
El local de CNT, en Tirso de Molina. Desde el balcón de un piso alto siempre se pretende, de alguna forma, parar el mundo, y los tejados de Madrid se extienden a partir de la plaza como barcas de un puerto pesquero en atardecer conspirativo, y el tiempo tiene el sabor de la concentración. Tragar saliva antes de decir algo importante, algo del tipo: me gustas mucho o me he acostado con Emma o me marcho a otro país o tenemos que afrontar con ilusión la posibilidad de hacer historia. Damas y caballeros, ya que vivimos, vivamos para llevar las cabezas de los tecnócratas clavadas en nuestras lanzas. La aceleración del motor cerebral, de lo enorme a lo ínfimo y de lo íntimo a lo megalómano en un par de segundos. Desde aquí puedo ver también, con la mirada de un ángel sin fe, como la chica de suéter morado espera una cita a ciegas que tengo la tentación de robar o como un par de muchachos se ríen a carcajadas de las formas de los columpios de diseño; es decir, puede verse como todo continúa inmanejable. Y un rifle de mira telescópica, para una versión actualizada del acto surrealista más simple, sólo serviría para agravar nuestra pequeña fragilidad, aquí, sostenidos por el bulto del cuerpo rebajado por la doctrina del justo medio.
Los domingos por la mañana se juntan en esta plaza los niños perdidos. (Niños perdidos: en el lenguaje militar, soldados enviados a una misión imposible). Como ranas que cantan al sol esperando un beso de la Historia. Derrotados, pero al servicio de una causa invencible Son guerreros con piel de chavales que están en peligro de extinción. Sus sueños son las pesadillas de quienes tienen las armas por el mango y a veces nos disparan. Madrugan para difundir el mensaje, después de pasar la noche con el clan, bailando pogos o ajustando esas cuentas que nunca se saldarán con euros. Financian de sus bolsillos vacíos publicaciones que siempre parecen destinadas a ser el desencadenante de un nuevo Renacimiento, pero año tras año todo sigue igual. Visten con ropa que encuentran en la basura y roban en los supermercados, porque el futuro paga el sueldo, y sin embargo son a la vez tan ricos. Se cuelan en el metro y recorren la ciudad de punta a punta, portando instrucciones y contraseñas secretas. Juntos siempre, y siempre fallan al buscar el método para provocar terremotos, pero juntos también han doblegado el miedo. Viven en una especie de guerra que no saben ganar, pero en guerra han aprendido a confiar de una forma muy intensa (clases de amor en la guerra de clases). Son honestos, aún en las miserias y en los errores. Y cuando se miran a los ojos, a veces sienten la fuerza necesaria para volcar el mundo. Yo también he brindado con ellos y he jugado a sus juegos. Les soy fiel.