
Al sur de la plaza de Prosperidad, casi lindando con Avenida de América, hay un barrio de bloques bajos con patios interiores comunicados por arcos y con acceso libre desde las calles. Siempre en este tipo de barrios, que abundan en las ciudades españolas, he sido invadido por una sensación de paz melancólica, como si estuviéramos rozando un pobre paraíso que sin embargo nos veta. Dentro de uno de sus patios entendí el misterio emocional: este tipo de bloques parecen lugares donde la gente vive una vida centrada, una vida que no necesita definirse porque es suficiente con su propio despliegue no reflexivo. Nuestra época ha hecho del concepto de vida el centro de todos los discursos, las ideologías, la publicidad. Pero no se puede pensar en la vida o hablar de la vida a no ser que salgamos un poco de ella, apartándonos al menos de su flujo más intenso.
En este barrio me eché un poco de menos. Y encontrar un pozo en uno de los patios me pareció un símbolo de esa autosuficiencia, de ese centro de gravedad cotidiano. Como sucede con todo paraíso, para experimentarlo es preciso no saberlo.