A la sombra de dos baobabs

Independientemente de cualquier consideración sobre su simbolismo económico o político,  los dos pequeños rascacielos de la Plaza de España funcionan, en la cartografía imaginaria  de la ciudad, como una suerte de gigantescos baobabs. A su sombra hierve un ecosistema psicogeográfico endógeno, particular y diferenciado, especialmente bajo la influencia del edificio  España, cuyo influjo alcanza, aproximadamente, hasta la calle San Bernardo por el este, la plaza de las Comendadoras al Norte y la calle del Conde Duque al Oeste. Esto es, casi todo el denominado barrio de Noviciado.

Son mayoría los que consideran que Noviciado debe ser incluido dentro de Malasaña como una unidad de ambiente unificada por la actividad de ocio nocturno. Tienen ciertos elementos comunes. Pero la calle San Bernardo funciona como una fuerte frontera. Malasaña es el ruido y la espuma,  las noches  descaminadas sin secretos, de ojos de madrastras descorchados con punzones, de bandazos, vómitos y rabia de jauría, pero todo teatral. El chapoteo se pierde a medida que uno entra en Noviciado, cuyo efecto se asemeja, quizá por contraste, al de un gran patio interior de una ciudad monástica: sosiego, maduración del tiempo, tardes acampadas y horas anidadas.

El esnobismo artístico-cultural de Noviciado es más joven, y más cándido, que el de Malasaña, y por tanto mucho más soportable. Aunque comienzan ya a dar signos inequívocos de promoción en la jerarquía cultural se mantienen aún lo suficientemente periféricos al espectáculo como para no configurar una neo-movida madrileña, quizá al menos hasta el retorno al trono de Madrid de Tierno Galván. Y hay  que reconocer que,  al igual que sucede en otras ciudades como Valparaíso, la actividad de los autodenominados artistas urbanos tiene algunos beneficios colaterales interesantes, más allá de sus propias intenciones expresivas: una repoblación simbólica de la calle que facilita ciertos juegos de la imaginación. A diferencia de Malasaña, en Noviciado todavía es posible encontrar supermercados de barrio, tiendas de ultramarinos que te sirvan, para merendar, un bocadillo de mortadela,  carpinterías,  bares sin estilo ni atmosfera intencional para beber vino malo mientras seduces a una compañera de trabajo. Como Lavapiés, Noviciado es una bolsa de vida cotidiana en el Madrid intramuros: ¿último canto de cisne de una suave extinción?

Descubrí todo esto un mes de Noviembre en el que estuve trabajando como explorador psicogeográfico, a 10 euros la hora, bajo la tapadera de repartidor de publicidad de unos talleres literarios situados en la calle San Bernardo, lo que me obligó a frecuentar esta zona.

Y me enamoré. De los adoquines lisboteas de la calle Juan de Dios. De las callejuelas estrechas, que maceran bien la luz. Del silencio que permite escuchar las canciones saliendo de las casas como olores, canciones cargadas de mensaje “y tres años más tarde volverá a escucharla  y la persona que en ese momento esté a su derecha será el amor de su vida” (Julio Monteverde). De mi propia disposición a la libertad, que despertó a base de acumular dulces mediodías de un otoño seco y cálido, sentado en cualquier portal del barrio, dejando corretear pensamientos y emociones que me alentaban a cumplir todas las promesas que me debía esta ciudad.


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