
Aunque la muralla defensiva de Madrid fue derribada en el sigo XIV tras la contención definitiva del Islam con la conquista de Andalucía Occidental, y aunque lo más parecido a la barrera que voy a describir sea la cerca de Felipe IV, un muro de ladrillo, argamasa y tierra con una función de gestión tributaria, Madrid sigue teniendo, a día de hoy, una muralla simbólica y psicogeográfica muy nítida.
Me refiero al perímetro que delimita esa zona de la ciudad en la que pareciera las relaciones sociales todavía pueden ser directas, como en Atenas o Florencia, donde todavía pueden esconderse puñales para asesinatos políticos y donde los adulterios se cometen con personas cercanas.
Por supuesto, se trata de un lapsus mental. Lo provoca el clima de espacio abigarrado que genera la disposición urbana del casco viejo. La realidad a la que se enfrenta la almendra madrileña es análoga a la de todas las grandes ciudades bajo el dominio del capitalismo espectacular: un proceso de erosión y salinización de las capas más fértiles de su suelo vivencial e histórico, mediante la expulsión de los habitantes autóctonos y la conversión del entramado urbano en un decorado turístico.

Sin embargo, el proceso de museificación, aunque posiblemente irreversible, está lejos de ser definitivo. Aquí y allá todavía perduran bolsas de vida cotidiana .Algunas incluso permanecen fuera del monopolio de las clases medias profesionales con alto poder adquisitivo, que es el perfil residencial mayoritario de los nuevos centros urbanos (pensamos en Lavapiés, pero también en algunas calles cerca de Noviciado) Los defectos de programación son posibles. Los disturbios, una reacción química que no ha sido del todo suprimida. Aún hay batalla. Y si Madrid todavía puede enamorar, de alguna extraña manera, suele ser dentro de estas murallas.
Gracias a las fotografías aéreas podemos identificar ese perímetro con el conformado por las calles Alberto Aguilera, Sagasta, Génova, paseos de Recoletos y el Prado, y las rondas de Atocha, Valencia, Toledo y Segovia.
El espacio urbano entre la Ronda de Segovia y las calles Bailén y Gran Vía San Francisco juega en la muralla simbólica de Madrid el papel de un enorme baluarte defensivo, que se descuelga sobre el río. La sucesión laberíntica de escaleras, miradores, cuestas y grandes muros, provocada por la gran altura que tiene que salvar la ciudad en un espacio relativamente pequeño, infunden a este barrio una atmósfera específica, una vaga idea de borde de la ciudad, de barranco urbano, de balcón colgante, al que sin embargo Madrid da la espalda, absorbido en su propia fuerza centrípeta.

Una parte de atrás de los días y de los quehaceres, que el madrileño descubre en las fiestas de San Isidro, cuando cientos de miles anidan como gaviotas en celo en este acantilado durante una o dos noches. El resto del año los solitarios pueden venir aquí a tirarse de cabeza a la tarde abierta.

