
Escaparme de la universidad al Parque Oeste, donde la soledad se hace fiesta y también patria: un lugar para despedirse del Sol por si no vuelve, en el que las hierbas hacen espiritismo bajo los últimos golpes del día, en el que la minuciosidad de la vida se relaja o se afina según la hora como un ciclo de mareas.
Un lugar para que las chicas, hechas de gotas de la vía láctea, me pregunten si son caracteres chinos lo que garabateo en una hoja a falta de otra cosa que acaba de irrumpir con su voz cremosa. Y hacer escala en vete tú a saber que bar del que nos iremos sin pagar a su cama.
Un lugar para reencuentros, que aflojan la tensión de sus cuerdas y se vuelven charco.
El Parque Oeste es un recinto alquímico. La piedra filosofal la encontré un 8 de mayo, tras un largo y rico viaje a través de Europa, tumbado en una de las lomas del parque, cuando comprendí el significado oculto y profundo de la siguiente frase: todo continúa. Hegel se vio obligado a admitirla. Por mi parte, si tuviera que escribir unas tesis de Hamburgo para mi internacional conspirativa particular, unas tesis que concentrasen el método y el objetivo, sería esta frase, en una pequeña nota manuscrita para memorizar y posteriormente destruir.
Segunda práctica alquímica. Años más tarde, con los cuerpos golosos, una lagartija en los besos y en un alambique de manos y caricias, nos refinábamos, comprendiéndolo todo. En la acepción original del verbo comprender: hacerlo arder desde dentro. Estamos aquí para irradiar.