
Los hechos objetivos: la tarde del 14 de enero de 2009, en la calle Santa Isabel, una calleja en lo alto de un cerro que ni siquiera está asfaltada, encontramos un zapato abandonado y lleno de polvo. Justo en ese momento, le planteé a Analía Sílberman que, durante mi infancia, soñaba recurrentemente con pérdidas de zapatos, y que quizá este era uno de esos zapatos que había perdido. Segundos más tarde, levantamos la cabeza, y al mirar un muro en el que todavía no habíamos reparado, pudimos leer en un grafiti: “¿Dónde van las cosas del sueño?” Ambos nos quedamos un buen rato sin saber qué hacer ni decir, volteados por la casualidad.
Etnografía reencantada: no es inusual que un visitante despistado, que no conozca (¿y quién la conoce?) la ciudad, pasee por la calle Santa Isabel, encuentre un zapato, y rápidamente lo identifique con uno de los muchos zapatos que, durante toda la vida, ha ido perdiendo en los sueños. Entonces levantará la cabeza y leerá en un muro “¿Dónde van las cosas del sueño?”. La casualidad le permitirá comprender sin palabras la verdad: las cosas que se pierden en los sueños van a parar a la calle Santa Isabel de Valparaíso. Y el descubrimiento será el de un tesoro: durante un buen rato rebuscará por los rincones, con distinto éxito, esperando encontrar aquel huevo de dinosaurio, la llave de esas puertas puestas como menhires en medio del campo que nunca podían abrirse o la boca de esa chica que, justo antes del beso, desaparecía, encontrándose las mejillas en una continuidad de carne. Esta oficina al aire libre de objetos perdidos de los sueños, sin mostrador ni funcionario, resulta ser también un imán para voyeurs del mundo interior y para niños que fabrican sus propios juguetes reciclando jirones de los sueños de la gente. Algunas personas, que se han topado con objetos extraños de especial interés, terminan encontrando al amor de su vida siguiendo su rastro.


Emilio Santiago y Analía Silberman, enero de 2009.
En 2022 quise volver a visitar el lugar donde van las cosas que se pierden en los sueños. Cerca de él, una pintada me advirtió del peligro de un eclipse cercano. Ya en el lugar, otra pintada señalaba que, en ese mismo sitio, alguien había vuelto a encontrarse. Quizá precisamente porque había hallado algún objeto onírico perdido. O más probablemente porque en el proceso había descubierto que el objeto onírico perdido más importante somos nosotros mismos, obligados a vivir en esta vida de somnolencia infinita, obligados a hablar de los sueños nocturnos sin darle importancia, y de los sueños diurnos haciendo parodia. Porque si algo merece realmente la pena es ser testigos, siempre primerizos, de los eclipses de realidad de lo maravilloso como el que fuimos testigos aquel 14 de enero de 2009. Un tipo de eclipses mucho más abundantes de lo que nuestros sistemas cosmológicos estropeados de utilitarismo capitalista saben detectar.

