En febrero de 2018 mi mujer Xisela y yo decidimos hacer un viaje a Cuenca de un fin de semana, lo que suponía revisitar la ciudad en el que siete años atrás vivimos juntos un hecho maravilloso, que reclamaba una investigación más honda. En noviembre de 2011 Xisela y yo viajamos a Cuenca. En su caso, por primera vez. En un momento del paseo por el casco antiguo, ella se dio cuenta que había soñado con antelación con ese lugar, en el que jamás había estado. Xisela es una persona profundamente escéptica hacia cualquier fenómeno de lo real que contradiga el sentido común científico. Por ello su iluminación me pareció de enorme valor desde una perspectiva surrealista. Se trataba de un lugar que hoy sabemos que se llama el jardín de El Salvador: un pequeño y sobrio parque rectangular vallado y rodeado de setos, en estado de semiabandono, en el cruce de las calles Solera, Capellán Moreno, Caballeros y Melchor Cano.

En su momento no retuvimos el nombre, que hemos averiguado posteriormente para escribir este documento. Antes de entrar en el jardín Xisela me relató su sueño visiblemente afectada, en términos parecidos a estos:
“Huía y llegaba justo a este parque, que tenía exactamente estos mirtos, aunque un poco más tupidos. Había una presencia que me perseguía. Sabía que no podía estar ahí pero no encontraba la salida. Me escondía entre los mirtos. Tras un tiempo de espera asustada, más abajo, lograba encontrar la puerta de salida, cerca de una fuente. Sabía que una vez fuera del jardín la presencia no podría hacerme daño. Entonces subía una cuesta con callejuelas estrechas y llegaba a la casa de las fiestas, que es un lugar recurrente en mis sueños. La casa de las fiestas es un edificio de tres plantas, y en la primera se celebran fiestas”.
La impresión de que estaba regresando a un lugar que había conocido en sueños se le impuso a pesar de su propia incredulidad. Lo verdaderamente sorprendente fue que pudo anticipar algunos elementos, lo que dio a su iluminación un carácter desconcertantemente objetivo. No solo había una fuente muy cerca de la puerta de salida que todavía no habíamos visto, sino que unas calles más arriba encontramos un edificio que Xisela reconoció como la casa de las fiestas.

Guardamos aquel episodio de interferencia entre sueño premonitorio y vigilia como una joya experiencial. En algunos momentos, buscando una explicación racional a aquel encuentro abismante, llegamos a especular con la existencia de una suerte de memoria familiar hereditaria, todavía no descubierta por la neurociencia ni la genética, dado que el abuelo materno de Xisela había vivido de joven en Cuenca durante un año, bastante antes del nacimiento de su madre.
Como herramienta que nos permitiera profundizar en aquel hecho que tanto nos había impactado, propuse a Xisela hacer una batida psicogeográfica por el casco antiguo de Cuenca que tuviera en la exploración onírica su grial maldito. A diferencia de una deriva psicogeográfica, una batida tiene uno o varios objetivos de búsqueda prefijados. Como una suerte de investigación paleolítica que solo puede alcanzar su verdad cazándola o recolectándola.
Desayunando en el café de Los Arcos, en la Plaza Mayor, establecimos una serie de reglas básicas que nos permitieran enfrentar la batida como un juego. Sobre un plano turístico del casco antiguo, marcamos cada uno cinco puntos al azar, con los ojos cerrados, y los numeramos. Un procedimiento que ya había probado previamente en Valencia con una amiga y en Aranda de Duero con la propia Xisela y que en ambos casos tuvo efectos asombrosos. En los puntos marcados debíamos encontrar alguna pista, indicio o señal reveladora, que esta vez tendría que estar relacionada específicamente con el mundo de los sueños. La idea de localizar previamente los yacimientos oníricos, como si fueran tesoros, era educar la mirada para lo maravilloso común. Empujar a despertar todas aquellas riquezas de lo posible que tendemos a despreciar. Curiosamente, aunque no siempre fue evidente de inmediato, en todos y cada uno de los puntos descubrimos algo que hoy podemos considerar un tesoro, aunque es obvio no en todos ellos lo maravilloso resplandecía con la misma intensidad.

El punto cero de la exploración sería el jardín de El Salvador. Además, para evitar un callejeo demasiado condicionado por la presencia de esos supuestos tesoros, decidimos introducir normas en la caminata. Recordamos un sueño en el que Xisela, intentando enseñarme a tocar la guitarra, me explicaba “que en esa canción la guitarra había que cogerla en el sentido contrario a las agujas de la noche”. Supusimos que la enigmática frase nos ordenaba caminar en sentido contrario a las agujar del reloj. Pero para evitar bloqueos sin salida, los muros permitirían volver sobre los pasos y girar el rumbo. Lo mismo que los encuentros con tendales de ropa en uso. En un casco antiguo casi despoblado, un tendal es un símbolo de vida que anima a la irrupción de las rutinas. Dicho esto, aunque la regla primó la mayor parte del tiempo, no siempre fuimos fieles, desviándonos aquí y allí si algo despertaba poderosamente nuestro interés.
Respecto a los tendales de ropa, Cuenca es el prototipo de ciudad turística española de provincias. Un enclave medieval de la España vaciada, relativamente cerca de la capital, que sobrevive, en parte, usufructuando su belleza antigua en las visitas fugaces de madrileños que deciden escapar de la metrópolis y su asfixia y tomar aire vital por un fin de semana. Los propósitos que movían a los otros turistas eran seguramente menos excéntricos que el nuestro. Pero los efectos dañinos que provocábamos sobre la ciudad eran muy parecidos. No obstante, defiendo que un moderado número de visitas en la vida a sitios bonitos y cercanos como Cuenca, quizá una visita por estación del año, motivadas por propósitos íntimos potentes, sean extravagantes o no, y siempre y cuando la economía y la vida del lugar no se vea secuestrada por el monopolio turístico, pueden estar bastante cerca de un punto de encuentro óptimo entre derecho a la ciudad y derecho a la poesía. Hicimos esta constatación en Cuenca al mismo tiempo que poníamos a prueba la canónica creencia surrealista de la potencia reencantadora de los sueños, que no nos decepcionó.
[i] Julio Monteverde (2011) De la materia del sueño, Logroño: Pepitas de calabaza, pág. 31.