
Si la sociedad industrial no fuera un disparate y conservase el más mínimos sentido de la medida o del significado de vivir, es obvio que el Pirulí, por la impresión que causa a alguien con una mirada todavía medianamente inocente, debería suponer el edificio central de una ciudad y quizá de toda una civilización, como el zigurat de Choqa Zanbil o la estatua de Zeus en Olimpia.
Sin embargo, es una forma más del skyline de Madrid, ese garabato monstruoso entre el cielo y el horizonte que quiere suponer nuestra firma (la de nuestro modo de vida) sobre las páginas de la eternidad. Y por eso se vende en postales, que son las nuevas estampitas de santos, y se observa desde miradores habilitados, a los que peregrinan los turistas. Pero aunque la Megamáquina, y sus soberbias construcciones nos hagan soñar con burlar la entropía, solo somos hombres y mujeres, cuerpos que (como toda fuente de luz) brillan (y aman y ríen) a costa de calcinarse en una imparable combustión espontánea.