
En un texto firmado por la viuda de Luther Blissett, aparecido en el libro Pánico en las Redes, en el que se da cuenta de las hazañas de su fallecido marido en España, se narra una frustrada deriva psicogeográfica en el casco viejo de Cuenca en diciembre de 1999 protagonizada por varias de las múltiples personalidades de Luther Blissett. Inicialmente, se admite que la ciudad debía poseer condiciones aparentemente privilegiadas para la psicogeografía:
Su paisaje reúne privilegios naturales, sedimentos históricos y atractivos culturales. El trazado de las calles de su parte antigua se pliega a un terreno irregular, lleno de niveles y de puntos de fuga para la deriva. En sus callejones se acumulan cientos de leyendas y de episodios históricos más o menos verídicos [1].
Sin embargo, Luther Blissett pronto comprendió lo inútil de su propósito en un territorio que consideraba como absolutamente recuperado por el espectáculo. Como una ciudad embalsamada en conservantes y Fondos de Cohesión para la contemplación turística: “La deriva en espiral no pudo aportarnos ninguna huella, ninguna marca, ningún indicio. Donde poníamos los ojos veíamos una postal”. Y decretaba la muerte de Cuenca como lugar que pudiera inspirar una vida pasionalmente superior: “una «ciudad museo», una ciudad intocable que simplemente se contempla y que confunde la vida con el vandalismo, confunde también el arte con su muerte y yace ella misma cadáver” [2]
Es difícil rechazar algunos de los síntomas descritos por Luther Blissett y su viuda: Cuenca se ha cubierto de un “simulacro de vida cultural de altas miras” que le sirve para reforzar el atractivo turístico que ya le confería la declaración de su casco antiguo como Patrimonio de la Humanidad. Alrededor del considerado mejor museo de arte abstracto de España, y de una facultad de Bellas Artes que presume de vanguardista, Cuenca se ha ido convirtiendo en una suerte de Meca tanto para pintores vivos consagrados como para aspirantes jóvenes a artistas. Su perfil de ciudad de la España interior, alejada de los grandes centros de poder, y a la que por ejemplo solo muy recientemente llegó la red de autovías, envuelve toda la propuesta de un aire de oasis secreto y autenticidad que, en un mundo globalizado, solo puede respirarse en provincias. Una pequeña ciudad que, en la competencia descarnada con otras ciudades por la supervivencia, esto es, por flujos de turismo e inversiones, ha hecho del arte una estrategia de creación de alto valor agregado. El efecto desolador es evidente, como ocurre con cualquier otra constatación del poder avasallador y unilateral de la lógica del capital en los modos de vida. Cuenca puede ser leída como la enésima prueba de que el capitalismo instaura un régimen de prostitución generalizada con un enorme poder destructivo tanto en lo ambiental como en lo antropológico. Quizá el dato más estremecedor es el despoblamiento del casco viejo en el que cada vez cuelga menos ropa tendida: apenas 1.500 personas, de las 55.000 que viven en Cuenca, habitan en las zonas que los turistas frecuentamos. Como contrates, durante la Edad Media el casco viejo conquense llego a albergar a más de 6.000 habitantes.
Sin duda Cuenca es esto que describe Luther Blissett: la ciudad de pueblo, “donde la policía redacta las notas de prensa”, que he hecho “del arte su ideología” [2]. Y nos atrevemos a completar, del arte su mercancía en el supermercado mundial. Pero el análisis de la sintomatología conduce a un diagnóstico exagerado que deprime y bloquea innecesariamente nuestras posibilidades de emancipación concreta. Funcionando de fondo, un error teórico que merece ser rebatido. Aquellos que venimos del linaje surrealista y situacionista hemos aprendido a entender el capitalismo y sus diez mil expresiones, porque el capitalismo no es solo un sistema económico sino un patrón civilizatorio, desde un marco categorial demasiado condicionado por una idea de totalidad que es extremadamente compacta, integrada y unitaria. Como he dejado entrever en el caso de la exploración del Barrio Latino de París, en base a estos presupuestos conferimos al espectáculo una omnipotencia colosal: así todos los fenómenos de la alienación son uno, conectados entre sí en una concatenación perfecta que convierte en colaboracionista cualquier gesto que no sea desencadenar el apocalipsis redentor que permita empezar de cero. Sin duda, el reflejo en el espejo de este tic teórico son esas esperanzas mesiánicas, grandilocuentes y siempre fallidas, que ponemos en cualquier destello de rebeldía. Como si se tratara de la chispa que puede incendiar el mundo convertido en una pradera seca.
Pero si sustituimos esa idea de totalidad unitaria por una noción de lo social como realidad intrínsecamente plural, con continuidades pero también discontinua, en la que cualquier cierre o totalización es necesariamente parcial y transitorio, y por tanto irremediablemente ambivalente, se abren condiciones de operación poética y vital muy diferentes. Entonces Cuenca, la ciudad museo, como humildemente demuestra nuestro pequeño ejercicio de geografía onírica, se convierte en el campo de toda una serie de revelaciones, pistas y acontecimientos maravillosos, de esos que cargan de sentido una vida. Y como vimos incluso un personaje tan siniestro para la causa de la poesía como Camilo José Cela, en el contexto adecuado, puede otorgarnos una cita extremadamente afortunada para la experiencia reencantada de la ciudad. Se trata sobre todo de tomar ante la realidad una actitud de disputa que no tema admitir la negociación, el mestizaje y la infiltración entre aquello que aspiramos a vencer. La poesía secuestrada en las garras del enemigo no florecerá si rechazamos de antemano cualquier forma de mimetismo con él. Como afirmaba Ítalo Calvino en la frase del banco hallado durante nuestra batida, no se trata de impugnar el infierno de modo absoluto, sino de “buscar y saber reconocer qué y quien, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar, y darle espacio”.
Es evidente que en Cuenca, como en casi cualquier otra ciudad turística, se pasea entre postales. Son muy pocas las casas en la que cuelga ropa tendida. Pero si uno abandona el histerismo del gran rechazo, que paradójicamente es profundamente condescendiente con nuestra situación de derrota porque nos paraliza en ella, y asume los riesgos del escalador que avanza entre precipicios en un equilibrio precario, descubrirá que debajo de la tierra supuestamente quemada del espectáculo sigue latiendo un humus fértil para la erotización de nuestros imaginarios, la imantación de nuestras potencias poéticas y el enraizamiento de nuestra utopía política.
[1] Industrias Mikuerpo (2010) Industrias Mikuerpo. Un proyecto de gestión cultural independiente 1994-1999. Madrid: Traficantes de sueños, pág. 301-303
[2] Ibíd pág. 301.