“Hoy, 18 de Mayo, a las cinco de la mañana, la asamblea general, que había empezado a las tres y media de la madrugada, seguía viva. Unas mil personas ocupaban Sol a esa hora. El paisaje era maravilloso: gente durmiendo o dormitando, o entre mantas, y de pie, deambulando, pegando carteles con consignas en términos generales imaginativas, intercambiando ideas, dueños de su cuerpo y de su sueño. Y amantes que se amaban, sí, tal cual. Un guante negro sobre cartones. Y un hombre-manta, de pie, se retrataba a si mismo porque había encontrado su nueva belleza. El cansancio fraterniza con la imaginación. El sueño vive encima del asfalto. El onirismo y la vigilia juntos: casi podría decirse que el sueño y la acción se han hermanado (¡ah, Baudelaire!) No exagero nada ¡Qué alegría! Dure lo que dure, como dice una pintada: el mundo gira alrededor de Sol”.
Eugenio Castro
“Estos días que están cambiando Madrid hemos tomado la más alta conciencia del sentido, del significado, de la potencia, que tiene la frase de Rimbaud “la verdadera vida está ausente”.
Grupo Surrealista de Madrid

La escuela de los Anales podría estudiarlo: la revuelta de Mayo era una promesa inscrita en el metabolismo simbólico que rige la plaza en el largo aliento, una convocatoria que regresa cada ciertas décadas, como el Halley: desde el motín de Esquilache hasta la fiesta popular de la proclamación de la II República, pasando por el enfrentamiento del pueblo contra las cargas de las tropas napoleónicas en el 2 de Mayo, Sol ha sido el vórtice de gravedad de la insurrección, el lugar en el que la desobediencia de Madrid transmuta lo real y se construye un punto de apoyo para mover el mundo. Un punto de apoyo hecho de euforia colectiva, de solidaridad y de dignidad explosiva.
La plaza es un semicírculo sagrado para los solsticios del Milenio, para abrir las puertas del tiempo, para que el tiempo histórico, concreto e irreversible, fluya a toda vela a través del cuerpo, con su buena noticia, que carga de un fuerte sentido mítico cada gesto, y despierta esa reacción de pasión colectiva que vuelve posible la épica. Seguramente, la costumbre de celebrar el año nuevo en la plaza como un rito de paso es una reminiscencia empobrecida de estas experiencias, históricamente excepcionales, de tiempo fulminante. En el que el devenir te golpea desempolvando cualquier rastro de esencias, dioses, leyes. Transformando todo lo definitivo en provisional.
Las dos últimas semanas de Mayo fueron las horas de esa tarde en la que, de repente y sin previo aviso, un amor imposible te besa. Cordura transitoria: el dinero quedó abolido, y el comunismo y la economía del regalo crecieron en progresión geométrica. Primavera súbita, floración de los ingenios, los talentos y la capacidad de dar. El modo de desatar el temblor. El escalofrío del tiempo convocándonos. Algo que pasa y te llama a brillar, a poner tu luz en el mundo.
Y se levantó, en un par de días, una ciudad libre dentro de la ciudad esclavizada. Un campamento de guerra civil que sólo le faltó el valor para estallar, y quizá ese fue su mérito. Oasis de utopía: la plaza se transforma en un arrecife selvático, exuberante, laberíntico, hirviente de color, de comunicación y sorpresas. La impresión era unánime: a pesar de la precariedad, aquel poblado chabolista que conformó la ciudadela de Sol tenía algo que era hermoso y turbador, incluso estéticamente. Había gente que simplemente pasaba las horas, paseando por allí como quien pasea por un bosque dorado en Noviembre.
Y la asamblea, de pronto, tan obvia y natural. “Estrenando las viejas plazas que antes no eran más que melancolía y distancia organizada entre víctimas de la caída de la tarde. Alzas la mano, hablas, y continúas la evolución”. Y el delirio y el huracán, donde confluían locas manadas de ríos que desembarcaban aquí desde todos los barrios con algún don, locas manadas de ríos bailando dentro de un grito común, un grito que, por primera vez en la vida, te hacía sentir que no hay cauce para nuestra talla. Las horas tan increíbles, ardiendo tan rápido y a la vez tan despacio. La palabra liberada: en 20 minutos, las conversaciones llegaban más lejos que en 10 años de teoría separa y encontraban el hiato, que permitía que por fin todo pasara a una escala total. Los terrenos resbaladizos, más allá de la seguridad de las ideologías. Todos desorientados, en una deriva colectiva que se abría paso a través de nuestras potencialidades redescubiertas, ampliando lo posible. Sonámbulos históricos, entre el sueño y la vigilia. Y la poesía realizada, a través de las frases, los cuerpos, las conversaciones, las actitudes y los encuentros. Un banquete de riqueza y magia repartido a venas abiertas: follar en un cajero automático, hablar intensamente con una desconocida hasta más allá del amanecer y nunca más volver a verse, tan lúcidos y descarados como dioses en plena locura de amor. Descubrir que tu familia es cualquiera, porque cualquiera está ahí para prestarte ayuda. Sin miedo a la vorágine, a perderse en el tumulto. Sin miedo, por fin, a ser una cobaya de la historia. Jugar a que todo era posible porque sin duda pensábamos que algo sería posible.
Y era difícil salir de Sol, “plaza imantada” como dijo Eugenio Castro. Como puede leerse en el nº7 del Rapto, “así como un pez descubre lo que es el agua al sacarlo del mar, nosotros descubrimos la verdadera vida, esa que tanto rondamos, en aquella plaza”. Fuera de allí, todo era un error. Decían Debord, Vaneigem y Kotànyi que la Comuna de Paris había sido “la mayor fiesta del siglo XIX”. Salvando distancias, el 15 de Mayo de 2011 dio comienzo en Madrid otra fiesta, la fiesta sorpresa de las potencialidades emancipatorias de toda una época. Y Sol fue una lección colectiva de, por una vez, como vivir al ritmo.
El poder nos teme porque la revuelta enamora. El verso de esta canción que escribí tres años atrás resultó sencillamente profético. Cuando vives el clima de una revuelta real, comprendes con el cuerpo entero, y de forma irrebatible, lo que antes habías hecho con los conceptos: nunca se trató de convencer, se trató de enamorar. Y porque estuvimos viviendo de un modo tan hermoso y brillante, durmiendo al raso bajo el sol de medianoche de nuestro ciclo histórico, nos volvimos de pronto hermosos y brillantes. Tantas frases lo atestiguan:
Lo sentimos, aquí no hay un líder para derrotarnos.

¡A la calle! Que ya es hora de pasearnos a cuerpo.

Vuestro nivel de vida es nuestro nivel de muerte.

La poesía ha tomado las calles.

Queremos vivir siempre en este huracán.

Utopía o nada.

¿Qué es la revuelta? Un encuentro doble, entre terremotos.

El capitalismo toca su fin: ¡Vienen elefantes en manadas!

De Tahir a Sol hay una luz que nunca se apaga.

Nunca me planteaba lo que en ocasiones agitaba mi pecho: ahora lo reconozco.

Es fácil: déjate llevar.

Siempre persistirá el recuerdo de este movimiento de aire.

Un letrero ardiendo es la rosa de los vientos.

El gran juego solo se juega una vez.

Sobre el alud de los destierros se cierne la mota de los siglos y las ruinas.

Se agrupa la manada, temblad perros, los lobos no perdonan.

Madrid, que hermosa estás esta noche.

Esta noche por la calle suena mi tambor.

¿Cómo hacer que una gota no se seque? Echándola al mar.

Nos hacía falta este vuelco al corazón.

Esto ya no es una sociedad inofensiva.

Las estructuras caminan hoy por las calles.

Los políticos saben tanto de política como los pájaros de ornitología

El propio nombre de la plaza fue una veta de re-simbolización inagotable, que facilitaba juegos de palabras muy profundos y esenciales. Tras 5000 años de heliocentrismo subterráneo, que según Mumford configura la arquitectura de nuestros paradigmas de pensamiento y civilización, por fin las masas tomaban el Sol, rompiendo en su irrupción cualquier vestigio centro-periferia en el ordenamiento del mundo.
