
A la plaza de Olavide no vas, te la topas. La primera vez encontré la plaza paseando con una amiga, de rebote y por casualidad. Y notamos ambos que sus casas parecían barcos. Escribí, casi al momento, esto:
“Alrededor de la plaza de Olavide, tan llena de luz y con el chorro de esa fuente parodiando nuestro destino, las casas son barcos atracados esperando el fin de la veda antigravitatoria. Tras la revolución, saldrán a faenar entre las nubes para llevar lluvia refrescante a las tardes de futbol en Junio”.
Posteriormente, leyendo el Principio Esperanza de Bloch, hallé un pasaje con el que sentí avalada aquella impresión: “hoy las casas aparecen en muchos sitios dispuestas para el viaje (…), hacia fuera causan la impresión de cajitas sobre barras móviles y también de barcos (…)”[1]
Mi segunda visita a la plaza de Olavide tampoco fue buscada. La encontré tras un desvío fortuito en un paseo con otros objetivos. Entonces volví a comprobar, ahora con cierta predisposición, la manera naval de aquellas casas. Llamó mi atención especialmente una, de color rosado, que se encuentra en una de las bocacalles que dan a la plaza. En su forma se puede distinguir una proa, un puente, una borda y otros elementos náuticos, esta vez no asociados a un barco pesquero, sino a un trasatlántico, con su componente de huida, de salto, de migración y cambio de vida. Un foco de infección de deseos marinos. Para el viaje interior.

Y las contraventanas de madera. Creo que supe de su existencia, no como concepto sino como descarga poética, en ese momento. Y me excitó el grado de intimidad y oscuridad que podían permitir. Esa búsqueda de hermetismo dio al trasatlántico varado un toque pirata, contrabandista; parecía una casa habilitada para la clandestinidad y la fuga. A los pocos minutos, reparo en la existencia de un extraño local en los bajos del edificio. Su naturaleza resultó indescifrable. Las únicas pistas se exponían en un desconcertante escaparate casi vacío, que solo mostraba un par de pajaritos de adornos y un folio con el motivo de una hoja en el que señalaba un horario poco usual: sábados por la tarde de 17 a 20.30.
Nota una década más tarde: en agosto de 2021, con la ciudad recién amanecida, me topé de nuevo con la plaza de Olavide. Aproveché para averiguar cómo habían cambiado las cosas en el extraño local de los bajos de la casa barco. Y aunque el extraño negocio había desaparecido, su sustituto no dejaba de ser también algo desconcertante: una suerte de tienda selecta que presumía de vender «objetos honestos» y lucía nombres como Plutarco en el escaparate.




[1] Ernst Bloch (2007) El principio esperanza vol. 2. Madrid: Trotta, pág. 319.