Las noches debidas, en el baluarte imaginario de la ciudad

Atraco a punta de beso: allí donde terminan las calles invernales. Porque después de Ópera, ya no hay nada. Pero “la vida es eterna en cinco minutos” Y siempre hay un pero. La dialéctica hegeliana se comprende y se usa, de forma espontánea, en cualquier conversación de bar. Vinos en un rincón de Huertas, afinándonos, tanteos y aproximaciones como intentando destilar las dualidades, el día y la noche, la montaña y la playa, arriba y abajo, los recuerdos y las expectativas, como si estuviéramos buscando el umbral de todos los fenómenos, un punto equidistante a cualquier experiencia posible. Otra cruzada en pos del centro del mundo, y como cualquier cruzada, es sólo una excusa para rodar y pulirnos. Damos tumbos, descubriéndonos, ya seducidos pero aún demorados. Otro cuerpo de mujer extendido como un folio en blanco, y no tengo miedo. Porque ya te he explicado el carácter antagónico de la astronomía y la alquimia. Porque hemos profanado el templo egipcio, con mis manos impacientes y salvajes dentro de tu falda. Porque la pared de tu cuarto se ha vuelto líquida. Porque has descubierto que soy una bestia, un licántropo, y vas a intentar domarme con tu acento italiano, porque eres como una gota de agua que tiemblas recogida dentro de tu propio perímetro.

Me despierto y me marcho en silencio tras besarte mientras ronroneas medio dormida. No entiendo que pasa, pero es como si te amara, y a la vez, creo que voy a olvidarte muy pronto, y sólo me acordaré de ti de vez en cuando, deseando con fuerza que seas feliz.

Como vivir dentro de la letra sencilla de un cantiga de amigo, de Martín Codax. Visitas que escapan, al alba, del baluarte imaginario de la ciudad.


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