
Hechos objetivos: como cualquier fotografía puede constatar, el colorido de Valparaíso es explosivo y muy heterogéneo, gracias a la costumbre de pintar cada casa y cada elemento urbano con una gama de pintura distinta.
Etnografía reencantada: a la manera en que funcionan las selvas así funcionan los colores en Valparaíso: fiesta permanente, exuberancia sin fin, dinámica de maraña, ebullición de diversidad, de colores todavía no nombrados, que buscan su hueco en cualquier superficie, que luchan a veces despedazándose y a veces entrelazándose por un poco de amor solar. El colorido de Valparaíso es abrumador, delirantemente vertiginoso; llega a cada farola, a cada acera, a cada marco de ventana, a cada puerta. La mirada nunca está preparada, cada golpe de vista es, en el plano de los colores, una aventura, un extravío.


En medio del influjo de la experiencia cromática de la ciudad, encontramos un grafiti que decía: Girasoles de Valparaíso.

En el Valparaíso reencantado, Girasoles de Valparaíso es el nombre de la primera academia del mundo dedicada a la ciencia de los colores. Malcolm de Chazal es su patrón. En ella aprenden algunas de sus enseñanzas cromáticas mediante citas de esa especie de Libro Rojo de la sensualidad que es Sentido Plástico[i]:
-Aprenden que el blanco es “brusca interrupción”. Que con el blanco la pintura “cambia de ideas igual que en aquellos puntos en que la frase da un giro y se altera”. Y es el color “con la mirada más penetrante”.
Aprenden que “el rojo arruga los pétalos de los labios y hace de la boca una gran cereza, destruyendo el ramo para sacar a relucir la fruta” y que es el “color esfera”.
Que el “marrón abolla el objeto y lo deforma”.
Que “el azul siempre es buscado” y también “el que menos mantiene nuestra mirada”, y el “dos del absoluto”.
Que el amarillo es el “color asombro”, “siempre en franjas” Y la luz-almáciga, pues no hay como el amarillo para cerrar las fisuras de los colores. Y el común divisor de los colores. Y que como el chaleco salvavidas que “sostendrá durante un tiempo el cuerpo del siniestrado que la ola en poco tiempo engullirá, el amarillo tiene, para el objeto que lo rodea, el efecto de mantener la cabeza de otro color por un tiempo fuera del agua”. “Objeto rodeado de amarillo parece caer más despacio”.
Que el verde es el “color en triángulo, que se agarra tan bien a las cosas que Dios ha hecho del zócalo de la naturaleza y el pedestal del mundo viviente”.
Y el malva “el color de la constancia”. Y “que el arcoíris es pincelada pero que los rayos del sol colorean con puntillismo”.
Nacida de algunos intentos por comprender las pautas secretas que guían el cromismo selvático de la ciudad, la ciencia de los colores tiene en el girasol el símbolo por excelencia: cada color, en esta ciudad, es un girasol que persigue al sol, durante todo el día, en pos de que este logre pulir lo mejor de su propia esencia. Y es que no hay manera de descubrir un color en la ciudad en momento decaído. Siempre parecen apuntando a lo más alto de su propio vigor. Siempre parecen henchidos de orgullo por su propia presencia.
De regreso a la ciudad, en el año 2022, pude constatar no solo que la selva de colores de Valparaíso sigue exuberante. También que más allá del estudio, los colores porteños habían fundado ya pequeñas comunidades escondidas entre el laberinto de escaleras dedicadas íntegramente a su adoración, como esta «Casa de los colores» que encontré de casualidad.

Emilio Santiago Muíño y Analía Sílberman. Enero de 2009 (con añadido de Emilio Santiago en verano de 2022).
[i] Malcolm de Chazal (1947). Sentido plástico. De esta obra maestra de la poesía del siglo XX manejo una traducción de Pedro José Morillas Rosa, no publicada, a la que pude acceder gracias a mi amigo Julio Monteverde.