
Las vistas de El Retiro que pueden intuirse al final de la calle Huertas te hacen pensar en una época futura, en la que Madrid estará rodeado de grandes bosques. Allí uno tendrá la posibilidad de encontrar: osos que den significado al escudo, caminos poco transitados, cabañas donde se esconde una amante o viejas con sus rebaños de cabras (que paseándolas por la mañana en la ciudad, supondrán la atracción de los niños más pequeños). También rutas famosas por su carácter inspirador, asilvestrados eremitas de una religión personal e inmanente que comerán insectos, campamentos de trotamundos fabulosos, sexo esporádico sin transacción económica (todo un lenguaje de señas complejamente entretejido regulará estos encuentros, que serán una forma de juego socialmente valorada) y extraños túmulos megalíticos.
Yendo hacia allí, la floristería que se encuentra al principio de la calle Huertas será convertida, tras la revolución, en una taberna llamada La flor revelada. Su decoración jugará con decenas de exóticos vegetales liberados de su confinamiento en el Jardín Botánico, y los habitantes del antiguo barrio de las letras (como los de todos los demás barrios) se reunirán, al caer la tarde, para preparar los juegos medianoche. Estas fiestas estarán más cerca de la sencillez popular que de la sofisticación prevista por los constructores de situaciones (tendrán algo de juego de rol en vivo, de competición grupal de largo aliento, de experimentación sensual, de potlatch, de duelo de canciones, de baile desenfadado). Los versos que hoy gimen escritos en los adoquines, si todavía serán algo, serán algo parecido a lo que ahora es una araña española: un vestigio de un tiempo infinitamente más triste. La efervescencia del amor colectivo generará un poema lúdico en constante renovación a través de todas las superficies (paredes, comidas, cuerpos, ropas y sobre todo conductas).
En pos de un futuro que hoy ya llega tarde, en Madrid lo menos enfermizo que un joven ingenuo puede hacer con su libro de poemas es abandonarlo en la estatua de Lorca con su dirección dentro tentando una cita con Lidia, que es algo menos lista de lo que ella piensa, tiene unos labios bonitos y se siente un trébol de cuatro hojas porque dice justificar el mundo como un hecho estético.
