El único mandamiento

Ella llevaba una camiseta igual a la mía, con franjas rojas y verdes, y caminaba solitaria curioseando alrededor de la capilla de San Isidro, con ese caminar que tienen las chicas que leen a  Saint-Exupéry, Baudelaire  o en este caso a Eric Fromm, que llevaba bajo el brazo  buscando a alguien.  Sí, y luego recordé que tras  verla en el paseo marítimo de Biarritz cinco meses antes (aunque obviamente no era la misma chica era evidentemente ella) había escrito un poema que terminaba así:

Esfinge de paseo marítimo

¿qué amas con tanta impotencia?

Esfinge de paseo marítimo

buscas la Hermandad y por eso me miras.

Los de nuestra estirpe… que nunca llegaremos a tiempo

para las noches de canciones

en algún escondite con contraseña

-como esas casas coloridas del Port Vieux-

dando por perdido el paraíso.

Era bonita y llena de luz, seguramente de ese tipo de chicas a las que las asaltan unas ganas terribles de palomitas a unas horas cuya única posibilidad de satisfacer es convenciendo al portero de un cine de que te deje entrar sin pagar sólo para comprar palomitas con una mentira del tipo: mi novia embarazada tiene un antojo.

Cuando bajaba por la calle de Alfonso VI nos sonreímos, reconociéndonos los signos, dándonos el paso, pero cuando por fin miré para atrás ya habíamos doblado demasiadas esquinas. Porque en las calles del Madrid viejo el destino siempre falla. Sin embargo, en el centro de Budapest puedes toparte de frente con una compañera de clase irrelevante, con la que no has cruzado palabra en cuatro años, y cuyo  sentido en esta vida es recordarte  el único mandamiento:  no se puede dejar escapar el fuego.


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