Templo de Debod

El plenilunio, algunas noches, es un pescador con su caña echada sobre el agua de Madrid y nosotros peces que mordemos su belleza totémica. Le gusta pescar, especialmente, en los alrededores del templo de Debod, donde la ciudad baja el volumen de su presencia como respeto de lo que pudo ser algo sagrado, donde se curva el meandro de las noches de estampida por la fachada oeste y suelen  rebotar los bancos de borrachos. Los ríos de pasión se deshielan en los bares y fluyen las parejas, hechas sed de desembocadura, pendiente abajo hasta cualquier banco del Paseo Pintor Rosales donde se suele follar como si mañana no abriese la vida.

Con el día aún joven, el templo sirve de lugar al que peregrinar si la plaza de España te arroja. A algunos les gusta leer a poetas que ya no son simbolistas pero emplean símbolos (piedras hechas con la canción del destino) como si se hubieran sentado en el centro del modo de producción asiático; otros agudizan el oído para intentar escuchar cantos de una guerra truncada; hay otros a los que el amanecer por aquí les coge de espaldas en una fiesta sorpresa. Incluso el día adecuado puedes toparte sacrificios a alguna tenebrosa deidad suplicándole algo de poder (el último sacrificio documentado fue un cubo de sardinas).


Deja un comentario