Los niños-duende

Los hechos objetivos: en el tejado de una casa que daba a una plaza situada cerca de la antigua cárcel, descubrimos la estatua metálica de un duende.

Etnografía reencantada: uno de los fenómenos sociológicos más curiosos de Valparaíso reencantado es la subcultura de los niños-duende: amplios sectores de la población infantil que desertan del contrato social y se lanzan a vivir una vida silvestre en los tejados de la ciudad. De esta forma, los tejados de Valpo no sólo están cubiertos de antenas y pararrayos o sirven como estructura para techar las casas y canalizar la lluvia; los tejados de Valparaíso son el hábitat donde actúan y viven miles de niños salvajes, organizados en hordas, y dedicados a las travesuras, las acrobacias y el robo ligero. Se autodenominan niños-duende porque sus pequeños hurtos y sus incursiones felinas en ámbitos ajenos son justificados como actos de una magia burlona, del mismo modo que en los cuentos tradicionales se asociaba a los duendes y los trasgos con cambios de lugar de objetos y otras diabluras inexplicables. Además, el resto de la ciudad interpreta así sus acciones, por las que no son ni reprimidos ni perseguidos. Al contrario, se consienten porque se entienden como parte de un proceso educativo integral que no quiere ser solo pedagógico sino también legendario. Esta involución cultural hacia ámbitos de sociabilidad salvaje, caracterizados por la irresponsabilidad social, la caza-recolección, el nomadismo, la primacía del instinto y del principio del placer suele ser un paréntesis; dura hasta que el estirón complica el movimiento en los tejados y estropea la pericia necesaria para ser un niño-duende (pesos que rompen las tejas, descoordinación motriz propia del cuerpo adolescente). La única actividad que se les conoce, además de la pillería constante, es la elaboración de tótems en forma de duende. Son colocados estratégicamente en ciertos tejados de la ciudad para marcar la diferencia con los niños civilizados, que miran, entre asustados y atraídos, estos símbolos de otro mundo que también late dentro de ellos.

Emilio Santiago Muíño y Analía Silberman. Enero de 2009.


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