Un jardín de rosas funciona bajo el mismo principio que una función de ballet, pero en el mundo vegetal: la expresión profundamente refinada, y por tanto aparentemente inocente, de la crueldad humana. El rizo barroco de un proceso violento de domesticación en pos de un segundo de gracia al servicio de miradas peligrosas y llenas de hartazgo. Redireccionar la realidad al servicio de un capricho que rara vez es sincero. Nuestro acervo cultural nos incita a ser un Degas de estas bailarinas de colores y aromas y convertirnos en monstruos. En el jardín del Paseo Pintor Rosales, sentí en mis ojos el escalofrío del tirano.
