Introducción a la geomorfología onírica: el paisaje kárstico de los sueños.

El mismo día que en que Xisela y yo realizamos la batida onírica por el casco viejo de Cuenca lo acabamos con un paseo turístico más convencional con un guía que nos fue contando la historia de la ciudad. La actividad nos proporcionó otro campo de información que actuó sobre nuestra mente como un poderoso afrodisiaco analógico: la historia geológica de la región como ejemplo de paisaje kárstico.

Allí tuve una intuición fulgurante en forma de asociación entre el mundo de los sueños y el paisaje kárstico propio de lugares la serranía de Cuenca. Una intuición que sospecho que puede permitir trabajar en el desarrollo futuro de una suerte de geomorfología onírica como forma de aproximación sistemática a la topografía material que conforma los sueños. Estas notas quieren desbrozar el terreno. Como bisagra de esta analogía, la frase amorosa encontrada por la mañana fue esencial: “cruzaré océanos de tiempo para encontrarte”. De pronto se presentaba como el mensaje transmisor de una vieja sabiduría: la vinculación simbólica del agua y el tiempo, que es ya una tradición en sí misma desde el río de Heráclito.

La hipótesis sería la siguiente: al igual que en el paisaje kárstico, la geomorfología del sueño parece surgir de la combinación entre la sedimentación de experiencias vividas radicalmente heterogéneas, que se asemejan a los conglomerados de rocas, y como ellas se apilan en capas y estratos, y la acción de un componente disolvente también de naturaleza líquida en un plano simbólico, pero más poderoso que el agua, que es el tiempo.

En función de su intensidad (por razones personales o sociales y también por efecto del azar), las vivencias directas y los recuerdos de un ser humano, y los distintos tipos de asociaciones que se establecen entre ellos, van superponiéndose bajo la conciencia inmediata, abigarrándose y compactándose de modo complejo. Esto conforma un subsuelo mental muy heterogéneo y aleatorio en su distribución, con vetas y filamentos más pétreos e impermeables y otros más arenosos y solubles. De modo análogo a los procesos geológicos, más allá de la lenta pero imparable cimentación cotidiana, este subsuelo psíquico también está sometido a grandes conmociones, tanto por el efecto del choque de placas tectónicas emocionales, que nos remiten a las experiencias más íntimas (el enamoramiento, el duelo por la muerte de un ser querido), como también por el poder destructor de procesos volcánicos, que quizá es más fácil asociarlos a los grandes desgarros colectivos, como una revuelta, una crisis económica o una guerra.

Del efecto combinado de la sedimentación vivencial cotidiana mezclada con estas orogenias biográficas y estos vulcanismos históricos nace una compleja estratigrafía de materiales que presentan diferentes niveles de resistencia al paso del tiempo que, como el agua en el paisaje kárstico, se filtra en el inconsciente y va haciendo un trabajo de erosión permanente. Así las partes más blandas e intrascendentes se van disolviendo en el olvido, conformando lo que podríamos llamar el lado cóncavo de los sueños y por tanto su espacio hueco transitable. Las partes más duras van definiendo el lado convexo, su superficie limitante y a la vez expuesta a ser percibida.

El resultado es una morfología material del sueño compuesta, al igual que el paisaje kárstico, por un complejísimo sistema de cuevas y galerías a múltiples niveles, que conectan entre sí zonas aparentemente alejadas de la memoria, perforadas por largos e inesperados agujeros que de pronto descienden a pozos traumáticos, y que en algunos momentos descubren paredes en la que las capas de vida emocional de años o décadas se han comprimido en apenas unos metros. En algunas regiones del inconsciente se forman enormes cavidades por el hundimiento parcial que puede provocar la falta de un sustento firme por efecto de la erosión en niveles inferiores. En otras el peligro de desprendimientos es inminente. Y como ocurre con la arenilla roja del karst, el juego del tiempo y algunos materiales sensibles va dando lugar a formas caprichosas increíbles, de suprema belleza, como se presenta en ocasiones el mundo onírico.

Ahondando en el poder asociativo de la analogía, no es difícil encontrar muchos de los otros elementos geológicos del karst en la morfología onírica: la irregularidad general del sueño, su inestabilidad consustancial, se explica porque caminamos sobre él como se camina sobre lapiaces, como un pavimento con pequeños surcos; los agujeros súbitos que de pronto nos hacen caer y nos transportan violentamente a zonas mucho más profundas de nuestra psique serían las simas; cuando estas depresiones presentan un tamaño superior, a pesar de que sus paredes puedan ser también escarpadas, y se puede acceder a ellas desde la superficie, nos hallamos ante dolinas oníricas; la concatenación por colapso de varias dolinas poco profundas conforma una úvala: depresiones cerradas amplias y de fondo plano, hacia las que puede descenderse con cierta facilidad, como se desciende en el sueño con facilidad y por tanto con frecuencia hacia ciertas regiones agradables de la memoria, como el colegio o el pueblo en la infancia.

La existencia de lagunas subterráneos en los sistemas kársticos nos apunta a esa otra experiencia del sueño en la que el tiempo parece haberse embalsado en alguna oquedad inconsciente, y apenas unos minutos del reloj de la vigilia pueden condensar horas de intensa aventura onírica. Hasta las estalactitas y las estalagmitas pueden interpretarse como protuberancias emocionales, imágenes recurrentes, punzantes y afiladas que bien se alzan o bien descienden amenazadoramente, obstaculizando el camino, desde alguna litificación experiencial. Y no faltan en nuestros sueños los fósiles marinos que de repente quedan al descubierto, mostrando las huellas de cómo era la vida en nuestro devónico o el silúrico personal: ese objeto concretísimo, ese lugar de la primera infancia o esa vieja costumbre, olvidada hace años, que se muestra en el sueño con total nitidez.

Durante la mayor parte de su historia, el ser humano ha utilizado las cuevas como refugio o hábitat. También como santuario y como puerta de iniciación para afrontar misterios que, si bien rechazamos resolver desde un enfoque religioso, es imprescindible afrontar para generar personas plenas en sociedades maduras. Entre los muchos aportes que el surrealismo, de modo directo o quizá más oblicuo, puede hacer al necesario reencantamiento y por tanto transformación radical de una civilización industrial en riesgo de colapso, está promover una cierta espeleología de espíritu a través de la transvaloración de la vivencia onírica personal. Constatar que los sueños poseen una geomorfología kárstica puede ayudar a sumergirnos en ellos como en una de nuestras más vibrantes aventuras.


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