El triángulo central

Fotografía de libre uso de Jorge Díaz, descargada de Wikimedia Commons.

Gran Vía, Alcalá y Preciados son las calles que configuran el triángulo central que sostiene la ciudad, pero  no en su faceta de comunidad de convivencia, sino de cortocircuito de imágenes y fatiga. Bullicio. Una pirotecnia mojada de deseos, que apenas estalla, y cuando descarga, casi  nunca sobrevive al alud incesante de estímulos sin salida. Donde todos van y nadie llega a ningún sitio. Los instintos, desbocados por laberintos sin aire, son domesticados hacia un único gesto: comprar, por ejemplo un gofre, un juguete sexual, entradas para un monólogo, porque los amigos con sentido del humor están en peligro de extinción.

En Oregón hay hongos, como la seta miel, que siendo organismos individuales pueden llegar a ocupar casi 890 hectáreas de superficie terrestre, destruyendo y colonizando toda la diversidad que se encuentra a su paso. En el triángulo central de Madrid hay un hongo de este tipo que se llama Corte Inglés. Da igual hacia donde gires, su  presencia  infame es constante. Edificios que parecían ajenos, son también parte de este entramado cancerígeno. Las dependientas fuman un cigarro en las salidas de emergencia charlando con los guardias de seguridad con aires de funcionarias, la bandera corporativa ondea en lo alto.  Una micro-nación a punto de convertirse en un Estado independiente no debe generar un clima emocional muy distinto.

Así pues resulta verosímil que en el imaginario popular se extendiese la leyenda de que Cortilandia es una excusa para raptar niños, que las mascotas  llevan engañados hasta el callejón de Preciados, donde son arrojados a través de unos tubos a los sótanos para ponerles a envolver regalos en la campaña navideña. Cualquier economista lo sabe: el único secreto del desarrollo económico para una nación que se acaba de independizar son las largas jornadas de trabajo infantil.

Dos turistas se hacen una foto sonrientes en la puerta del Hotel Regente, del que acaban de salir. Lo veo y me hundo, porque un gesto tan banal podría darse entre mucho gente que amo. Unos segundos más tarde, bendigo a los vándalos que destrozaron la Sirenita de Copenhague, porque una foto que demuestra que has estado en un sitio que nunca te ha importado demasiado no debería ser compensación de 11 meses de trabajo. Zozobro. Y me agarro al recuerdo infantil del temor, y a la vez la fascinación, que me producían los grandes respiraderos del Metro. Me agarro a las tardes de caza y recolección robando libros en la FNAC. Me agarro a las respuestas que dio mi cuerpo, sin pensar, en  algunos disturbios, a los que la calle Montera es tan propensa. Me agarro con la mirada al puente de la Plaza del Carmen que nadie usa, tan inútil que se convierte en uno de los monumentos más hermosos de Madrid para cualquiera que sepa responder a la pregunta por el sentido de la vida. 

La Plaza del Carmen, que tiende a ser un buen lugar para las respuestas tácticas. En las tardes de sábado, que son ofrendas de amor, y en las noches iluminadas bajo una luna llena de olor a combate. Licantropía de la revuelta y construcción hormonal del espacio. El papel que tiene la adrenalina cuando juegas al gato y al ratón con la policía: los objetos cambian de tamaño, las distancias se hacen mucho más cortas. Recorres tus pasos días más tarde, y eres incapaz de reconocerte.

Por si acaso, un ojo policial te observa en el cruce de Montera con Aduana. Como observaba Maldoror a los náufragos en la costa, esperando con un fusil para evitar su supervivencia. No sé cómo, pero llegará el día D. Desembarcaremos en Normandía, y empezará la liberación. Expropiaremos  la continuidad de la continuidad.


Deja un comentario