
El tiempo disparado, simbolizado en el reloj detenido de las ruinas de las escuelas pías, gobierna la pequeña plaza que se abre en el cruce entre Mesón de Paredes y Sombrerete.
Disparar al tiempo. Como hicieron nuestros abuelos, no necesariamente de sangre pero si de espíritu, en 1936, contra las ratas falangistas atrincheradas en el edifico.
Como hice aquella tarde de marzo, pataleando ahorcado bajo el reloj, disparando a través de un teléfono para salvar nuestro amor de su ejecución extrajudicial. Un amor que nació en un año liberado, sin utilidad ni otra finalidad que vagar, que es otra forma de disparar al tiempo. En Lisboa, una ciudad de luz atlántica que era también un enorme reloj parado. Donde, como anote en caliente, “el tiempo pasaba de puntillas sin querer enfadar la autoridad de la primavera que nos palpitaba, con el corazón llamando a la puerta de los segundos cada vez que nos saboreábamos despacio para no terminar nunca”. Donde nos “dejamos secuestrar por el error para no salir”. Donde “no había temor ni futuro”. Donde “conseguimos la brevedad”.
Disparar al tiempo. Como hicimos una noche de sábado en la revuelta de Mayo, tomándonos un descanso, los viejos y los nuevos amigos, anillados en la belleza y la perfección, con la explicación del universo bailando en la punta de la lengua, a través de una conversación que se elevó, con naturalidad, a las regiones más altas de lo posible, y no lo sabíamos pero se podía sentir. Como hicimos otra noche, la de los objetivos vivientes, danzando alrededor del fetichismo poético.
El reloj, que es una esfera abstracta para cuantificar los momentos y por tanto la perversión del tiempo, es el ídolo de la religión capitalista. El epitafio de Bretón debe ser invertido: encuentra el tiempo, y allí estará el oro. Y paradójicamente, bajo este reloj parado se dispara contra el tiempo. Y al impactarlo, lo encuentras.
