
Los hechos objetivos: en la mañana del día 14 de enero de 2009, cerca del cerro de Bellavista encontramos un pequeño huerto de cactus en plena calle.
Etnografía reencantada: el cultivo de cactus en pequeños huertos es una práctica bastante común en Valparaíso reencantado. Además de sus propiedades ornamentales o de su adaptabilidad al clima mediterráneo de la ciudad, existe un motivo cultural que explica la popularidad del cactus. Dada la constante voluptuosidad de la vida cotidiana porteña, constantemente desconcertada por fenómenos de los que ya hemos dado cuenta, como el efecto calidoscopio urbano o el cromismo selvático, una de las afecciones psicológicas más frecuente es la esquizofrenia ontológica. En ocasiones, los sentidos de los habitantes de Valparaíso se encuentran, según la famosa frase de Rimbaud, tan desorganizados que la confusión entre sueño y vigilia, por otra parte trabajada en Valparaíso desde la infancia, deja de ser operativa y se producen incidentes desagradables. Por ejemplo interpelaciones amatorias que en el sueño siempre son correspondidas y en la vigilia pueden rozar el acoso. O accidentes mortales intentando volar o cruzar un espejo o cualquier otro desafío onírico a las leyes de la física que, a veces, sí funcionan.
Para paliar en la medida de lo posible este problema, los habitantes de Valparaíso caminan siempre con una espina de cactus guardada. La utilizan para testear, a la vieja usanza de pincharse o pellizcarse provocándose un ligero dolor, en qué lado de la realidad se encuentran (pues ambos los entienden como igual de reales) antes de emprender una acción controvertida o peligrosa. El principio que fundamenta esta costumbre es esa extraña constatación empírica que demuestra que, por norma general, en el lado onírico de la realidad el sentido del tacto suele estar suspendido o debilitado. A partir de esta necesidad social de espinas ha surgido la cultura del cultivo del cactus, empapada de una fuerte afectividad hacia la planta: cada cactus tiene un nombre, un cuidado especial, una dimensión casi personal; su papel como mediador ontológico entre las dos dimensiones del mundo (sueño y vigilia) es lo que le ha otorgado este estatus especial.
Emilio Santiago Muíño y Analía Sílberman. Enero de 2009.