El Retiro, resumido

Incluso una tarde de febrero en esta ciudad coronada con smog fotoquímico puede ser suficientemente soleada como para escuchar mentiras de eternidad en cada poro del mundo, que hace frontera con tu espalda tumbada en el césped y ella a tiro de beso. En el Retiro, que es propenso a lo repleto, donde parece que algo bueno está cuajando poco a poco, donde todas las tardes se confunden (y los continentes se mueven más rápido que esta sensación de indiferencia entre ayer, hoy o aquella tarde de mi infancia en la que mis padres me trajeron a la feria del libro y todo parecía más grande). Durante momentos de aquel día de invierno suave el presente abarrotó la realidad, llenándolo todo, hinchándose hasta cegarnos, como si no hubiese tiempo. El aire vendado en sedas de luz.

También horizontes de tambores o convocatoria (como bailar sin dar órdenes a las partes de tu cuerpo que habrán dejado de ser partes) los domingos por la tarde. Mañanas para que el mundo te parezca recién salido del oscurantismo tras un verso (“la naturaleza solo son partes sin un todo”). O como dice en otro libro “los sentidos me tiemblan: Siento que soy capaz y la plasticidad del día capto”. Noches para cruzarlo en la oscuridad y dialogar con todas las máscaras de las sombras.

En el Retiro, los pensamientos son dones. Simplemente te paras y recoges uno, como aforismos para masticar durante toda la vida:

-El mundo está repartido.

-La quietud de un segundo.

-¿Quién me juzga?

-Somos necesariamente ideológicos.

Y en verano las oportunidades parecen un regalo en el que te puedes descuidar y la vida habla la lengua de las excusas perfectas. Con tu amante, todo se vive como una partida de póker. La felicidad se torna voluptuosa, materialmente carnal, grávida de muslos, senos y labios, ensordecedoramente consciente y, sin embargo, fresca como el césped entre sus  lindos dedos del pie y no más aparatosa  que un susurro, con una voz casi  de lluvia que chapoteara: esto sí es el amor que aquí, en otro rumbo de otro tiempo, fingiste sentir.

Y es que lo supe en el Retiro, una tarde de Junio. Donde el suelo nos rezaba para que lo salváramos de su caída al centro de La Tierra. Mucho de lo que escribí para otras sólo lo vivo contigo. Así me afano en ti con todos los trucos que probé en las otras. Porque hasta llegar a ti todo parece un ensayo. Entonces lo descubrí: ¿Qué eres si no eres la voz indicada para bajar la guardia? Con mi defensa hecha pedazos dictaminé: esto es amor. Así que desovilla mi pecho, y haz una manta para que pasemos juntos los inviernos y las noches profundas, jugando al escondite con la muerte, que es, en última instancia, lo mejor que pueden hacer los amantes.


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