La Puerta del Sol

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Antes de la revuelta de Mayo ya había pistas. El clima psicogeográfico de la plaza delataba que las tesis situacionistas sobre la supresión de la calle pecaban de un cierto reduccionismo paranoico. No hacía falta buscar  excepciones en las reservas aborígenes de los suburbios: también en el centro de Madrid, en el vórtice geográfico y simbólico de  la espuma espectacular en este país, la capacidad de encuentro permanecía viva.

La última remodelación de la plaza, que amplió la superficie peatonal, facilitó el progresivo deterioro de su rol urbanístico-policial hasta llegar a subvertirlo. Lo que inicialmente fue concebido como un amplio hall, un intercambiador de consumidores entre las calles  peatonales más turísticas y comerciales de la ciudad, pronto se transformó en  otra cosa: un lugar donde la gente interrumpía sus desplazamientos, sentándose a descansar y charlar, a pesar de no contar con ninguna facilidad (en Sol no hay bancos, ni sombras naturales, ni siquiera terrazas).

El plan del poder para Sol tuvo un segundo propósito: crear un recipiente donde envasar las protestas de la ciudad y desactivarlas. Nosotros ponemos la inercia y el ritual. El vacío del frenesí  circundante hace el resto.

Concentraciones, finales de manifestaciones, lecturas de manifiestos: chapoteos inocuos. Costumbres de un tiempo en el que la transformación social, tan vencida, se ha replegado hasta su caricatura: un aspaviento más del mercado de la personalidad.

Pequeños temblores y algunas grietas anunciaban que el cráter del volcán estaba dormido, pero no extinto. El 18 de Noviembre de 2008, al grito de quema el dinero y baila, más de 400 euros ardieron en el único sentido moderno posible que le queda a la práctica de la  profanación. Después, inflamado, te sentías encenderte con cualquier roce. Apenas tres semanas más tarde, partía de Sol una horda de solidarios con Grecia, que cortaba la Gran Vía, y atacaba la comisaría de la calle Montera, en un preludio de los ríos de lava que comenzamos a hacer habituales  en  2011.

Y el abrazo más fuerte de la vida, intentando tocar un fondo imposible, apretándonos los cuerpos como un talismán. Para plantarnos en el tiempo, que son arenas movedizas. Y forzar a la suerte. Porque si un instante es dulce,  ninguna desgracia debería poderlo cambiar.


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