
Malasaña en estado de sitio, para impedirnos la alegría del disturbio, como hicimos aquella vez en la avenida de la Complutense, y en la calle Montera, y en la calle Alcalá, buscando otro lado a esta derrota tan asumida. Citas a ciegas en el metro de Tribunal y ni siquiera me divierto como para burlarme de alguna de esas estúpidas chicas sofisticadas, que se sienten vanguardia por visitar la Moriarty. Otras veces, a partir de las tres de la mañana, puedo hablar por la calle con muchachas desapercibidas, de pechos de nata y sonrisa agradecida, que comen tallarines y les gusta oír programas deportivos en la radio. También con cantaores como torreones en ruinas o con hombres que mastican cristales. Sensación de estar, al doblar cada esquina, al borde de un reencuentro capaz de superar esos minutos de preguntas de mierda sin despedirse. Y así acabar desafiando el movimiento de rotación del planeta. Pero la noche sigue girando y al final nos expulsa. Malasaña es una larga marcha sin líder por los territorios de las tentaciones conocidas, una reunión de nómadas que callejean por decenas de bares cada madrugada buscando abocarse, pero sobre todo un campamento de refugiados, que no se desplazan por el espacio, sino por el tiempo, a través de años que nos prometieron frenéticos, pero son simplemente desarropados.