El clarificador de identidades

Los hechos objetivos: en un muro de Valparaíso, nos topamos con una pintada que decía sencillamente: soy un niño, junto a un dibujo esquemático.

Etnografía reencantada: a pesar de que Holloway ha advertido al mundo sobre los peligros del pensamiento identitario, basado en una fetichización del hacer en el ser, en Valparaíso reencantado todos saben que habitar el devenir de forma constante, como se habita en esta ciudad que más que una ciudad parece una fluidez desbordada, fatiga, marea y a veces oprime. Surge entonces, de vez en cuando, la necesidad de un gesto imposible, unas ganas de quietud que siempre fracasan y generan una dialéctica inútil, hermosa como los intentos de un chaval por cavar un agujero en la playa hasta las antípodas. A estos efectos funciona el clarificador de identidades. Los habitantes de Valparaíso denominan clarificador de identidades a un muro, que, a lo largo de los años, ha ido adquiriendo una propiedad especial. Tras pasar unos minutos delante de él, el vértigo que uno siente por no ser más que un fruto que nadie puede recoger se disipa. Entonces surge una pequeña luz, un destello revelador, en el que uno hace pie alcanzando la impresión de no caerse al fondo del universo. Y ese pequeño trozo de realidad sustentante, ese clavo ardiente al que agarrarse, toma forma de un pequeño enunciado con el verbo ser, que la gente escribe ritualmente en el muro.

Soy un niño.

Soy una hoja.

Soy un viaje en moto.

Soy una mujer de lana.

Soy un poco de lluvia puesta boca abajo.

Soy todo lo contrario a la inmortalidad.

Soy un nombre para esta cima sin salto.

Una vez escrita en el muro la frase acompaña, como un talismán, durante un tiempo. Sin embargo no pasa demasiado hasta que los habitantes de Valparaíso se sorprenden siendo algo que nunca habían sido antes. Y cuando este desorden (que por otra parte les encanta) llega a angustiar, la visita al clarificador de identidades se repite.

Emilio Santiago Muíño y Analía Silberman. Enero de 2009.


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