
Lavapiés es un insomnio de callejuelas que quieren dormir y soñar con ser una revuelta o un amor.
La disposición psicogeográfica del barrio es la de un delta invertido, en la que todos los brazos del curso fluvial desaguan en la plaza. El clima emocional también es propio de lo que el imaginario colectivo entiende como un delta: cálido y húmedo, pegajoso y pesado, pero cómodo y sensual. Atmosfera de conversaciones perezosas, de música lasciva, de ritos diabólicos escondidos tras una tapia, de lujuria politeísta. Frondosidad cultural de pantano. Las ventanas parecen merodear al anochecer por las paredes como pumas o serpientes. Aquelarres de ron en el Candela (anoche los tambores te persiguieron el pulso y ahora jadeas). Los negros y sus griots. Los chinos y sus tongs.
Estoy aquí, sentado en cualquier esquina, y es imposible no sentirse un poco como una nube descarriada de una borrasca. O de forma más exacta, como ángeles con las cuerdas vocales arrancadas, que pasan las tardes, a pesar de todo, intentando entonar una bonita canción bajo una luz que sazona los colores. Y no hay marejada ni naufragio. Ya estamos pronunciando palabras y gestionando los segundos sin hundirnos. A gusto, como personas que han encontrado su pequeño y plácido rincón en un puerto menor, lejos de las rutas importantes y del gran tránsito.
Y antes del último tren, que me trae de vuelta a los suburbios, un hábitat para el complot surrealista. Transformar el mundo y cambiar la vida. Y participar de esa bonita sensación, que está en el centro de todas las pasiones, de sentir que un puñado de hombres y mujeres, desparramados por el planeta pero unidos por un coto simbólico compartido y una misión delirante, son los sostenedores secretos del universo. Por ejemplo, afilando un texto en el Fin de mundo. Aunque sepamos de sobra que, erradicada la tuberculosis, los voluntarios para ejecutar un magnicidio no abundan.

Y el ramo de calles para cambiar constante de dirección, no vaya a ser que tras el siguiente suspiro haya un salto mortal. O para hablar del mito con un amigo hasta perderte por la conversación y de repente encontrar un claro de luna (estamos aquí para alcanzarnos de lleno). O beber vino a falta de unos labios que puedas exprimir, como uvas morenas importadas de Chile o de Nueva Zelanda. O pasear contigo, que un tiempo fuiste el polo sur de mi pecho, y leer en las aguas termales de tus ojos, que tú también sabes que esta noche todo funciona como si nos hubiéramos colado, de puntillas, en la vida que habríamos podido vivir si hubiéramos tomado otras decisiones.
Nota más de trece años después: estos breves apuntes sobre Lavapiés son notas arqueológicas. Nos remiten a un barrio que casi ya no existe, o no de la misma forma. Lavapiés ya no es un puerto menor lejos del gran tránsito. Ese delta oscuro que volvía tu sangre café se deseca en un proceso de dragado psicogeográfico que aún no lo ha ocupado todo, pero se antoja imparable. El espacio cooperativo Nosaltres ha cambiado de dirección. De momento, la gentrificación ha impuesto su terror.
