Ópera y alrededores

La planta de los pies es al sueño lo que el estómago al hambre. Alrededores de Ópera, cuando en cada articulación el cuerpo está concibiendo una piedra, es aquí donde siempre sorprenden los crepúsculos de vuelta a casa (en la mañana o en la noche), con sus colores granulados, arenosos, y pobres. Agradable cansancio en el que la realidad se resbala. Cada segundo parece que has dejado atrás una boda.

De fondo el Palacio Real, una enorme bestia inofensiva que duerme un sueño de mármol acunado por la luz eléctrica y apenas es más que una gran frontón que no inspira nada, solo sirve de muro de carga para soportar el horizonte. La calle Santiago se abre camino como una estocada peatonal entre un laberinto de callejas pensado para atrapar la niebla  de invierno y destilarla en los  pechos románticos de aquellos que frecuentan los bares de la zona, al anochecer, los días de diario, buscando ser mordidos por alguna serpiente. Más allá de la calle Mayor, el microclima de la Plaza de la Villa, que se asemeja al de un quirófano.  Y pasando la frontera de la calle Sacramento, uno cae por la calle del Rollo empezando a sentir que la ciudad va descendiendo hacia los precipicios y acantilados de las Vistillas. El efecto abrigo del centro se va difuminando en un suave, pero imparable, sensación de ánimo menos compacto.

Al pasar por la casa abrazada a una hiedra, es difícil no pensar que si Madrid  tuviera un acento en algún lugar, un punto extraño y sutil donde el peso del universo sería ligeramente mayor si lo pudiéramos pesar, aunque fuesen solo unos gramos, sería en esta casa.


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