
En órbita alrededor de la Plaza Mayor hay un sistema planetario de plazas abandonadas, desasistidas, marginales respecto a la circulación espectacular que tiene su recorrido marcado en itinerarios dietéticos, propicios para víctimas de la anorexia emocional reinante. Plazas que esperan casi en vano a diminutas misiones de amor no tripuladas, donde los pasos van solos. A los turistas despistados. A los carteristas, que evalúan aquí su botín como en una guarida. Plazas como calas, que te reciben con la humildad de la arena mojada en el amanecer de la playa. Hay en el aire mensajes borrosos en suspensión. Por ejemplo, en la Plaza del Conde de Barajas y sin bancos para poder enfrentarlo, cae el silencio confundiéndose con la gravedad (y todo tira hacia el núcleo de la Tierra hecho de hierro, níquel, amor fundiéndose y dolor vuelto punto).
Nota una década y media (larga) más tarde (2022): aunque el contraste entre la Plaza del Conde de Barajas y la bulliciosa calle Cava de San Miguel, en apenas 10 metros, sigue siendo impresionante, la colada de lava turística que mana de la Plaza Mayor como un volcán que nunca duerme ha empezado a afectar a su sistema planetario de plazas. En el lado sur de la plaza se han instalado varias terrazas piroclásticas que abrasan los sentidos y evaporan los mensajes que antes flotaban libres por el aire inacabado del lugar.