
En la entrada Cuenca en mi mapa emocional se expusieron los motivos que nos llevaron a Xisela y a mí a realizar una batida onírica en el casco viejo de Cuenca. Se enumeran a continuación, por estricto orden de aparición, los principales hallazgos que tuvieron lugar durante la batida, que duró aproximadamente desde las diez de la mañana hasta la puesta de sol, un poco después de las seis y media, con una pausa larga de dos horas para comer y descansar.
Antes de comenzar propiamente el paseo, encontramos una imponente casa azul en la calle Mosén Diego de Valera, que se alzaba como ola oceánica. Inmediatamente la asocié con un verso escrito en el poemario La llamada del mar, que recordé a Xisela: “llegará el día en que no sepas distinguir en qué lado del sueño un cerro te planteó una adivinanza, una casa azul era una ola” . El verso es un esqueje poético nacido de trenzar los sueños recurrentes de Xisela con enormes tsunamis, que se le aparecen como paredes de agua semidetenidas que no terminan de romper nunca contra la costa, y en los que se pueden ver multitud de animales acuáticos como si fueran inmensos acuarios naturales, y una casa azul colindante a la casa de mi abuela en Ferrol, que siempre se me antojó acuática.

Tras el desayuno, y descendiendo hacia el jardín de El Salvador para comenzar la batida, una frase en la calle Alfonso VIII nos advertía de que quizá nuestro empeño fuera inútil o profundamente erróneo, pues se trataba más de cantar que de soñar. De algún modo la frase tenía algo de interpelación vital en tanto que Xisela y yo tuvimos durante años un grupo de música en común, Las órdenes de mayo, que por el peso de la crianza de nuestro hijo y las obligaciones militantes habíamos abandonado. Pensé que quizá se trataba de un signo sobre la existencia de otras formas de uso del tiempo compartido más liberadoras, como componer canciones, y que podría ser una predicción de lo errado de nuestro juego psicogeográfico.

El parque de El Salvador fue el inició de la batida propiamente dicha. En el momento, no supimos encontrar el nombre del lugar en ningún cartel o indicación. Solo posteriormente, y tras una búsqueda por internet que no ha sido sencilla, pues no aparece ni en Google maps ni en planos turísticos de la ciudad, y en la que hemos tenido que recurrir a bucear en noticias de la prensa local, hemos podido saberlo. Este anonimato resulta revelador de la poca importancia que el jardín tiene para la autoproyección de la ciudad en tanto que mercancía turística. Es también cuanto menos curioso que el parque donde en sueños Xisela lograra escapar y salvarse de la presencia amenazadora que la perseguía se denomine El Salvador.
Como en el sueño, la puerta de escape de jardín estaba abierta, justo detrás de la fuente en la terraza más baja del mismo, en el lado oeste. De la puerta colgaba una cinta americana rota, parecida a la que se usa para cortar el paso en una obra o emplea la policía para impedir la entrada de curiosos a la escena de un crimen. Dedujimos que el parque era entonces una guarida de la bestia, una trampa donde ésta arrinconaba recurrentemente a sus presas hasta devorarlas, lo que acentuaba la sensación de claustrofobia terrorífica ligada al sueño original. Pero que la cinta estuviera rota representaba también la evasión victoriosa del peligro. En el muro, dos elementos innecesarios y únicos rompían desconcertantemente la monótona simetría. Un único hierro curvo que nacía de la piedra y terminaba en espiral y una bola naranja encajada en los adornos de la verja. ¿Quizá testimonios de los supervivientes que en sueños lograron escapar? Entonces además de Xisela debería haber, al menos, otro superviviente onírico del jardín.




Comenzando la batida, pronto nos encontramos con el punto número 10 que estaba marcado en el mapa: la plaza de El Salvador. A un lado, una pared con una grieta que nacía de una lámpara, lo que confería al resquicio el aspecto de un relámpago. Enfrente, un cartel vacío, como un signo del fracaso del lenguaje y la comunicación. En una extraña ventana con cerradura, pintada obsesivamente en francés la palabra louse (piojo). Cerrando la plaza, una iglesia con una puerta en ese momento perfecta para apoyarse a tomar el sol. Se respiraba en el lugar un cierto aire de invitación a la profanación religiosa, y el triángulo entre tres de los vértices simbólicos de la plaza, el cartel vacío, la iglesia solárium y los piojos me hacían pensar en el segundo canto de Maldoror: ese aullido de incomunicación atea que canta como Maldoror fecunda un piojo hembra para destruir a la humanidad. Pero el lugar no presentaba ninguna conexión o analogía evidente con ningún sueño (en mis sueños sí suelen aparecer tormentas como paisaje de fondo, pero el rayo por sí solo no decía mucho). Más tarde ese mismo día supimos que hasta dos veces las torres de la catedral de Cuenca habían sido impactadas por rayos que habían desencadenado portentosos incendios, lo que terminó de conferir a la plaza la solemnidad psicogeográfica de un memorial al terrorismo deicida.



Un poco después encontramos colgada de un muro un ancla. Un elemento marino fuera de contexto en la vigilia en una ciudad como Cuenca, pero quizá útil en los sueños, en tanto que la salida al mar es frecuente en las ciudades oníricas de tierra adentro. Yo mismo he soñado alguna vez con el puerto de Móstoles, donde el partido independentista catalán CUP tiene un acogedor bar-hotel.

En el sitio donde se había marcado el punto número 9, un muro de la calle Santa Lucía, nos topamos con el dibujo de un arlequín o juglar. Posteriormente pintadas similares de arlequines aparecerían por otros rincones de Cuenca. La imagen me inquietó mucho, pero en el momento no supe asociarla a nada. Sin embargo, de vuelta a Móstoles, y revisando mis cuadernos de sueños, encontré uno enormemente revelador del año 2006: junto con mi amigo Marcos penetraba en los túneles del metro. Allí nos encontrábamos a miles de obreros disfrazados de arlequines, portando antorchas en asambleas tumultuosas, y preparando a escondidas la huelga salvaje generalizada. Algunas de las vías del metro eran canales y había que desplazarse en góndolas, como una suerte de Venecia subterránea. Sin duda, los arlequines del proletariado insurrecto continuaban la labor del viejo topo en Cuenca.

Ascendiendo por las estrechas escaleras de la calle Moratín encontramos una serie de casas con las paredes ligeramente curvadas, como en ocasiones se presentan en los sueños, sometidas al efecto deformante de una lente. A los pocos metros hallamos otro objeto onírico, que también se distribuía con frecuencia por la ciudad: tachuelas en las puertas antiguas con forma de seno de mujer. Me transportó a la adolescencia, donde tuve un impactante sueño erótico con los senos de Xisela, que estaba muy lejos por aquel entonces de ser mi pareja, y la que en aquellos días era su mejor amiga. Ambas se bañaban desnudas en la confluencia de los ríos Tigris y Éufrates, y yo masajeaba sus pechos mojando pétalos de flores en el río. Del frote de los pétalos y las tetas emanaba un encadenamiento de perfumes deliciosos y muy intensos. Después ellas desaparecían y solo quedaban los cuatro pechos y mis manos, que seguí amasando un tiempo que en el sueño me parecieron horas. Como en aquel sueño, en Cuenca se aparecían senos sueltos de mujer, esta vez en la confluencia de los ríos Huécar y Júcar, los Tigris y Éufrates de nuestra Mesopotamia Onírica.


Al final de las escaleras de la calle Moratín, ya en la calle Canaleja, encontramos una suerte de monstruo informe encarcelado en un callejón al que se accedía por un portón con el número 4. Xisela sugirió que quizá se trataba de la presencia amenazante que había comenzado todo, a la que por fin se había dado caza, y estaba allí expuesta como en un zoo.


Doblando por la calle González Francés en descenso hacia el río Júcar nos topamos en un muro gris con una pintada amorosa, que decía “cruzaré océanos de tiempo para encontrarte. Sibir espera”. La promesa nos resultó hermosa por su tono poético, aunque inicialmente no nos remitiera a ninguna experiencia onírica concreta. Al final del día terminó revelando su sentido de descubrimiento epistemológico.

En la calle de El Retiro, una pared se nos presentó con las cualidades metamórficas y hermafroditas propias de los objetos oníricos, donde una cosa puede ser al mismo tiempo cualquier otra. Así claramente el descorche de la pintura formaba en el muro un rostro de perfil. A los pocos metros, nos cruzamos con una pareja que paseaba. Ella hablaba por el móvil y decía a su interlocutor: “está claro, estamos en dos ciudades distintas”. La frase nos llamó la atención por su contenido misterioso (es difícil imaginar el resto de la conversación en términos del sentido común establecido). Y porque parecía reafirmar como un sabio aforismo que la ciudad onírica y la ciudad museo eran dos planos de experiencia contrapuestos.

En el punto marcado con el número 8, esquina de la Calle Federico Muelas con Calle San Juan inicialmente no descubrimos nada digno de mención. Sin embargo, un examen más detallado nos reveló unos tags de grafiteros en una señal de tráfico que podían ser leídos como un mensaje de reverberaciones importantes: rompe ogar ETS. Rompe es el diminutivo que solemos emplear para hablar de nuestro proyecto político en Móstoles, Rompe el Círculo. Ogar fonéticamente nos remitía a hogar. En ese punto de la historia de Rompe el Círculo, y tras algunas tensiones internas desagradables entre corrientes que ya eran facciones, nos debatíamos entre clausurar el proyecto o seguir insistiendo. En medio de la zozobra, Cuenca nos ofrecía un consejo como a veces aconsejan los sueños: Rompe el Círculo era lo más parecido a nuestro hogar. Y por tanto debíamos seguir peleando por su continuidad.

Una pintada de Amor en una señal de STOP (STOP Amor) nos sugirió la importancia de un tipo de sueño, relativamente común en ambos, en el que se nos revela enamoramiento o deseo por una persona en sueños. Lo que en la vigilia es una simpatía creciente, pero todavía difusa y flotante, tras un sueño con esa persona, no necesariamente erótico, se convierte en una atracción sexual o afectiva irresistible. Como si el sueño nos hiciera parar y darnos cuenta de que ahí está el amor.

Subiendo más tarde por la calle Andrés de Cabrera, y quizá removida por el descubrimiento del tesoro número 8, Xisela fue repentinamente asaltada por un recuerdo onírico importante: “no había caído hasta ahora, pero la casa de las fiestas es Rompe el círculo”. Lo manifestó visiblemente sorprendida por la reacción en cadena de asociaciones que se estaba produciendo en su memoria. El edificio en el que desembocó su sueño premonitorio, que posteriormente se convirtió en un lugar onírico altamente frecuentado (Xisela vive sus sueños habitando escenarios oníricos recurrentes que van unificándose poco a poco en un gran territorio común), y que hasta entonces ella llamaba la casa de las fiestas, era realmente nuestro centro social. Con una primera planta para hacer fiestas, un bajo que se abría a la calle en forma de bar-tienda cooperativa y un tercer piso más centrado en actividades políticas. Justo en el punto donde el recuerdo se reveló, una pequeña plaquita en la pared decía “Cuenca a plena luz”. Como si ese fuera el lugar donde emergen del oscuro inconsciente, a plena luz, descubrimientos deslumbrantes.
Siguiendo la calle Andrés de Cabrera hasta su conversión en Alfonso VIII dos hallazgos que nos parecieron intuitivamente vinculados con lo onírico pero en los que aún no hemos sabido encontrar ningún hilo suelto: una ventana que dejaba ver unas cortinas entre las que bailaban múltiples manos y la palabra coral, escrita en tiza. Como la dialéctica de los sueños es compleja, quizá Cuenca también haya emitido señales a los sueños de las noches futuras, que aún están por llegar.



Sorprendentemente, y en uno de los azares objetivos más fascinantes de la jornada, pues los puntos del plano fueron señalizados con los ojos cerrados, el tesoro número 4, el cruce de la calle Alfonso VIII con el convento de Las Esclavas, marcaba el lugar exacto de la casa de fiestas descubierta ocho años antes, que apenas unas calles atrás acababa de ser recordada como el local asociativo Rompe el Círculo en la ciudad onírica de Xisela. Esta casualidad nos pareció profundamente significativa. El bajo del edificio estaba ocupado por una suerte de pequeño bar pastelería, llamado La anteplaza, muy parecido al que la gente más optimista del colectivo quería abrir en el nuevo proyecto, si es que este finalmente sobrevivía y continuaba su andadura. El nombre nos remitía vagamente a una suerte de retaguardia del espíritu de las plazas ocupadas del 15m, acorde con el planteamiento que algunos defendíamos para el futuro del ateneo. A unos metros, en la tapa de un cuadro de luz, pudimos leer la pintada Niños Salvajes: un guiño simbólico al origen prehistórico del proyecto, el grupo de gamberrismo ilustrado y descolonización de la vida cotidiana Huérfanos Salvajes, que visto retrospectivamente había perdido su orfandad política (en el sentido de desorientación sin referentes ni arraigo) en la construcción y gestión de un espacio como Rompe el Círculo. Como ocurre con algunos sueños que sirven para acentuar voluntades y tomar decisiones, toda esta constelación de descubrimientos alrededor del punto número 4 del plano, en alineación con el número 8, asentó en nuestro ánimo fuerzas renovadas para revertir la decadencia del proyecto político al que habíamos unido la última década de nuestra vida.



El descubrimiento había sido tan abrumador que estuvimos tentados a encontrar otros lugares de la ciudad onírica de Xisela. Especialmente “la casa de Nati”, un edificio que en su parte trasera tiene un patio de luces al que asoma una pequeña terraza y tiene plantado en su centro un enorme agave que hay que utilizar para descender desde las plantas elevadas. Y cerca de allí la calle donde se ve la curvatura de la tierra. Durante toda la parte de la batida que nos llevó de la Plaza Mayor hasta la zona más alta de la ciudad escudriñamos cada rincón con la obsesión de encontrarlos. Hasta el punto de que quizá bloqueamos la percepción para otros descubrimientos menos predeterminados. Una vez alcanzada la parte más elevada de la ciudad, nos dimos cuenta que había sido un esfuerzo en vano.
Una vez en la zona más elevada, en la calle Trabuco, la X número 2 marcada en el plano nos señalaba un patio profundo como un pozo que abría un hueco imprevisto entre las casas. En el fondo del patio, un árbol. Abordado el lugar horas más tarde desde otro ángulo, más lateral, vimos que el árbol estaba protegido por dos muros cerrados, como si se tratara de un objeto sagrado, peligroso o muy preciado. Al final del día supimos que ese patio profundo era una reminiscencia arquitectónica del antiguo foso de la ciudad.
Saliendo después por el Arco de Bezudo y cruzando el puente de entrada que salva el foso de la ciudad, se encontraba el tesoro señalado con el número 1 en el plano, un poco antes de que la calle Trabuco se bifurcara en el camino de San Isidro y la Calle Larga. Justo allí, un cartel anunciaba el comienzo del Sendero del Agua Encantada del Júcar. El hallazgo parecía de por sí atractivo por el mismo nombre de la senda. Pero unos segundos más tarde se convirtió en un hiato de belleza estremecedora: bajo el ojo del puente, apenas a unos metros del cartel, una cascada onírica de estalactitas de hielo. Pura expresión de agua encantada. Tras el descubrimiento del tesoro número 5 horas después cabría interpretar este lugar como la fuente de la eterna juventud.



Unos metros más allá, y explorando un poco el sendero del Agua Encantada, la hoz del Júcar se me presentó presa de una potente alucinación onírica. Vistas de lejos, las formas de las rocas se asemejaban a moais rapanui esculpidos en la montaña. Las figuras de moais de isla de Pascua, que me han fascinado desde pequeño, suelen presentarse en mis sueños con cierta frecuencia, aunque siempre a distancia, inalcanzables, como de fondo. La última, uno en el paseaba con mi padre buscando el mar y en el que los montes que rodean Ferrol estaban repletos de moais combinados con otros tótems y enormes atracciones de feria en ruinas.

De vuelta a la ciudad, en la entrada de la puerta de Bezudo, reparamos en un plano quemado en el que el dibujo de las calles se había ennegrecido y distorsionado, como ocurre con las ciudades familiares en los sueños.

Los siguientes pasos de la batida nos regalaron algunos jirones de sustancia onírica que todavía no hemos sabido descifrar: un dibujo con la frase “nos alimentamos de luz”, quizá una oda a la fotosíntesis o una imagen con una ambición simbólica más sofisticada; también un cántaro semienterrado tomando el sol, como si acopiase luz para un banquete.


La ola onírica de Xisela encarnada en casa, que habíamos intuido vagamente en la calle Mosén Diego de Valera, se mostró sin ningún género de dudas en la parte de la calle Trabuco que desciende estrecha y peatonal por la ladera de la hoz del Júcar, junto al mirador Camilo José Cela. Allí una casa blanca, alrededor de un balcón de madera, de la que colgaban más de una docena de figuras de animales acuáticos: pez martillo, tortuga, pulpo y otros muchos peces como los que se podían observar en las paredes de agua semidetenidas de los sueños de Xisela. Unos metros más al sur, en el mirador, una pequeña placa con una cita de Camilo José Cela, que a pesar de encontrarse en las antípodas del surrealismo, nos pareció muy bien afinada con la música de la batida y el sentido de su búsqueda: “Caminando Cuenca al viajero le brotan de súbito alas en el alma, mundos desconocidos en el mirar”.


Como en un altar de frases, descubrimos alrededor del mirador algunas pintadas convencionales, típicas de jóvenes con deseos de abrir su percepción, pero que condimentaban bien el momento y su misión: “instantes” “desaprende” “desintoxícate de la realidad” “vuelve a nacer”. También otra menos evidente “soy exactamente lo que nadie está buscando”. Esa frase nos hizo sentir la tristeza de que un comportamiento como el nuestro fuera seguramente muy extravagante entre los muchos turistas que paseaban esa mañana Cuenca. Lo que nos llevó a pensar en cómo eso hablaba mal de las posibilidades emancipatorias de nuestro tiempo.



Tomando la calle Severo Catalina, frente a la Fundación Antonio Saura, estaba el tesoro señalado en el punto número 3: un banco, que tenía adheridos una serie de mensajes. “El banco más sostenible del mundo”, como se hacía llamar, lucía una alerta de “atención nota importante, aviso de paso”. Que ese aviso de paso importante se encontrara en unos de los puntos marcados aleatoriamente en el plano se nos antojó hermosamente perturbador, y prestamos la máxima atención.


Había dos citas, una de Ítalo Calvino, de Las ciudades invisibles:
“El infierno de los vivos no es algo que será; hay uno, es aquel que existe ya aquí, en el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Dos maneras hay de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de no verlo más. La segunda es peligrosa y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer qué y quien, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar, y darle espacio”.

La otra de Jung. Es sabido que Jung es uno de los onironautas más importantes de la historia moderna:
“Aquellos que no aprenden nada de los hechos desagradables de sus vidas, fuerzan a la consciencia cósmica a que los reproduzca tantas veces como sea necesario para aprender lo que enseña el drama de lo sucedido. Lo que niegas te somete. Lo que aceptas te transforma”.

Como necesitábamos reposar la intensidad de lo vivido, y se acercaba la hora de comer, decidimos poner en pausa la batida, dando aun un pequeño rodeo por el barrio de San Miguel hasta encontrar un restaurante más económico y menos atestado fuera del casco viejo. Por el camino, sin pretenderlo, realizamos algunos descubrimientos distraídos: una pintada que enunciaba un “amor consciente hacia todo”; una placa de “la unión y el fénix español”, que luego supimos que se trataba de una desaparecida compañía de seguros, pero en el momento nos sugería la sede de una sociedad iniciática fascista. En el restaurante, que estaba adornado con grabados de elementos pintorescos y emblemáticos de la ciudad, como las casas colgadas, casualmente el camarero nos sentó justo debajo de un pequeño dibujo de La casa de las fiestas-Rompe el Círculo.

Tras una breve siesta en el hotel, retomamos la batida un poco antes de las cuatro de la tarde. En la subida de la calle Alfonso VIII, en el punto marcado en el plano con el número 7, encontramos la entrada a un parking: un enorme túnel que se abría como una boca o cueva que penetraba en las entrañas de ciudad. Animé a Xisela a sospechar que quizá el tesoro no se encontraba solo ahí, ya que como es propio en una ciudad-escalera como Cuenca, construida a varios niveles, debíamos considerar las tres dimensiones del espacio. Y justo encima de la entrada del túnel se podía ver una plaza con un balcón. Llegamos a ella, la Plaza del Carmen, y descubrimos en el suelo el dibujo de una concha-espiral, que se situaba justo por encima de un punto en el que túnel por debajo del suelo había recorrido una decena de metros. Ambos elementos se asociaron inmediatamente en mi mente con un lugar que ya habíamos visitado, no en sueños sino en la vigilia, pero en un estado de fuerte ensimismamiento erótico, y era muy importante en nuestra historia amorosa: el palacio de Quinta da Regaleira, en Sintra, y su pozo de iniciación, al que se accede por un túnel. Más tarde, reflexionando sobre este hallazgo, me he dado cuenta que la arquitectura del túnel que penetra en las profundidades y el ascenso espiral a la superficie es exactamente la arquitectura de muchos de mis sueños. Cada cierto tiempo tengo lo que he denominado sueños por capas: normalmente pesadillas, de las que voy despertando en una cama, pero en otros sueños, que ya no son pesadillas pero tampoco sueños agradables –es habitual que remitan a reflejos vacíos y empobrecido de la cotidianidad consciente, como mi propia casa o la de mis padres- y que tengo que ir atravesando esforzadamente hasta lograr salir. En ocasiones he tenido que cruzar hasta cuatro capas de sueños, como giros en una escalera de caracol, para lograr ascender a la vigilia. En el proceso, el sueño se vuelve progresivamente lúcido: sospecho que sigo soñando y busco pruebas de ello. En raras ocasiones aprovecho la lucidez para explorar y disfrutar del sueño, porque normalmente suele primar un sentimiento de angustia motivado por la pesadilla inicial de la que se huye como de la asfixia. Suelo terminar saliendo de la última capa forzando mucho el sueño. Un truco que me sirve de unos años a esta parte es saltar dentro de un espejo.


Entre la plaza del Carmen y el mirador de Mangana hallamos una pintada que decía, sencillamente, “te quiero 4”. Asociamos el 4 amado con el número del callejón en el que por la mañana encontramos a la bestia de la pesadilla de Xisela encerrada. Como un grito de celebración de los habitantes de la ciudad onírica de Cuenca ante el peligroso minotauro por fin domeñado. Unos metros más allá, un nuevo arlequín nos insinuaba que el topo de la revolución proletaria seguía su trabajo.


Desde el mirador de Mangana, además de una vista impresionante de la hoz del Júcar intensificando sus colores ante la caída de la tarde, pudimos ver un pequeño campo de fútbol que parecía estar incrustado entre los tejados. De adolescente soñé una vez jugar un partido de futbol entre tejados. El barco-hotel, uno de los edificios más singulares de la ciudad onírica de Xisela, con doble escalinata y ascensores en diagonal, tiene por techo un estadio.

Un poco más tarde, ya en la Plaza de Mangana, la torre homónima, que se alza sobre una gran explanada tipo plaza dura recién restaurada, y que oculta en el subsuelo las ruinas del antiguo alcázar árabe, se me pareció en su desconcertante y misteriosa soledad, en su radical falta de contexto que justificara su presencia, como un elemento radicalmente onírico. Hay algo en esa torre más propio de un faro que de una torre, como afirma Lurdes Martínez de la Torre de las Galerías Piquer, en Lavapiés. Que hubiera albergado el reloj de la ciudad desde el siglo XVI nos hace pensar en una suerte de faro del tiempo. A unos metros, una suerte de escultura abstracta fea y absurda, que sostiene por el cruce de diferentes cuerdas un cubo de aspecto metálico en el aire, terminaba de dar a todo el complejo una atmosfera alucinada. Más tarde supimos que se trata de algo tan ridículo como el monumento a la Constitución del 78 más grande de España: “Estructura plural y unitaria en equilibrio por tensiones contradictorias sobre una base de gran firmeza” según Gustavo Torner, su autor.

Saliendo de la plaza Mangana en dirección al penúltimo tesoro que debíamos encontrar, nos topamos con una cita de Jesús Antonio Rojas, poeta y galerista conquense, con ecos sobre el poder paradójicamente contradictorio del sueño, que rompe y a la vez repara la psique humana: “cada noche se me desgarraba el corazón, pero a la mañana siguiente amanecía entero”.

El punto señalado con el número 6 en el plano resultó ser la plaza de la Merced. A un lado de la plaza, el Seminario Conciliar de San Julián, del que vimos entrar a un grupo de seminaristas jóvenes. Enfrente, el Museo de las Ciencias de Castilla La Mancha. Inicialmente, no supimos ver nada oníricamente significativo en ese lugar. A nivel de intuición poética directa, se traba hasta entonces del punto señalado en el mapa más pobre de la batida. Por ello no tenemos documentación fotográfica. Horas más tarde, y pensando en la Plaza y su anodino significado, el enfrentamiento arquitectónico de dos cosmovisiones tan contrapuestas como un seminario católico en activo y un museo de ciencias naturales de cierta importancia me pareció relevante. Me recordó a la disposición de los pabellones enfrentados de la URSS estalinista y la Alemania Nazi en la Exposición Universal de Paris de 1937 y su, al mismo tiempo, real pero aparente hostilidad. Para el tema que nos ocupa, el significado y el valor del sueño en la vida liberada, interpreto ahora la plaza como una oportunidad para confirmar el planteamiento correcto del surrealismo al respecto, que se organiza en oposición beligerante a una doble carencia: la de la aproximación religiosa al sueño como la revelación espiritualista desde un plano trascendente, más allá del mundo material, y la lectura cientificista vulgar del sueño como proceso fisiológico neuronal de procesamiento de la memoria sin ningún significado de importancia para la vida de las personas.

Finalmente, tras cruzar la plaza de la Catedral y deambular un rato por las callejuelas que zigzaguean a su sombra, llegamos a la Plaza de la Ciudad de Ronda, último tesoro marcado en el plano, el número cinco. Tres son los elementos desconcertantes que nos sugirieron algún tipo de vínculo con el mundo de los sueños. A la entrada de la plaza, encontramos cubos de hielo a los pies de un árbol, como si este diera frutos glaciales. Hace unos años, Xisela tuvo un sueño en el que nos encerrábamos una serie de amigos en bloques de hielo enterrados, como búnkeres, para no tener que sufrir el drama del pico del petróleo. ¿Será el fruto de la eterna juventud un fruto de hielo? ¿Sería la cascada del tesoro número 1 su fuente? A los pocos metros, de nuevo otra figura similar a los arlequines ya entrevistos por otros rincones de Cuenca, en una estampa manifiestamente onírica. Finalmente alzamos la vista y vimos la plaza entera gobernada por una inmensa frase en latín: omnia mortalium opera mortalitate damnata sunt. Un fragmento de las cartas morales de Séneca a Lucilio, que se podría traducir por “todas las obras del hombre están condenadas a perecer” y que hacía referencia al incendio que destruyó la ciudad de Lyon en el año 65. Parece que la ilusión del hielo de la eterna juventud quedaba refutada por el implacable beso de fuego del tiempo. Además, soñar mi propia muerte, de las más diferentes formas, ha sido una constante durante toda mi vida. Sin duda, algo que ha ayudado a reafirmar una conciencia de límite que considero el fondo de verdad desde el que apoyarse necesariamente para una apertura al mundo apasionada. No por casualidad el primer verso del hasta ahora único poemario que he aceptado publicar rezaba así: “morirás en solución de continuidad”.





En ese lugar, y con todos los puntos con tesoros visitados, dimos por concluida la batida. Faltaban apenas 15 minutos para el comienzo de otro paseo, más convencional, que partiría de las escaleras de la catedral para recorrer junto con otros turistas y un guía el casco viejo de Cuenca por la noche. La intención era complementar nuestra exploración singular con alguna información histórica general que nos pudiera ser útil para terminar de armar el mapa de nuestra geografía onírica. De toda la información proporcionada, además de anécdotas como la de los rayos caídos sobre la catedral, o la ubicación original del foso, una nos pareció especialmente deslumbrante: la existencia de los llamados popularmente “rascasuelos” en oposición a los rascacielos. Los “rascasuelos” son edificios del barrio de San Martín, al borde del barranco de la hoz del Huécar, en el que la planta baja a nivel de la calle se convierte en la planta cuarta o quinta vista desde el barranco, porque los edificios, además de elevarse en altura, han crecido hacia abajo escarbando en la tierra y proporcionando miradores impresionantes sobre el barranco y el río. Hacer habitable sucesivos niveles del inconsciente para acceder a la contemplación vertiginosa de lo maravilloso: ¿qué otra cosa estábamos haciendo allí, con este ejercicio de geografía onírica? ¿En qué otra ciudad tendrían más sentido, como analogía de todo un comportamiento liberador, la existencia de “rascasuelos” que en el casco viejo de Cuenca?

Emilio Santiago Muíño, con la colaboración y revisión de Xisela García Moure. Julio 2018.