
Los hechos objetivos: perdido en una callejuela, descubrimos un corazón de espino colgado de un muro.
Etnografía reencantada: como en otras muchas ciudades, en Valparaíso el corazón de los hombres y las mujeres también ejerce de jaula. La principal diferencia es que aquí muchos hombres y mujeres lo saben. Que esta difícil sabiduría esté tan extendida puede deberse a crecer rodeados de pruebas de la existencia de una ciencia secreta de los colores. A medida que la conciencia avanza, como si de una conversión maravillosa se tratase, las evasiones interiores se multiplican: una evasión interior es una fuga de la propia cárcel. Los solsticios, equinoccios, cometas, eclipses, lluvias de estrellas fugaces o cualquier otro acontecimiento natural, en su poder de frontera cósmica, suelen facilitar las evasiones interiores porque parecen abrir el paso hacia otra parte. No resulta por tanto extraño encontrar abandonadas, como crisálidas inútiles, las jaulas-corazón de mucha gente. Por cada jaula-corazón a la que se ha renunciado, camina por la calle una persona con el pájaro de dentro del pecho suelto, ese pájaro que ya nunca se posa. Sin embargo, una oscura secta de cardiólogos coleccionistas efectúa batidas clandestinas (en las noches de luna nueva para no ser descubiertos) con el objetivo de recolectar las jaulas-corazón abandonadas. Según sus doctrinas milenaristas, vendrá un Mesías y será coronado con un corazón de espinas. Su misión será restaurar el dolor y la tragedia en el deseo, peligrosamente cuestionado por las nuevas generaciones que viven la vida como una “niña traviesa, pecadora inocente, impaciente, rápida como el viento y de ojos infantiles”[i].
[i] Friedrich Nietzsche (1999) Así hablo Zaratustra. Madrid: Alianza, pág. 315.