
Cualquier skyline humano enmudece ante el trazo material que los Andes dibujan en el horizonte de Santiago. Los más de 5.000 metros del Cerro del Plomo ejerciendo su potestad antigua, su mirada emperador preincaico, desde el lejano flanco noreste. La triple curva de la precordillera andina en la sierra de San Ramón, con los picos de San Ramón, el Morro del Tambor y Cerro Provincia, que penetra en Santiago oriental como si sus 3.000 metros fueran una pared de la misma ciudad, tomando la delantera a los Andes como una comitiva de peones que anunciara el avance lento pero imparable de un ejército de gigantes.
Afirma Benjamín Subercaseux que a falta de Historia la naturaleza, “que es la más vieja de las historias”, confirió a Santiago de Chile dignidad[i]. Cabría decir mejor solemnidad ceremonial. Santiago es ciudad acorralada por símbolos de invierno, como canta Silvio Rodríguez en unos versos que pronto se quedarán viejos: el cambio climático destruye entre el 5 y el 10% de la cobertura de nieve en los Andes Centrales cada década. Pero aun en esta trágica falta de nieve, como se presentan en el seco verano de Santiago, la cordillera ofrece una suerte de altar o templo omnipresente donde la mente, quiera o no quiera, hace algo parecido a rezar. Pero no al dios antropomorfo de los mitos humanos, sino a algo más grande y más impensable todavía: la realidad.
Desde diversos puntos de Santiago, como caminando por la calle Irarrázaval, o las vistas que ofrece los tramos exteriores de la línea 4 de metro, y según el día y la hora, las montañas parecen cambiar de tamaño. Lo que te hace sospechar que la Tierra finalmente respira y se le hincha el pecho y la barriga, siendo los Andes no la espina dorsal del planeta, según la expresión popular, sino más bien su diafragma. Los rezos espontáneos y muchas veces ateos que los santiaguinos lanzan a la Cordillera se parecen a las manos de un padre sobre la barriga de su bebé mientras duerme: certificar, frente a la incredulidad sin fondo del mundo, que todo sigue bien y la vida del hijo sigue ahí. Y venerar, acto seguido, la total incomprensión y la total alegría de la condición milagrosa de ese ahí.
[i] Benjamín Subercaseaux (1946) Chile o una loca geografía. Santiago de Chile, Ediciones Ercilla, pág. 142.