Soberbias

Una masacre de risas para exprimir. Las mujeres que beben, fuman y ríen despreocupadas, como imperios en su esplendor, en las terrazas de  La Latina. Lo chillan hasta en la postura de sus cuerpos: tienen más que la pizca de segundo que hace falta. Esas mujeres que parecen tan saturadas en orgasmos. ¿Hay un nido en cada escote? ¿Hay un vergel debajo de ese vestido estampado? Sería tan fácil que me enamorase de ti y de cualquiera a la mínima que levantara los pies del suelo. Comisuras de los labios para asesinar la noche. Vidas y saludes enteras para estropear el final del baile. La torre de la Iglesia de San Pedro el Viejo como un peñón con el que orientarnos en la madrugada, que será de niebla, y los faroles temblarán avergonzados de encarar la oscuridad.  Se agitan las botellas de champán de los sueños húmedos que laten al fondo de nuestro cerebro reptil. Lujuria a bocajarro y sexo en carne viva, como un paquete bomba damos tumbos por la Cava Baja ungidos en éxito.

La soberbia de nuestros cuerpos jóvenes y bonitos, que van a cada paso profanando tumbas.

El motor a pleno amor sin antídoto. Y el verano  tropezado en la plaza de la Cebada y el  mercado de la Paja. Aquí la noche, especialmente si crees que estás enamorado, es un charco de lluvia que se seca muy rápido, y todo tiene siempre esa sensación de caer por un despeñadero. La fugacidad se vuelve absolutamente intratable.  Y hoy creo que todavía paseo por La Latina como si la taberna de tu padre no hubiera cambiado de dirección, o como si me debieras unos versos (porque la culpa de quererte fue sólo mía), o tus imposibles, o como si tuviera que certificar que existe una segunda oportunidad para cometer el error que no cometimos, oportunidad que ya no me interesa, pero fantaseo con malgastar.


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