
Detrás de una puerta tan pobre que parece invisible, de repente, un lapso. Jardín del príncipe de Anglona, un pequeño patio sin demasiada ornamentación, un hiato recogido hacia su propia sencillez. Entrar infunde una idea de haber alcanzado alguno de los mejores frutos del árbol tras deambular por la copa de la ciudad interrogándolo sobre sus secretos entre todas esas ramas tan exhibicionistas.
Pinturas rupestres hechas con spray. Restos de uso confirman su valor como guarida en esa guerra civil de baja intensidad que son las semanas: “Lamer la lluvia de las hojas del jardín del príncipe de Anglona, nuestra casa en el quicio de esta ventana”.
El silencio como un séquito, para convertir cualquier compañía en una corte de intimidad. Y estrechar las manos y las miradas, como si esos latidos y ese calor de alientos tan acercándose fueran un brindis por la total extrañeza de la existencia, capaz de habernos hecho coincidir aquí, para romper la presa que retenía el futuro y las maravillas desconocidas. Y así consumar amores que se colaron, casi de puntillas, en el centro de la pista de baile de los últimos meses.
