El otoño de las estatuas

Los hechos objetivos: en Valparaíso los cementerios 1 y 2, los más antiguos de la ciudad; se encuentra coronando el promontorio del cerro Panteón encarando el mar. Como suele ser habitual en otros cementerios, la sensación temporal se enrarece. Lo distintivo del cementerio de Valparaíso es que algunas de sus estatuas no poseían cabeza y una de sus palmeras crecía en paralelo al suelo.

Etnografía reencantada: el cementerio frente al mar de Valparaíso no es un cementerio, es un puerto esperando la llegada de un barco fantasma. Pero el barco se hundió en el Cabo de Hornos. Y no llegará. En la espera infinita, la gravedad se espesa y perturba el tiempo, creando un microclima espaciotemporal único en toda la ciudad: el tiempo se vuelve tan denso que cava un hoyo consigo mismo, obligando a las palmeras a crecer en paralelo a la tierra persiguiendo su propia sombra. No sólo las palmeras se cargan de repente con unos cuantos milenios de sobrepeso: la mente de los visitantes tiende a dejarse caer en la eternidad imposible y perseguir sus propias sombras. Es por ello que el cementerio frente al mar de Valparaíso es utilizado por sus habitantes para entender, como el amor en un flechazo, la filosofía de los estoicos sin leer una sola línea. Por este mismo efecto espesante, el paso de las estaciones ha cambiado en el cementerio: tras más de 500 años de verano, la llegada del otoño no está cortando las hojas de los árboles, sino decapitando las cabezas de piedra de las estatuas. Como el viento no puede llevarlas, son las olas de las marejadas más fuertes las que limpian el cementerio, convirtiendo por ese día la bahía de Valparaíso en una caótica batalla naval entre flotas de cabezas de estatuas, enfrentadas en una especie de estado de naturaleza hobbesiano.

Emilio Santiago Muíño y Analía Silberman. Enero de 2009.


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