Efecto caleidoscopio urbano

Hechos objetivos: el trazado urbano de Valparaíso dispone una suerte de enorme laberinto en el que lo enmarañado de sus calles juega con los distintos niveles topográficos de sus muchos cerros. El resultado es un complejo sistema de callejuelas retorcidas, pasadizos, escaleras sinuosas, plazas escondidas y alturas diferenciadas como si la ciudad tuviera pisos diferentes. La aprehensión racional del callejero de Valparaíso es muy complicada. Durante los 3 días que duró la exploración etnográfica, nos resultó extremadamente difícil ubicar un mapa mental, por lo que el callejeo tuvo siempre un componente de desorientación, acrecentado por la heterogeneidad del colorido, en el que cada edificio o casa posee un color singular.

Etnografía reencantada: podría inspirar un mito: un niño titán confundió un laberinto con una piñata. Y al romperlo, con un terremoto, provocó una ciudad-selva despeinada de serpentinas o calles, escaleras malabaristas, cerros, casas o caramelos de colores, callejones y pasadizos que quieren ser capilares de un mapa, un arrecife de tejados puesto a secar a la orilla del pacífico y de la luna austral. Pero si algo define Valparaíso, de manera objetiva, es el efecto calidoscopio urbano que padece quien la pasea: en cada paso, en cada mirada, en cada parada, la ciudad, que es un calidoscopio, gira. La combinación de colores y formas se rehace. Las posibilidades se han vuelto a multiplicar. Los caminos y las rutas se confunden. Los ángulos inician un striptease que no se consumará nunca porque un nuevo giro cambiará el rumbo del baile.

El efecto calidoscopio urbano no afecta sólo a los visitantes. En Valparaíso reencantado los autóctonos también los habitan, y eso explica que su vida cotidiana se haya ido formulando en base al siguiente reto paradójico: como normalizar una sorpresa y una desorientación continua. Resulta bastante habitual que cualquier porteño no regrese a su casa en un par de semanas por el sencillo problema de no saber llegar a ella. Como puede imaginarse, el efecto calidoscopio condiciona la actividad económica y social de Valparaíso, que resulta disparatada e imposible, mágicamente entregada al azar y la improvisación, y siempre a flor de piel: dormir en la habitación de extraviados allí donde la noche embosca, trabajar sin poder cumplir ningún plazo, no poder concertar una cita y tener siempre que encontrarse a la gente. Este singular fenómeno ha construido la ciudad sobre cimientos sociales en ebullición. En gran parte, todo se vive a la manera de los agitadores rojos antes de la llegada de los ejércitos revolucionarios, mediante relaciones directas, episódicas, contactos no forzados, casualidades. Pasionalmente, la ciudad fomenta una curiosa síntesis: las relaciones son suficientemente fugaces para ser urgentes e intensas pero a la vez lo suficientemente recurrentes para adquirir profundidad.

Emilio Santiago y Analía Silberman. Enero de 2009.


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