La plaza de Cascorro

Como una casilla de un tablero de pasiones desusado, la Plaza de Cascorro aparece por error casi siempre, punto de cabotaje en el que reconducirme. Una sirena propensa a la recapitulación amarga. Siempre buscando  la dirección de ese ático prometido, ese ático que te dejó tu padre en herencia, en el que después de follar miramos las cosas  desde el centro y estas nos respondan con su nítida presencia; en el que el amanecer de Madrid intente desanudarnos las gulas y siempre se nos haga tarde,  mientras que a los pies de la cama, como la explosión de una bomba de racimo, se extiende  la ropa de ayer, recortes de prensa del tipo “alega que robó una cruz de 1,6m porque era creyente”, barquitos de papel para conquistar Inglaterra, restos de la cena, intenciones de demoler, como buenos seguidores de Gilles Ivain, el Teatro Valle Inclán y el Reina Sofía en una misma cadena de explosiones detonadas con bombas caseras hechas de fertilizantes.

A veces la plaza coincide con la descarga de mercancías de los comercios del barrio chino, convertida entonces en una lonja,  con cientos de cajas de cartón que, empaquetando ropa de colores chillones y amontonadas en cualquier parte, instalan un paisaje de laberinto y barricadas transitorias. Y se discuten precios y cantidades alrededor de decenas de furgonetas que anuncian la llegada de una flota imperial o una caravana del Asia profunda. La belleza de la cooperación para llegar a un destino lejano se retroalimenta con  la belleza de inutilizar la normalidad de la plaza. ¿Viajarán cartas de amor en las furgonetas, como algas de vida pegadas al casco de la mercancía?


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