
El enamoramiento de los árboles es uno de los más tristes del mundo. Al estar anclados a un sitio, les cuesta mucho poder tocar a su amante. Sólo después de muchos años sus ramas pueden acariciarse y, a pesar de ello los jardineros, como miserables sacerdotes, suelen hacer todo lo posible para impedir el amor. Sin embargo este árbol de la calle del Pez en Madrid, ha desarrollado un órgano nuevo para salvar la distancia oceánica que media entre él y su amado: brazos de pintura, para abrazarlo cuando no mira nadie.