamente acogedor, a pesar de ser un monstruo inmenso con rutinas que despedazan como garras. Si se compara con Buenos Aires, el otro coloso metropolitano del Cono Sur, Santiago está dado a escala algo más humana. Buenos Aires no tiene límites exteriores que lo mesuren. Te desparrama y te tritura el ánimo en su contenido sin continente geográfico. A pesar de ser el puerto latinoamericano más importante, Buenos Aires psicogeográficamente no tiene mar, ya que el Mar de la Plata (pues aunque sea un rio en el plano sensible funcionaría como un mar) es muy difícil de encontrar. Siempre a la espalda de algo inaccesible. El resultado es una ciudad muy agresiva, aplanadora, vampírica por extenuación. Por el contrario Santiago, gracias al brazo de los Andes sobre los hombros de los días y las noches, tiene algo de hoguera nocturna improvisada por la caída repentina de la tarde. De cierre de filas alrededor de un refugio provisional y pobre. Buenos Aires me pareció una gran capital europea, elegante y sofisticada, pero castigada en el borde la fiesta, al margen de la corriente occidental, en una esquina del mapamundi, donde todo llega con retraso. Santiago evoca más bien una ciudad arrojada fuera, más allá de la frontera del Imperio de turno, abandonada en la cornisa de la civilización, que se ha forjado un carácter propio más por necesidad que por gusto.

Santiago del Nuevo Extremo, como se la llamó en el momento de su fundación, en el plano del hábitat parece hecha como una aglomeración geométrica de cientos de pueblos y villorrios independientes, a veces lujosos y a veces miserables, argamasada con rascacielos de negocios en el noreste, restos históricos entremezclados con arquitectura cepalina en el centro, incitaciones al consumismo capitalista en mate y no en brillo, más bien pocos parques y plazas, y zonas en las que la ciudad parece coja de alguna dimensión. Donde entra de repente un frío insensible como si cubriera el cielo una nube de antimateria y uno tuviera la certeza de que ella (la mujer en la que nunca harás pie, la chispa de la revolución, la casualidad que ha de cambiarlo todo) no fuera a pasar por allí jamás. Santiago, en definitiva, se antoja una argamasa urbana parecida a un puzle infantil, que no puede ocultar los bordes que delimitan cada una de sus innumerables piezas, y que por tanto no han terminado de cuajar en un organismo común.

Llegar una tarde invierno profundo, con los colores devaluados y en oferta, y todo esos pequeños esfuerzos de la gente por acurrucarse alrededor de cualquier núcleo, fuera el de los puestos de castañas o el sus propios cuerpos bajo los abrigos y las bufandas, ayudó quizá a construir esta primera impresión, que nunca se terminó de ir, de campo de concentración para miles de pequeñas aldeas hogareñas intentando sobrevivir en medio de la barbarie económica impuesta. Aldeas acaracoladas sobre sus propios secretos, donde uno nunca sabe dónde termina la docilidad y donde empieza la venganza contra esa especie de invasión infinita que, a la manera de española inicial, aplasta y enlosa a la vida popular siglo tras siglo.


[i] Guerrilerokulto, en la canción Valle Central, del disco “ Acertijos” de Aerstame.

[ii] El experimento neoliberal chileno tomó cuerpo en un despotismo oligárquico encarnizado. Entre 1977 y 1981 se pusieron en marcha reformas estructurales, basadas en los siguientes ejes: apertura del mercado nacional al exterior (rebaja unilateral de aranceles, política de promoción de exportaciones, desnacionalización del cobre y los recursos mineros), desregulación del mercado de trabajo (facilidades para el despido, rebaja del salario mínimo, prohibición del derecho de huelga y sindicación) y una agresiva privatización de la totalidad de la cobertura social (pensiones, sanidad y educación quedaron en manos del empresariado). Las reformas económicas corrieron en paralelo a toda una serie de reformas políticas (senadores vitalicios, leyes de Quórum Cualificado, binominalismo, inmovilidad del jefe de las FFAA) cuyo sentido último fue construir un dispositivo institucional diseñado para sabotear el futuro ejercicio de la soberanía popular y asegurar mediante estos frenos un proceso de transición democrática seguro para los intereses empresariales y siempre orientado a impedir cualquier desmadre izquierdista y socializante. El Chile de antes de 2019 era un país donde se cumplían condiciones materiales objetivas para fuertes explosiones de descontento social, que llevaban años tomando formas y expresiones múltiples y heterogéneas.

[iii] El índice más aceptado a nivel mundial para medir dicho la desigualdad social es el coeficiente de Gini. Este es un factor que se sitúa entre el 0 y el 1, siendo 1 un país con toda la distribución concentrada en un individuo, y 0, un país con distribución perfectamente homogénea. Chile posee un Gini de 0.5649. Para contextualizar, África al sur del Sahara tiene Gini 0.4695, América Latina y Caribe 0.4931, Asia Oriental y el Pacífico 0.3809, Asia del Sur 0.3188, Europa del Este 0.2894, Medio Oriente y África del Norte 0.3803, los países industrializados o en vías de desarrollo con altos ingresos 0.3375. Sin embargo, la concentración de riqueza en el caso chileno resulta todavía más flagrante: según un estudio de BID si se eliminase de la estadística al 10% más rico (que obtiene el 47% de los ingresos), el coeficiente de Gini chileno descendería por debajo del 0,2, es decir, al nivel de redistribución de los países nórdicos. El grado de concentración de riqueza que se experimenta en Chile sólo es comparable a naciones como Bangladesh, Nigeria y otros paraísos en el mapa de la extrema riqueza mundial fuente: Dante Contreras, Distribución del ingreso en Chile. Nuevos hechos y algunos mitos.


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